Respuesta a Javier Cercas (y II)

Carlos Fernández Liria *

Carlos_Fernández_LiriaDecíamos en la primera parte de este artículo que el “patriotismo constitucional” de Podemos es lo que verdaderamente ha desconcertado al mundo político de este país, es lo que en verdad ha cambiado, como suele decirse, “la centralidad del tablero” y lo que ha hecho tambalearse al bipartidismo (que gracias, entre otras muchas cosas, a gente como Javier Cercas y compañía no ha terminado de derrumbarse). El desconcierto ha sido que Podemos irrumpiera en la escena pública diciendo algo así como “no defendemos lo imposible ni ninguna ocurrencia parecida” (de las que normalmente ellos fueron fervientes entusiastas en otros tiempos en los que siempre “corrían delante de los grises”): “defendemos lo que tú defiendes, defendemos que esto sea de verdad lo que tú dices que es”, una “patria constitucional”, un “estado social de derecho”.

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Defendemos un sistema parlamentario que sea de verdad un poder legislativo y no una dictadura económica recubierta de impotencia parlamentaria, que es lo que en realidad tenemos (más aún desde que se firmó el artículo 135). Defendemos una libertad de prensa que lo sea de verdad y no esta dictadura mediática en la que un puñado de oligopolios ejerce una implacable censura despidiendo o no contratando jamás a los periodistas que podrían llevarles la contraria. Defendemos la división de poderes, pero muy conscientes de que el poder económico es un poder salvaje que no está en absoluto dividido, ni sometido a la ley, ni, en suma, civilizado. Defendemos que haya un ejército de inspectores fiscales, de peritos contables que asistan al poder judicial que se ocupa de los delitos económicos. Defendemos que haya una buena policía, que se encargue cada vez más eficazmente de meter en la cárcel a esos enemigos de la patria constitucional a los que hemos llamado, a veces, la “casta” y otras veces la “mafia”. En suma, como se verá, todo un programa ‘habermasiano’ de lo más normalito y moderado.

Y entonces, se dirá, ¿por qué el famoso “populismo”? ¿Por qué Laclau? Eso viene después. Hay que tener un poco de paciencia, señores. De hecho, antes habría que hablar todavía de otra cosa. Habría que preguntar aún, ¿y por qué Marx?

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Eso del patriotismo constitucional y la apelación a la ciudadanía encierra el único proyecto político que es irrenunciable para la humanidad y fue muy bien teorizado por los filósofos de la Ilustración (como no me he cansado de repetir en mis últimas publicaciones). Pero, utilizando la expresión de Jorge Alemán, hay que decir que al pensamiento de la Ilustración le esperaban dos buenos jarros de agua fría, dos grandes “malas noticias”. Una la trajo Marx y la otra Freud.

Marx demostró por qué el  aparato institucional republicano pensado por la Ilustración funcionaba muy mal bajo condiciones capitalistas, es decir, bajo unas condiciones en las que, al tiempo que se dividía el poder político, el poder económico permanecía en estado salvaje y sin civilizar. En nuestros días, en los que el terrorismo financiero cambia de opinión en milésimas de segundo, chantajeando toda posible actividad parlamentaria e hipotecando caprichosamente la vida de la ciudadanía, la cosa es infinitamente más grave que aquella de la que se quejaba Marx. El parlamentarismo, sí, bajo determinadas condiciones económicas, se convierte en la coartada de un capitalismo de casino.  Es verdad que buena parte del pensamiento marxista se equivocó radicalmente al arremeter entonces contra el parlamentarismo, en lugar de contra las condiciones económicas que lo subyugaban. Pero no se puede decir que ese haya sido precisamente el error de Podemos, que ha apostado sin reparos por la vía parlamentaria e institucional. Lo malo es el poder financiero que convierte el parlamentarismo en una estafa grotesca, no el parlamentarismo. Los que no lo ven así, es que no quieren ver. Combaten un fantasma en su imaginación y se regodean de lo fácil que es tener razón contra él. Por eso no se puede decir que estén equivocados, sino que deliran. Otra cosa es que su delirio sea, ciertamente, criminal e irresponsable, porque, cerrándoles las puertas al patriotismo constitucional de Podemos se las están abriendo de par en par, precisamente, a eso que ellos pretenden combatir: el populismo de derechas que, tarde o temprano y con su encomiable colaboración, se apoderará de Europa.

¿Por qué, entonces, en Podemos nos hemos  puesto a leer a Laclau y nos hemos  llegado a definir como “populistas”? En primer lugar, porque no queremos colaborar con esa estafa -tan habitual en gente como Javier Cercas- de defender el concepto de ciudadanía entre las nebulosas de un delirio. Sabemos muy bien que el destino de la “ciudadanía” -que es lo que defendemos como cualquier otro bien nacido- está condenado mientras no se afronte el reto de legislar sobre los poderes económicos. Si no queremos que la economía llene este mundo de cárceles y campos de refugiados (que también, sí, son “ciudadanos”), tenemos que encarcelar legislativamente a la economía. Pero son estos objetivos políticos -que intentan poner freno a la dictadura neoliberal- los que suelen mirarse por encima del hombro como “populistas”. Los que así hablan deberían pensar un poco, de una vez por todas, de qué lado están. Ellos dicen que de la “ciudadanía” y de los derechos y libertades. Pero eso es lo mismo que decimos nosotros. Y como precisamente vemos a la ciudadanía postrada frente a unos poderes económicos que deciden políticamente al margen de cualquier deliberación pública y parlamentaria, en las puertas cerradas de un nuevo feudalismo, además de defender abstractamente la “ciudadanía” lo que hacemos es poner manos a la obra contra este sobrevenido Antiguo Régimen que nos ha caído encima.

En segundo lugar, y ahora sí que es el momento de reivindicar a Ernesto Laclau y el asunto ese del “populismo”, porque somos muy conscientes de la otra “mala noticia” de la que hemos hablado. El giro hacia el “sentido común” y la “política conservadora” de la que hablábamos en la primera parte de este artículo, ha cambiado la correlación de fuerzas. Ahora los radicales antisistema son “ellos”, los defensores de esta salvaje revolución neoliberal (sean quienes sean, Javier Cercas sabrá si esto va por él o no). Nosotros, en cambio, los que abominamos de esta barbarie revolucionaria en nuestra vida cotidiana, somos muy conservadores y sensatos, tanto que podemos reivindicar, como hemos dicho, el patriotismo constitucional por el que nos identificamos con una escuela o una sanidad pública, con unos derechos laborales, con un parlamento o unos tribunales de justicia. Ahora bien, eso del “sentido común” no es algo que se sirve a la carta. Es un tejido muy abigarrado y tozudo, atravesado por prejuicios, tópicos y mentiras mediáticas. Althusser lo llamó el “macizo ideológico”. Y cuando hay que moverse en ese terreno conviene consultar a algunos expertos. Uno de ellos, que trajo, en efecto, muy malas noticias, fue Freud. Otro es el famoso Ernesto Laclau. La pregunta ¿cómo piensa el pueblo?, no es el hilo conductor de ningún programa político. Es una pregunta realista que no se puede responder desde las atalayas mediáticas en las que se  mueve gente como Javier Cercas. El mundo político no está tejido de argumentos y contrargumentos, no está trenzado con razones, sino con algo de naturaleza muy distinta, algo semejante a lo que en psicología se llama “síntomas”. No vale de nada argumentar con un tímido hasta convencerle de que es científicamente  imposible que se le trague la tierra si se arranca a cantar por bulerías. Los síntomas no se transforman con razonamientos. Por poner un ejemplo menos “psicológico”: no es “diciendo la verdad” en tu muro de Facebook o en el salón de tu casa como se combaten los grandes constructos mitológicos que los medios de comunicación incrustan a diario en el sentido común de los votantes. Un imperio mediático no se combate diciendo la verdad, sino, en todo caso con otro imperio mediático (que quizás, eso sí, podría trabajar en favor de la verdad).

En atención a este tipo de problemática es por lo que acepté titular a  mi último libro En defensa del populismo, algo de lo que mi amigo Jose Luis Pardo se ha pitorreado mucho (he de decir que con bastante gracia). Hay una especie de dogmático veneno racionalista en este tipo de intelectuales. Lo guay es que el ser humano sea un ser racional, de modo que (como si Freud, Lacan o la antropología misma  no contaran un pimiento), por lo visto,  basta  reivindicarlo como tal para que lo sea. Y si no llega a serlo del todo, mira por donde, será porque hay unos populistas por ahí empeñados en aguar la fiesta. El problema es que en absoluto es así. El ser humano no es ni mucho menos un ser tan espontáneamente lingüístico como se pretende. Más bien hay que decir que el ser humano se sostiene en el lenguaje como un trapecista en una cuerda floja. El ser humano no nace hablando, nace del sexo, en un afuera del lenguaje desde el que tiene que escalar muy tortuosamente  a través de una aventura que llamamos infancia.

Esto hace que el lenguaje, para el ser humano nunca sea un mero instrumento para la comunicación. El ser humano, cuando habla y cuando razona, siempre está, al mismo tiempo, haciendo “otra cosa”. La evidencia antropológica es que el ser humano no accede a la palabra más que a condición de que sea una palabra ritualizada. El rito es una especie de tributo que pagamos los humanos por no ser ángeles, por haber nacido del sexo y por tener infancia. Lo curioso es que Javier Cercas pretende explicarnos, precisamente a nosotros, que “nadie con dos dedos de frente se cree la pamema de que el pueblo es por esencia virtuoso”. Es imposible saber de dónde se saca semejante presuposición respecto a nuestras convicciones. Lo que sí que es esencial al pueblo es la religión, como atestigua toda la historia de la antropología y de la sociología. Régis Debray dijo una vez, con mucha razón,  que había que ser “un poco antropólogo” para enterarse de lo que estaba pasando (eran los años noventa): el resurgir de los nacionalismos, los tribalismos, los fundamentalismos, los racismos, los regionalismos, los sectarismos y los integrismos de todo tipo. El problema, decía él (llamó a esto pomposamente el “teorema de Godel de la política”), es que socialmente es imposible cerrar un círculo sin levantar una vertical, es decir, sin recurrir a un cono. El ser humano no puedo prescindir de los tronos y los altares (aunque algunos sí pensamos que puede “civilizarlos”). Esto puede ser repugnante, pero está en la raíz de las cosas que hay que tener en cuenta a la hora de hacer política.

El ser humano es, sin duda, repugnante, pero es lo que hay. Eso sí, es muy fácil olvidarte de las verticales y de los líderes cuando vas ganando. El populismo (en el peor sentido) del PP y del PSOE es apabullante y patético. Pero, bueno, si ésta es más o menos tu opción política no hay razón para aplaudirlo o para confraternizar. Uno ve a Pedro Sánchez entrevistarse por televisión mientras escala el Peñón de Ifach y, en fin, la cosa no va contigo; al fin y al cabo, lo importante es que se siga defendiendo la ciudadanía. Pero, para los que no nos conformamos con defender la ciudadanía desde nuestras tribunas, sino que queremos, además, hacer algo políticamente para hacerla realidad, la cuestión es cómo movernos en un mundo político amasado con síntomas, ritos, mitos e ideólogos como Javier Cercas o Jose Luis Pardo. Y entonces, sí, nos volvemos muy sensibles a los efectos populistas del mundo político en el que queremos actuar. Es muy fácil mirar por encima del hombro el populismo cuando tus opciones políticas van ganando. Es bastante más difícil esa altanería cuando para ganar necesitas crear, como dicen en Podemos, una “hegemonía popular”, y cuando tienes que hacerlo con todos los imperios mediáticos en contra y con cuarenta años de franquismo y cuarenta de bipartidismo a tus espaldas.

“El peor de los políticos es preferible al mejor de los caudillos”, dice Javier Cercas. Estamos completamente de acuerdo. Añadimos que el peor de los caudillos es, además, el Eurogrupo, esa instancia misteriosa que (como se le dijo a Varoufakis) ni siquiera existe, pero que decide sobre nuestras vidas al margen del cualquier control público y parlamentario. Algunos pensamos que a ese caudillismo del capital financiero es posible aún pararle los pies por vía parlamentaria, derogando, para empezar, el artículo 135 de la Constitución y luchando por crear un verdadero orden constitucional europeo. Otros, como Javier Cercas en su artículo, son mucho más radicales, al parecer, porque abogan -dice- por “cambiar de sistema”. Yo no alcanzo a comprender a lo que se refiere. En todo caso, para “cambiar de sistema”, ¿a quién habría que haber votado en las elecciones? ¿Con quién conviene pactar en esta nueva legislatura? Esto a Javier Cercas se le olvidó explicitarlo al final de su artículo. Él quiere cambiar de sistema. Nosotros no, nosotros queremos el sistema de siempre, un orden constitucional en estado de derecho. Esa patria constitucional de la que se ríen a diario los poderes económicos.

(*) Carlos Fernández Liria. Profesor de Filosofía en la UCM. Su última obra publicada es En defensa del populismo (Ediciones Catarata).

ENTORNO PRISA / Respuesta a Javier Cerca (I).

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