El reubicado

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Albert Rivera charla con un responsable de la ONG REMAR en un campo de refugiados de El Pireo (Grecia), el pasado 11 de mayo. / Ana Mora (Efe)

En la película de Alejandro González Iñárritu, El renacido, un Leonardo Di Caprio introvertido y meditabundo, casi mudo, sobrevive a mil y una miserias gracias al motor que mueve a buena parte de la humanidad: la venganza. Suena tremendo, pero así son las cosas en este mundo despiadado. Cualquier impulso capaz de hacer que el sistema funcione, que movilice pasiones o agite conciencias, es bienvenido. 

Ignoro cuál es el combustible con que Albert Rivera alimenta el motor que le hace liderar Ciudadanos. Puede que tenga algo que ver si no con la venganza, al menos con el resarcimiento: en el juego a cuatro en que se ha convertido la política española Rivera ha quedado relegado, poco a poco, a la última posición. Él, que parecía aspirar a lo máximo, que derrochaba juventud y ambición, buenos modos y codicia, que ha sido invitado por el Club Bilderberg (el gobierno del mundo en la sombra) e incluso posee un título de campeón de parlanchines (Liga Universitaria de Debate), se creía predestinado para la gloria. Era uno de los hermosos ganadores de Scott Fitzgerald y su destino era la cima, el liderazgo total, Moncloa.

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Error. La batalla no se ha planteado entre hermosos y malditos. Los votantes no dividen el mundo entre políticos afeitados y coletudos, arrogantes y modestos. Los votantes diferencian a los candidatos, como hacía Muhammad Ali con los hombres, entre los que mienten y los que dicen la verdad. “Entonces Rajoy debería perder siempre”, gritará alguien desde el fondo de la sala. Y perdería siempre, si no tuviera detrás los grandes medios de comunicación, los bancos, el Ibex y hasta la Iglesia.

Ver a Rivera abrazando a niños sirios tras asegurar, en abril del pasado año, que era partidario de dar la tarjeta sanitaria solo a los ciudadanos y residentes legales en España, fue un momento francamente asqueroso. “El populismo es la consecuencia de un sistema que se degrada. Hay que combatir a los chamanes”, había dicho Rivera poco antes de viajar a Grecia. Una escena casi tan nauseabunda como verle llorar desconsoladamente en Venezuela por un puñado de votos. El líder de ciudadanos debe controlarse o tendrá serios problemas de salud: entre las lágrimas de cocodrilo y el sudor en los debates no sería extraña una pérdida excesiva de sales minerales, causa impepinable de una deshidratación severa.

Rivera debe beber muchos líquidos. Y reubicarse. Se ha quedado sin sitio en una campaña polarizada, que desdibuja por completo ese centro de cartón piedra, heredero de Suárez, en que el hombre antes conocido como Naranjito quiso instalarse con su hatillo de derechas. Ahora anda desubicado, sin brújula, moviéndose por un mar político que no le ofrece puertos donde guarecerse: enfrentado al Partido Popular, su hábitat natural, y a Podemos, su antagónico rival, sólo le queda el consuelo de un Pedro Sánchez que se desmorona y no puede cometer más errores.

“Si alguien tiene la opción de manipularte, lo hará”, asegura el economista George Akerlof. Y ahí está Albert Rivera, el reubicado, un político con el funambulismo como filosofía, para confirmar esa teoría maligna. Esperemos que el próximo día 27 nuestro hombre comprenda dos cosas: que en política no se pueden hacer tortillas sin romper los huevos, sin más ideología que el poder y el dinero y que existe una verdad universal. Todo se acaba.