SANTIAGO ALBA RICO | Publicado: - Actualizado: 20/5/2017 18:15

Santiago-Alba-RicoCentrados lógicamente en Venezuela, a la mayor parte de los medios de comunicación españoles les ha pasado desapercibida la noticia internacional más importante de la semana, procedente además de un país mucho más cercano y mucho más decisivo para nuestra política exterior. Me refiero a la celebración del X Congreso de la organización tunecina Ennahda, el segundo celebrado en Túnez tras la revolución de 2011, durante el cual Rachid Ghanouchi, reelegido secretario general con el 75% de los votos, ha anunciado la renuncia al “islamismo” y la refundación del movimiento como “partido democrático y civil inspirado en los valores del islam”. Un partido -ha dicho Ghanouchi- “demócrata musulmán” que certifica la defunción del “islam político” y la fundación de un “islam democrático”. 

La tentación de comparar las transiciones española y tunecina siempre ha sido fuerte y, si nos dejamos llevar por esa pendiente, no hace falta ninguna intención provocativa para aproximar el partido islamista Ennahda al PCE y su líder, Rachid Ghanouchi, a Santiago Carrillo. No por su ideología, claro, sino por su historia, su papel y su talante. Ennahda, en efecto, fue la única oposición seria a la dictadura de Ben Ali (y antes, con otro nombre, a la de Bourguiba) y sus militantes sufrieron, más que los de ninguna otra organización, cárcel, tortura y exilio. Por su parte, Rachid Ghanouchi, refugiado en Londres desde 1991, referente internacional del islamismo transfronterizo junto al sudanés Ahmed Tourabi, recientemente fallecido, hizo una larga travesía desde posiciones panislamistas muy radicales para volver a Túnez tras la revolución de 2011 y facilitar, con pragmatismo y buena cintura, el consenso ”democratizador” exigido desde dentro y desde fuera. Es verdad que Ennahda, al contrario que el PCE, ha gobernado y forma aún parte del gobierno tunecino y, tras la escisión de Nidé Tunis, constituye la fuerza mayoritaria en el Parlamento, pero nadie puede ignorar que el pivote del pacto español, hace 40 años, fue el tándem Suárez-Carrillo, aunque luego Felipe González y el PSOE se convirtieran en el eje vertebral del nuevo régimen. Aquí en Túnez, de manera cada vez más clara y en una versión menos tranquilizadora, Suárez es Caid Essebsi, viejo lagarto surgido de las entrañas del régimen dictatorial, y Carrillo es Ghanouchi, militante clandestino remozado y fuente indispensable de legitimidad social. En todo caso el paralelismo entre el líder histórico del PCE y el líder histórico de Ennahda se ve ahora refrendado por la decisión del partido de abandonar el islamismo y dar por muerto el “islam político”, decisión que evoca la apuesta de Carrillo en 1977 en favor del eurocomunismo frente a la opción “rupturista” y “revolucionaria”, a partir de entonces minoritaria y marginal en nuestro país.

Como en el caso de Carrillo y en una situación aún más tensa y difícil que la de España en 1975, la decisión de Ghanouchi hay que interpretarla, de entrada, como una emancipación de la constelación de los Hermanos Musulmanes (HHMM) -que es un poco el equivalente islamista de la Tercera Internacional- y una afirmación de la vía nacional tunecina como excepción regional y campo natural de acción política. Dada la autoridad global de Ghanouchi, no cabe descartar que su gesto influya en otros países, pero en principio hay que pensarlo, al revés, como una contracción resignada frente a los límites impuestos desde el exterior por la crisis general en el mundo árabe: el fracaso del proyecto neo-otomano de Erdogán con su deriva autoritaria, el golpe de Estado en Egipto contra los HHMM y la derrota de la “revolución democrática” en todas partes, así como la doble presión de Libia y Argelia en un marco de rampante amenaza terrorista, interna y externa, que de hecho refuerza y estrecha la dependencia respecto de Europa y EEUU. Túnez, núcleo irradiador del cambio regional, se ha quedado aislada en la zona y su aislamiento, que aumenta su vulnerabilidad, obliga a concesiones, rectificaciones y componendas en el espacio más restringido del propio territorio.

Pero la decisión de Ghanouchi hay que interpretarla, por eso mismo, en clave nacional. ¿Qué significa para la política tunecina la renuncia de Ennahda al “islamismo”? La burguesía islamofóbica, de derechas y de izquierdas, alerta sobre el peligro de una maniobra dolosa destinada a establecer con rodeos el Estado Islámico, parte inalienable de su ADN (como la burguesía española aireaba el fantasma del comunismo y los crímenes de Paracuellos), mientras que sectores más ingenuos -pero más sensatos- celebran el gesto como una prueba de la excepción tunecina y la compatibilidad entre islam y democracia. Ahora bien, ¿y si la “renuncia al islamismo” en favor de la “democracia” implicase, en realidad, la aceptación de menos democracia en Túnez, como demanda la situación y los agentes políticos y económicos dominantes? La espectacular decisión del X Congreso debe entenderse, en términos muy carrilistas, como una declaración pública de renuncia, no al islamismo, no, sino al “rupturismo”. Sólo el fanatismo laicista puede seguir creyendo que Ennahda era y sigue siendo un partido “salafista” que buscaba y busca una “ruptura” religiosa con el Estado “moderno”; si no antes, dejó de serlo cuando se sumó en 2005 al Movimiento 18 de octubre y, desde luego, tras el triunfo de una revuelta popular que no dirigió y que marcó los límites de toda nueva hegemonía política y cultural en el país. No hay que olvidar que, entre 2012 y 2014, Ennahda gobernó en coalición con dos partidos de centro-izquierda que dieron la presidencia de la república a Moncef Marzouki, psiquiatra ateo y activista de los derechos humanos, y que fue un primer ministro “islamista” el que puso su firma al pie de la única constitución laica y democrática del mundo árabe. Cualquiera que fuera el proyecto secreto de Ennahda -o de algunos de sus componentes- su compromiso público iba en dirección contraria y el anuncio de Ghanouchi ahora se limita a formalizar un desfiladero histórico irreversible.

El problema no es éste. El problema es que, en el acto de refundarse como “partido democrático”, Ennahda ha renunciado oficialmente a la “ruptura democrática” con el antiguo régimen. Cuando tenía el gobierno no tenía el poder y sus tentativas erráticas de cambio chocaron con obstáculos de todo tipo, incluida la amenaza de un golpe de Estado a la egipcia; ahora Ennahda renuncia al gobierno para integrarse en el inmutado aparato de poder, declarándose incapaz -o no deseoso- de cambiarlo. Todo lo que ha hecho en el último año y medio el partido ex-islamista así lo delata: el abandono de Marzouki en las elecciones presidenciales de diciembre de 2014, el apoyo al gobierno de Caid Essebsi, ministro de Bourguiba y miembro del RCD de Ben Ali, y la defensa de la “ley de reconciliación” destinada a rehabilitar y reintegrar en el orden institucional a los que metieron a sus miembros en la cárcel y los mandaron al exilio. Lo explica con rotunda perspicacia Sadri Khiari, uno de los intelectuales rebeldes más prestigiosos del país, cuando afirma en un reciente artículo que “no son los imperativos de la política los que han prevalecido sobre las motivaciones religiosas sino la dinámica y el espíritu del Estado fundado por Bourguiba y prolongado por Ben Ali los que se han impuesto a la política alternativa -dicho sin connotación positiva- que caracterizaba hasta ahora al movimiento”. Ennahda quiere formar parte del Estado, convertirse en uno de los pilares de un nuevo régimen que, sin ruptura con el ancien, sirva -añade Khiari- de “convergencia y homogeneización política de la clase dirigente”. Este retroceso hacia el Estado fundado por Bourguiba (y prolongado por Ben Ali) se revela también en el hecho de que, mientras el izquierdista Monzef Marzouki, antiguo aliado, estaba ausente en la asamblea del Congreso, el bourguibista Caid Essebsi, antiguo enemigo y líder del partido derechista gobernante, se encontraba entre los invitados (así como Samir Chafi, representante del sindicato UGTT). Casi al mismo tiempo, por una inquietante coincidencia, la estatua de Habib Bourguiba era reinstalada, treinta años después, en la avenida que lleva su nombre.

En la más adversa situación regional, con la amenaza del terrorismo siempre presente, en medio de una severísima crisis económica y una creciente desigualdad social, la construcción de un nuevo régimen semidemocrático está en marcha, esta vez basado en una doble fuente de legitimidad: el viejo bourguibismo -que recoge hacia delante los restos del partido único de Ben Ali- y el ex-islamismo ennahdawui como único superviviente revolucionario. La declaración de no beligerancia de Ghanouchi en el X Congreso de Ennahda provocará quizás escisiones o, por lo menos, desafecciones individuales dentro del partido, y en los dos flancos: el de los que apostaban por la ruptura democrática y el de los que apostaban por la ruptura islámica. Habrá que saber si la de éstos últimos deviene o no tan marginal y minoritaria como las que provocó el eurocomunismo de Carrillo en el PCE.

La otra noticia relevante de esta semana, esta sí copiosamente cubierta por nuestros medios, ha sido la semiderrota en Austria del partido ultraderechista FPO, que ha obtenido el 49% de los votos. Resulta extraño que en Europa preocupe tanto la radicalización del mundo árabe cuando es el resto del mundo el que debería empezar a preocuparse por la radicalización de Europa. El anuncio de Ghanochi en el décimo Congreso es, en realidad, consistente con la realidad del país. Túnez se está des-democratizando, como Europa, pero no radicalizando. Según una reciente encuesta de la Fundación Adenauer, la mayor parte de los tunecinos considera importante su identidad religiosa (97%) pero está a favor de la separación entre el Estado y la religión (73%); y la abrumadora mayoría (un 96, 4%) expresa un “rechazo total” de Daech y el yihadismo, cifra muy parecida a la de Argelia, Libia, Marruecos y Egipto. Como bien dice el arabista francés François Burgat, cada vez que se ha dado a los tunecinos ocasión de expresar libremente su voluntad (y podría decirse lo mismo de casi todos los países de la zona) lo han hecho en contra de lo que los europeos esperan de ellos. Por eso es tan importante la democracia; y por eso, si la declaración de no beligerancia de Ennahda no es -paradójicamente- una buena noticia para el futuro democrático de Túnez, sí es un indicativo esperanzador de la moderación que, al contrario de lo que ocurre en Europa, sigue dominando, contra toda lógica, la región. Si Europa se preocupase más por la radicalización de Europa y menos por la de los otros países, en el mundo árabe habría más democracia -política y económica- y, por lo tanto, aún menos radicalización. Ennahda es ya un partido moderado y vertebral del nuevo régimen, lo que es, como vemos, una buena y una mala noticia al mismo tiempo.

(*) Santiago Alba Rico es filósofo y columnista.

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