CUARTOPODER | Publicado: - Actualizado: 16/5/2017 00:52

Pedro Costa Morata *

Pedro-Costa-MorataIniciado mayo y bien de mañana, en la Alta Verapaz, departamento guatemalteco cuyo espeso bosque tropical cede continuamente ante el avance de los cultivos industriales, las colinas todavía recubiertas de espesa vegetación y tonalidades azules emiten decenas de columnas de humo gris que se levantan dando al paisaje, que es soberbio y profundo, un tinte dramático e inoportuno. Mis acompañantes me lo cuentan: los campesinos, pobres y sin tierra, queman las laderas de la selva en regresión para sembrar la milpa (maíz) intensificando un proceso que se repite cada año, para aprovechar que las lluvias se retrasan; lo hacen obligados por la escasez de tierras adecuadas, llanas, que ocupan los cultivos de exportación, en especial la palma africana, pero también el hule (caucho) y en ciertos lugares el cacao o el cafetal.

Tras la quema, en las laderas, el suelo se fragiliza y si las lluvias son torrenciales, como suelen, quedarán desnudas e inútiles para otras cosechas, ampliando un proceso erosivo y progresivo que resulta demoledor para la agricultura de subsistencia, la protección forestal, la conservación de cauces y el caudal de los ríos.

Mis pasos discurren esta vez por los hermosos parajes kársticos del país queqchí, con eje en el río Cahabón, que forma las terrazas escalonadas, de aguas tibias y turquesa, de Semuc Champey, fluyendo hacia el Polochic que desembocará en el Caribe. La excursión es lúdica pero no es éste un país en el que los planes suelan coronarse según lo previsto, y una vez más surge el conflicto, esta vez apuntando al núcleo de la tragedia en un país en el que los propietarios –pocos, pero de control masivo sobre la tierra y la producción– dedican las mejores tierras a cultivos de exportación, garantizando así el hambre y la desnutrición de la mitad de la población. Media docena de organizaciones han decidido bloquear las carreteras en una treintena de lugares del país, los más pauperizados, y este es el caso de la Alta Verapaz, en el área llamada Franja Transversal Norte, abierta como frontera septentrional de colonización de la selva en los años de 1970 y ahora superpoblada y dedicada a la explotación de recursos naturales no renovables y exportables: los ya citados anteriormente más el petróleo, que es expedido, en crudo, hacia los Estados Unidos (desde un país sin refinerías, que importa los productos petrolíferos de consumo porque renuncia a obtenerlos de la materia prima que sí posee).

La Alta Verapaz (como la Baja Verapaz, departamento vecino, más meridional) recuerda los avatares de fray Bartolomé de las Casas y sus conflictos con funcionarios y propietarios, convencidos éstos de que los indios tenían que ser sus esclavos y servidores; así como las tensiones, bien poco evangélicas, entre dominicos y franciscanos, en implacable lucha hegemónica. La situación, quinientos años después, no difiere en esencia de aquella, y la masa indígena permanece marginada y a su albur, lo que conlleva la ventaja de ir consiguiendo parcelas de poder y gerencia que van arrancándose al Estado, incompetente y fugitivo. Las comunidades queqchíes, en efecto, ya controlan la explotación del entorno del río Cahabón, y el Estado ha respondido negándoles la electricidad: en nuestro hotel, un conjunto de modestas cabañas en la ladera, sobre el río, la luz se recibe un par de horas y es producida por los propios indígenas, que se las apañan atendiendo prioridades.

No obstante, el río produce electricidad y en su curso superior se construyen tres presas más (“las construye la empresa del presidente del Real Madrid”, nos dice el recepcionista, “pero la energía irá a México”). También aquí las poblaciones olvidadas viven una lucha implacable contra los saltos hidroeléctricos (que, sumadas a las que las enfrentan a la minería extractiva, definen los principales conflictos socioecológicos de Guatemala en la actualidad). Mis indagaciones posteriores me confirman que Unión Fenosa ya no actúa en Guatemala, tras varios años de muy productiva presencia, sin que pueda poner en relación este abandono con las serias acusaciones acerca del asesinato, hace pocos años, de media docena de activistas (indígenas y ecologistas) enfrentados a los saltos hidroeléctricos.

(El proceso, secular e implacable, es tan sencillo como letal: la conquista y el poder criollo se apropiaron de las mejores tierras para los cultivos extensivos y productivos, empobreciendo y humillando a los indígenas, que han ido refugiándose –y fortaleciendo su mayoría étnica– en el Altiplano y las áreas selváticas, donde sólo cabe la supervivencia; pero el impulso crematístico de saqueo de los recursos, bien distinto a las pautas de relación con la naturaleza de la cosmovisión maya/indígena, ya ha alcanzado estas áreas, de “refugio y supervivencia”, incidiendo ambiental y socialmente de forma durísima por la minería a cielo abierto y la construcción de embalses. Y ahí tiene lugar la resistencia y el enfrentamiento.)

Como el bloqueo nos afecta, el aprovechamiento informativo es máximo, y lo primero que llama la atención es el catálogo de demandas de las organizaciones que paralizan el país, drástica, eficazmente, incluso en áreas de carreteras indescriptibles (donde un solo pedrusco consigue su objetivo). En primer lugar se piden tierras para repartir y cultivar, señalando que el 15 % de las tierras productivas deberá dedicarse a granos básicos; luego, la eliminación de exenciones tributarias a las grandes empresas, la penalización del abuso sobre los ríos, en especial el desvío y la “desaparición” de los mismos… más la nacionalización de ciertos servicios públicos y el castigo a los legisladores corruptos. Es decir, que en lo básico se repiten las reivindicaciones que llevaron a la revolución de 1944 y a un decenio de valientes reformas que fueron finalmente segadas por la CIA y los militares vendidos a ésta.

La respuesta del nuevo presidente, el cómico evangélico Jimmy Morales, es que las organizaciones del bloqueo se reúnan con el vicepresidente. Y actúa así porque seguramente es incapaz de asumir la gravedad de la situación en el país, al mismo tiempo que espera que su sorprendente mandato pueda pasar desapercibido ante la efervescencia social y política que capitanea la Plataforma Nacional para la Reforma del Estado. Esta es la agitación que se llevó por delante, durante 2015, a la vicepresidenta Baltetti y al presidente Pérez Molina, corruptos descubiertos por la inestimable acción de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG, creada por Naciones Unidas para sustituir la debilidad jurídico-política de las instituciones estatales), y cuya presión se pretendió conjurar con la “elevación” a la presidencia de un reaccionario ignaro, que difícilmente podrá cumplir su mandato.

Morales, conocido por sus chistes en la televisión hasta ser elegido en octubre pasado, viene a representar la guinda de la catástrofe guatemalteca: un apolítico declarado, al que se le elige por aborrecimiento general hacia los políticos y que, tras la sorpresa del fenómeno –nada menos que un 68 % lo encumbró–, la opinión se ha ido enterando de que los patrocinadores de su mínimo partido, el Frente de Convergencia Nacional, han sido los militares ultras de la Asociación de Veteranos Militares de Guatemala (AVEMILGUA), creada en 2004 para hacer frente al creciente número de causas judiciales contra los militares acusados de genocidio y crímenes contra la humanidad en el prolongado y sangriento conflicto civil 1966-96.

(*) Pedro Costa Morata es ingeniero, sociólogo y periodista.

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