La democracia razonable

Rajoy-llegada-debate-a-cuatro
Rajoy, seguido del presidente de la Academia de la Televisión, Manuel Campo Vidal, saluda a su llegada al Palacio Municipal de Congresos de Madrid, donde se celebró el único debate ‘a cuatro’ de la campaña. / Mariscal (Efe)

A nadie le apetecen debates. Exigen un gran esfuerzo
y no son algo  cómodo… Pero es bueno para cumplir
estándares democráticos razonables
Rajoy en la SER.

Ayer disfrutamos de una noche loca de democracia razonable. Ya sabe, una democracia de mínimos, lo justito para que a nuestra Monarquía Constitucional se le pueda llamar de esa manera. Democracia. Y lo hicimos gracias a que Mariano Rajoy, el líder del partido que mutó de aquel formado por Manuel Fraga y otros jerarcas franquistas en el 76 (AP-PP), superó inapetencias, venció incomodidades, hizo un esfuerzo enorme y nos regaló a los españoles “unos estándares democráticos razonables”. Es decir, nos regaló su presencia en un debate a cuatro entre los aspirantes a presidente. El único de la campaña. Lo mínimo, insisto. La democracia razonable, por los pelos.

Publicidad

Un asco de democracia, ¿verdad? En lo intelectual, en lo moral y hasta en lo físico, puesto que el telespectados que se sentó a ver EL debate se encontró con la butaca caliente: al mullido asiento no le había dado tiempo a enfriarse desde el fútbol. Esa victoria de España en la Eurocopa en que confiaba Rajoy para aumentar la moral del populacho y distraer su atención. Como en los viejos tiempos.

A la cita televisiva, retransmitida por 14 canales, acudieron los cuatro candidatos a presidente y tres representantes del Canal Único de Información, a saber: TVE y el duopolio privado, Atresmedia y Mediaset. Ya estamos todos. Televisión gubernamental para que nada falle, para garantizar el periodismo en democracia. No se ría, que ahí estaban Ana Blanco como representante de la tele pública, Pedro Piqueras como brazo ejecutor de Vasile, y Vicente Vallés en nombre de Planeta y asociados. Campo Vidal, por fin jubilado, ejerció de aparca. “Unos estándares democráticos razonables”, que diría Rajoy.

¿El debate? “Al Gobierno se viene aprendido”, dijo un presidente en funciones con el tic del ojo izquierdo on fire para cerrar el primer bloque, un privilegio que había impuesto. ¿Al Gobierno se viene aprendido? Sí, se refería a sus rivales, esos tres indocumentados sin preparación que le habían ridiculizado durante la primera hora con un puñado de datos sobre desigualdad, paro, contratos basura, beneficios fiscales, etc.

Debate que, por cierto, durante la primera parte no existió. Fue una sucesión de pequeños monólogos promocionales, con los candidatos vendiendo sus maravillosas propuesta y lanzando puñetazos a un Rajoy sonado y a un Iglesias impasible. ¿Corrupción? Sánchez comparó los ERE con la beca de Errejón, y ahí acabó todo para un socialista aferrado a un mantra: “No soy presidente por tu culpa, Iglesias”. Rajoy se atascó con el tema, “no sé que quiere que le diga”, nombró los ERE, y entonces saltó Sánchez. Primer enfrentamiento cara a cara. Rivera quedó algo descolgado, y se vió obligado a sacar el enésimo cartón. ¿Bingo? No, fotocopia de papeles de Bárcenas.

Y de pronto Rivera nombró Venezuela, por fin, habló de financiación ilegal y dijo aquello de “no te pongas nervioso”. Haciendo el trabajo sucio a PP y PSOE. Luego atacó al PP. Rajoy llamó “inquisidor” a Rivera, le dijo que le vendría bien algo de “modestia y humildad”, y le acusó de pagar en negro. Perro come perro. La cosa se estaba calentando…

¿Y Cataluña? Porque de Grecia y de Venezuela ya habían hablado…

Ahora, ahora. Iglesias recuerda que son la primera fuerza política en Cataluña y Euskadi, y que proponen diálogo y un nuevo encaje constitucional: “Queremos una España unida”. Sánchez le dice a Iglesias que no le apoyó en las pasadas elecciones. De verdad. «Colau ha dicho que defiende la independencia», dice Sanchez. «¡Pero si gobernáis con ella!», le responde Iglesias. Rajoy defiende la soberanía nacional: “la ley hay que cumplirla”. Rivera a estas alturas es un florero conectado a un reproductor de frases hechas: “A reformar España, no a romperla”.

Refugiados. Los cuatro candidatos, pobres, sienten vergüenza. Sánchez quiere un país de acogida. Rajoy dice que Sánchez le critica siempre, y que tenemos que estar tratando el tema, pero que es muy difícil. Y presume de que Obama viene a verle. Iglesias propone acuerdos al tratarse de una política de estado: tienen que venir todos los refugiados que nos corresponden. Y debemos acabar con las devoluciones en caliente. Rivera dice que Podemos quiere sacar a España del euro, y que no hay liderazgo europeo: “a mí me apetece tener liderazgo”, sugiere el muy pillín. Y sentencia con una frase para la historia: “los españoles somos los latinos de Europa”. Sánchez dice que estuvo en Alemania.

Y llegó la hora de la verdad: los pactos.

Sánchez, ¿Apoyaría a Iglesias?: “salimos a ganar, Rajoy es malo, un PSOE fuerte para un gobierno progresista, lucharemos contra la corrupción… Creo que he respondido”. Rajoy, ¿con quién pactará si gana las elecciones?: “Con los españoles. Sánchez dice que estoy incapacitado para gobernar… ¿Y entonces usted?”. Rivera, ¿sin Rajoy pactaría con el PP?: “Aquí no hay vetos, tendemos la mano al PP”. Iglesias, ¿si quedan por delante del PSOE será usted presidente?: “Solo hay dos opciones. O un gobierno del PP o uno con el PSOE y nosotros. El que tenga más votos tendrá la presidencia, lógicamente. Sánchez debería decir algo”.

El minuto de oro puso el cierre sin sorpresas. Habíamos asistido a un nuevo éxito de la democracia razonable.