¿Hasta cuándo…?

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Miguel_Sánchez_OstizQuién sabe, la trapisonda viene de tan lejos que es imposible adivinar si esta situación de mal gobierno acabará algún día o si va a ser algo permanente. Ayer era Soria, anteayer fueron los mendaces discursos de Rajoy y Fernández con sus indecencias policiales, mañana vete a saber, pero seguro que lo habrá.

Hasta ayer, un tramposo postulaba al Banco Mundial, un tramposo probado y confeso que puede ser funcionario del Estado y ejercer de tal cosa hasta que la muerte le separe del cargo... Lo afirmaba Rajoy echándose las manos a la cabeza. Se diga lo que se diga, Rajoy es transparente y veraz, sobre todo en sus desternillantes estupideces y lapsus, donde aparece tal cual es, sin afeites. En el caso Soria le salió el opositor a Registros convencido de que ganar unas oposiciones te hace ciudadano de primera, un notable (galicismo) de pueblón, titular de privilegios sociales y de ventajas económicas que no pueden ponerse en tela de juicios jamás, de modo que, hagas lo hagas, sigues siendo aquello que has adquirido, salvo que medie una improbable sentencia judicial en contra. Es decir que en este sistema de cosas ninguna irregularidad tiene en el fondo consecuencias. Impunidad a raudales, inmunidad también, lo que hoy importa, mañana no. Cuentan con eso. ¿Hasta cuándo? Ni se sabe. No están previstos cambios en ese sector... no son mañas, es idiosincrasia (famosa).

Unos y otros actúan como si las instituciones del Estado fueran una propiedad particular y exclusiva cuya titularidad es eterna y no puede ser transferida más que entre iguales. El abuso es legítimo, la voluntad de cambio de parte de la ciudadanía un intento de usurpación de derechos de fundamento poco menos que divino, sin fecha de caducidad, basado más en los recovecos del Catecismo de la Iglesia católica (esa reverencia debida al gobernante) que en el Código Civil o en la Constitución.

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La falsa extrañeza de Rajoy ante la borrasca armada por la trapacera nominación de Soria lo dice todo y explica por qué esta gente sigue gobernando: pase lo que pase, no pasa nada, nada tiene consecuencias, nada es tan grave como parece... No ha habido condenas ejemplares como mintió en su comparecencia parlamentaria de la semana pasada ni dura represión de la corrupción y de la falta de decoro en el ejercicio de la cosa pública. No ha habido nada: una triste dimisión a regañadientes (Soria) que más parecía un cristiano mañudo echado a los leones de papel o una estampida en evitación de males mayores (Mato) muy de echarle tierra encima a la interesada y de hacerla pepera durmiente, hasta que pase la borrasca. Sin ruido de oposición, Soria la habría matado callando.

«La gente olvida», me dijo en una ocasión una corrupta que había salido de la cárcel con permiso de fin de semana. Se la veía feliz no por el permiso, que también, sino por el olvido. Por lo menos entonces, a las cabezas de turco del felipismo las condenaron.

Y en eso confían, en que«la gente olvida», en que no puede retener, por higiene, el chaparrón de ofensas que recibe, en que el barullo armado es tan fenomenal que es imposible llevar la cuenta y memoria de sus despropósitos. Su relato de la realidad vivida es otro.

Esta gente tiene una idea de la impunidad, o de la inmunidad incluso, basada en una tosca perversión jurídica como es la de retorcer la presunción de inocencia eludiendo no ya la condena preceptiva, sino la acción misma de la justicia, sustrayéndose a ésta, evitando e impidiendo en la práctica la investigación misma de los hechos ya sean claramente delictivos, se califiquen de infracciones administrativas o actos públicos faltos de ese elemental decoro exigible en la función pública –algo que se ve se ha deteriorado mucho con el Partido Popular en el poder– y que en otros países, de otra tradición sin duda, impiden ejercer dicha función. Inusitados periodos de instrucción, chinganas procesales hechas encaje de bolillos, apartamientos estratégicos (Mato insisto y también Soria ahora mismo tras el escandalazo), manipulación de medios de comunicación.

Las explicaciones gubernamentales del chollo de Soria estaban, para variar, adobadas en falsedades, para que todo rime y cuadre y sea armonioso: todo queda en famiglia. No iban a ponerse ahora a jugar limpio, hombre, eso no se hace. Nada de concurso de funcionarios, ni de méritos ni de gaitas, un amañe, como todo, entre amiguetes y para amiguetes. Estaban seguros de que eso no iba a tener consecuencia alguna. Mandanga, truco, gatera y prepotencia... marca España, genuina. Por una vez se han equivocado.Y encima, ahora, se colgarán la medalla del juego limpio.

Soria no es un funcionario que ha tenido un descuido, al estilo de los señorones de Alfredo Zitarrosa en La ley es tela de araña, sino un cargo político que ha actuado de manera ventajosa y poco decorosa en esa zona gris en la que lo privado y lo público se confunden de manera neblinosa (Papeles de Panamá), cuya presencia en la postulación al Banco Mundial  era un intento de rematar una canonjía como la del repulsivo Wert y su esposa, en el París de los favores debidos. Nos toman por débiles mentales o están convencidos de que todos les aplaudimos porque nuestra idea de la política y de la conducta ética no puede ser otra que la suya. No, crean lo que les convenga, no todos les damos nuestros votos o nuestro aplauso beocio, ni dejamos nuestra voluntad de cambio en su cajón de trile.

(*) Miguel Sánchez-Ostiz es escritor y autor del blog  Vivir de buena gana. Su última obra publicada es El Botín (Pamiela, 2015).
1 Comment
  1. Kaleidoscope says

    ¿Hasta cuando…?
    Bueno, quizás sea más un deseo que una realidad, pero me da la impresión de que este último episodio ha podido suponer un punto de inflexión (quizá sea mucho suponer), en las tragaderas de toda la sociedad en general y lo más importante, ha provocado una reacción (tímida y pequeña todavía) en algún sector de la rocosa estructura de la Banda genovesa.
    Por algo se empieza y habrá que estar atentos al inminente «rosario» judicial al que se enfrentan «Los genoveses», pero este «error» del Capo Mariano puede haber sido la gota que haya colmado el vaso.

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