La buena política en España es historia

Alejandro_InurrietaEn un día en el que España jugó un pésimo partido de fútbol en la Eurocopa, aunque acabó ganando gracias al gol del odiado y silbado antiespañol Piqué, saltaron al ring de la Academia de TV las cuatro personas que tratan de gobernar este país en los cuatro próximos años para llevar a cabo un debate, que acabó siendo un conjunto de malos monólogos. Si malo fue el debate, también lo fue el escenario elegido, especialmente el sonido, la realización e incluso el abrupto final, anunciando Piqueras que les echaban del recinto.

Con estos mimbres, y sabiendo que especialmente Rajoy venía al debate por imperativo de los asesores de imagen y nunca por convicción, el resultado ha sido realmente bochornoso para un país que, se dice, es la cuarta economía de la UE, dejando al descubierto las graves carencias intelectuales y de fondo que tiene la política española. Para un espectador no sectario, y también para aquellos profesionales de los medios que no han caído por obligación en ninguna trinchera, el resultado es digno de olvidar y solo queda tratar de resetear el conjunto de organizaciones políticas españolas, que solo abundan en el desánimo y el pesimismo social.

La falta de liderazgo real, natural, intelectual y político hace tiempo que es uno de los principales retos que tiene España, aunque lo comparta con la UE, y también el resto de países de nuestro entorno. Esta faceta es crucial si se quiere regenerar la vida pública, la cual no saldrá de esta vorágine con una diarrea legislativa que fue lo único que pudo balbucear el presidente Rajoy en el único bloque en el que fue sacudido de verdad, especialmente por Rivera, muy necesitado toda la noche de golpes duros, ante su evidente irrelevancia entre el PP y el PSOE. Pero recordar y afear la conducta hipócrita respecto de la corrupción de los dos grandes partidos que han gobernado España no permite enfangar el campo aludiendo de forma falsa y torticera a la financiación de Podemos por parte de Rivera, obviando como Inda los sucesivos archivos judiciales; como incluir la beca de Errejón, también archivada, por parte de un Sánchez anulado y perdido toda la noche.

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Estos males se conjugaron de forma nítida durante las dos horas de tedio que deparó el esperado debate que, lejos de mejorar la imagen de los cuatro, solo resultó atractivo para sus hooligans que les esperaban banderita en mano, tanto en Génova, como en Ferraz, en una imagen tan patética como desterrable en un país con un 20% de desempleo. Es cierto que el formato del debate apenas deja margen para la espontaneidad, algo de lo que huyen todos los asesores de imagen y comunicación, verdaderos castradores políticos que han venido a la política a hacer más plano, si cabe, el encefalograma del discurso político.

En este cóctel de mediocridad, monologismo consentido, el bloque económico repitió tópicos, ideas vagas, pequeñas verdades y estadísticas disjuntas, lo cual muestra una vez más que no existe un aparato estadístico lo suficientemente potente y veraz que permita no jugar con las cifras según quien las cite. Lo más llamativo fue la repetida frase de Rajoy de que gobernar es muy difícil y que creando dos millones de empleos todos los males se acabarán. Pero más divertido fue el argumento en forma de regla de tres, es decir, si en un año creo un millón de empleos, en dos años dos millones, demasiado simplismo en alguien que no puede presumir de haber cumplido ninguno de sus postulados económicos. Frente a Rajoy el contrato único, inverosímil en un país asolado por la estacionalidad, la indefinición de Iglesias en sus propuestas de empleo, más allá del brindis al sol de la indemnización de 45 días por año en caso de despido, algo que ni los sindicatos piden, y la subida del salario mínimo. El caso de Sánchez fue aún peor porque todo lo que prometió fue justamente lo que no se hizo en la última legislatura de Zapatero, lo cual le aleja de una posición mínima de credibilidad. También sorprende las escasas menciones a la necesidad de sindicatos nuevos y fuertes en un mundo empresarial venido arriba tras alcanzar las cotas de desigualdad salarial más elevadas de la historia.

Todos ellos discutieron como si España fuese autónoma y viviese en una autarquía, es decir que no le afecten aspectos de política internacional, como el euro, los tipos de interés, o los precios del crudo. Resultó delirante que Rajoy presumiese de deflación, situación que demuestra que España sigue en recesión, más allá de que la caída del precio del crudo explica buena parte del descenso del IPC general.

Nada nuevo en una situación que, si no fuese dramática, merecería una abstención histórica, porque ninguno ha sabido empatizar lo suficiente con millones de ciudadanos que sufren en silencio, y que nadie les protege, como son los pobres, los discapacitados o los parados y paradas de larga duración. Por eso, sorprende que Rajoy siga negando, como hizo De Guindos, que no ha habido recortes de prestación de desempleo, sanidad, dependencia, que inició Zapatero, y educación, lo cual es una puñalada a toda una parte de la sociedad que no puede valerse por sí misma y que se ha cansado de promesas y vejaciones diarias cuando se acercan a los centros de salud o a los organismos administrativos, tan ineficientes, como poco empáticos para con una parte de la sociedad.

Rajoy supo dormir la primera parte del debate repitiendo datos que en muchos casos eran medias verdades, pero eso le mantuvo a flote hasta que llegó el turno de su gran borrón después de la situación social: la corrupción. Aquí se repitieron los esquemas, los reproches, las excusas y el tú más, es decir, nada nuevo. Estuvieron tan entretenidos en este subidón de adrenalina que pasaron de puntillas por la violencia de género, especialmente Rajoy y Rivera, siendo pobre y desafortunada la postura de Iglesias con su eterna apelación a la solución habitacional, lo que le invalida como estadista en este campo.

La suerte para los ciudadanos es que no habrá más debates, ahora se marchan a las plazas y pueblos a soltar más diatribas sin moderadores y a ingeniar nuevos vídeos o eslóganes de supermercado, tan socorridos como apelar a Venezuela o Grecia, ocultando entre esta podredumbre, su incapacidad para liderar a una sociedad hastiada, rota, desmembrada y que no tiene diques a los que agarrarse. Una clase política endogámica y mediocre, unos sindicatos barridos del mapa, la familia obligada a ser el garante de la supervivencia y solo la caridad y los bancos de alimentos prestan algo de solidaridad gratuita a tanta gente que languidece en la oscuridad de las cifras que los políticos no tienen apuntadas entre sus fichas. Solo la clase media parece ser susceptible de empatía y lucha por parte de gran parte de los contendientes políticos. Mientras eso siga así, nos encaminaremos hacia el abismo social. Eso sí, parece que la muerte civil será silenciosa en un país que solo vibra con el mal fútbol de la Selección liderada por un catalán partidario de la consulta democrática. Algo en lo que coincide Pablo Iglesias, tal vez el mejor estratega de los cuatro.

(*) Alejandro Inurrieta es economista y director de Inurrieta Consultoría Integral.