De la Europa de los mercaderes a la de los desalmados: el mito de nuestros valores

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Pedro Costa Morata *

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Pese a la acumulación de infamias con que se conduce la Unión Europea (UE) todavía hay quienes creen en ella. Son muchos, varios millones, la mayoría, vaya, pero una vez más no es la cantidad lo que honra al fenómeno, sino lo que da idea, muy fiel, de la amplitud de la epidemia de credulidad reinante.

Dejando aparte a los que, profesando el dogma liberal, creen que las cosas deben ser así y que no hay más solución que servir al poder económico y machacar a la ciudadanía, se detecta una gran masa, digamos intermedia, de europeos que están disconformes, incluso muy disconformes, pero que se reconfortan con esperanzas más o menos voluntaristas o forzadas, imponiéndose en todo caso la censura del pensamiento. Aquí están los que creen que se pueden “cambiar las cosas desde dentro”, mostrando ingenuidad, y se debe destacar a quienes, figurando como miembros de un deplorable Parlamento Europeo, se resisten, como es natural, a reconocer la solemne pantomima en la que participan. Un grupito, más bien selecto, reúne a los que reconocen que sí, que estamos en manos de canallas y tramposos, pero que se trata de meros traidores del “espíritu de los fundadores”, que antes o después desaparecerán por sustitución o reconversión, dando paso a una nueva edad dorada en la que recuperemos el horizonte mirífico de 1957.

No hace falta remontarse al giro neoliberal de los años ochenta, ni a la institucionalización opresiva de los noventa, para perder definitivamente las esperanzas en una UE dedicada (supuestamente) a mejorar la suerte de los europeos y del mundo. Ahí está, sin salida todavía, la crisis económica, conducida por unos líderes que vienen actuando como si de asaltantes de caminos se tratara. O el espectáculo de los refugiados, miles y miles de desesperados que se estrellan contra nuestras fronteras porque los dirigentes (comunitarios y nacionales) no tienen inconveniente alguno en violar la legalidad y la moral internacionales, haciendo tabla rasa de esos valores europeos con los que muchos pretenden que el mundo nos envidie. Una visión atroz en la que se privilegia el papel de Turquía, haciéndola compartir esa vergüenza por la necesidad imperiosa que de ella se siente y concertando con sus líderes –de calidad democrática no homologable– un acuerdo, regado de millones, para la “acogida” a los refugiados del Próximo Oriente; todo esto, después de humillarla durante décadas con dilaciones y negativas como respuesta a su petición de integrarse en el espacio comunitario.

Una calidad democrática que sonroja desde dentro de la propia UE, como sucede con las componendas diarias hacia los sistemas ultras y xenófobos propios de Polonia y Hungría que, insolidarios y represivos, saben muy bien escandalizar desde su arraigada conciencia católica, pero hacia los que no se dirigen más que palabras;  y nos recuerdan, de paso, que el criterio de ampliación comunitaria hacia el Este, forzado por la Alemania unificada e impetuosa, no fue mucho más que comercial.

Tampoco resulta suficiente, como material de reflexión para eurófilos impenitentes, el terror islamista al que nos estamos acostumbrando porque, entre otras cosas, ni admitimos sus causas ni reaccionamos con sabiduría, moviéndonos según el “complejo de Israel” (violento y necio). Cuando debiéramos aprovecharlo para revisar urgentemente el mito de la superioridad universal de nuestros valores.

Por supuesto que la UE es cosa distinta de Europa: se trata de una producción propia, sí, y típica de nuestra tradición mercantil y expansionista, pero de objetivos engañosos y, más todavía, con exacerbación de lo peor que ha segregado Europa a lo largo de su historia, en especial su empeño en imponerse al mundo por la descontada superioridad de su modelo. En la catastrófica coyuntura actual no debiéramos dejar para más tarde un serio proceso de reflexión sobre los tan cacareados valores europeos, entre los que se siguen contando los cristianos pese al historial –que no ha concluido, como vemos cada día en nuestras fronteras– de injusticias, egoísmos y crímenes con los que hemos maltratado al mundo entero, objeto y víctima de esos valores durante siglos. Ni siquiera las crisis acumuladas y en espiral estimulan la producción proporcional de autoexamen riguroso sobre las aportaciones de Europa al mundo, que venimos exagerando desde el imperio romano; cerrazón arrogante que desdice, patentemente, lo de que la racionalidad autocrítica figura entre nuestras potencias intelectuales (y hasta morales).

Por eso rehuimos afrontar la variable de venganza (histórica, socioeconómica, cultural) en la interpretación de la revuelta yihadista contra Europa y el Occidente que la amplía: resulta patético que algunos comentaristas (generalmente, los más ultras) resuman el sentido de los atentados con un “lo que quieren es destruir nuestros valores y, en especial, nuestra democracia y libertad”, sin intentar reconocer todo lo que tienen de motivación para que, efectivamente, así se lo propongan.

Le echamos la culpa al Islam y ya está. Y perdemos la oportunidad, voluntariamente, de autoanalizarnos a la luz de nuestra creación económico-ideológica estrella, el capitalismo y su elaborada teoría de respaldo, el liberalismo, con los que seguimos golpeanado pueblos y espacios tras siglos de ensañamiento. La arrogancia del modelo superior, al que ya no se puede renunciar porque peligra la propia existencia, se ha ido haciendo más y más cara de sostener con motivo de las intervenciones militares exteriores, siempre de forma aliada o vicaria del imperialismo norteamericano (otra “producción” europea para solaz y recreo del mundo entero). Y no se nos ocurre proceder al recuento de daños infligidos al mundo, concretamente al área musulmana y más en particular a los millones de musulmanes que viven, en nuestra demarcación y con nuestros pasaportes, al filo de la marginalidad y en gran parte discriminados.

Ante el espejo, los europeos debiéramos afrontar con lealtad nuestra historia, la vigencia real de nuestros valores y los desperfectos causados en todo el mundo, para facilidad de la comprensión de problemas que, como el de la ofensiva yihadista, se enraíza en ellos mismos, poniéndolos en evidencia y obligándonos a revisarlos. Pero no entregarnos al vociferio, clamando contra nuestros enemigos, que nos recuerda a las consignas inflamadas de las cruzadas medievales (serie histórica, por cierto, de crímenes sin cuento de la Europa cristiana contra el Oriente musulmán, aunque finalmente recibiéramos nuestro merecido). Esto es el eurocentrismo, perfectamente vigente y que incluye a la filosofía y el pensamiento político europeos, aportaciones cuyos defectos y pretensiones seguimos sin criticar debidamente, justificando su arrogancia y exclusivismo por la convicción, sin discusión, de que son superiores a todo lo demás. Y de nada sirven las enseñanzas y experiencia de la antropología, demostrando que ninguna cultura o religión puede considerarse ni superior ni mejor que cualquier otra: no sólo por un relativismo estricto sino también por el imperativo del respeto entre grupos humanos con sus respectivos acervos constitutivos.

Volviendo al principio: ¿quién es capaz de observar evoluciones positivas, esperanzadoras o creativas en el panorama europeo? ¿Va a quedar el europeísmo vinculado al proyecto comunitario en una superposición de fatalismos?

(*) Pedro Costa Morata es ingeniero, sociólogo y periodista.

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