CUARTOPODER | Publicado: - Actualizado: 11/1/2017 13:41

Francisco Serra

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Vista general del hemiciclo durante la intervención del presidente del Gobierno en funciones, Mariano Rajoy, en la primera jornada del debate de investidura el pasado 30 de agosto. /Juan Carlos Hidalgo (Efe)

En un viejo país ineficiente, algo así como España entre dos investiduras de Presidente de Gobierno fallidas, la hija de un profesor de Derecho Constitucional quería hacer un bizcocho. Había visto casi todos los programas de Master Chef Junior y se había propuesto participar en la próxima edición. Para alcanzar su objetivo había empezado a experimentar y después de llegar a preparar la tortilla francesa perfecta y una modalidad de pizza a la que le había puesto su propio nombre, se había internado en los misterios de la repostería. Tras elaborar una mousse de chocolate deliciosa, se había empeñado en hornear un bizcocho, pero sus esfuerzos por el momento habían resultado baldíos. La primera vez no había llegado a subir y la segunda vez al principio había subido mucho, pero luego se había quedado hundido en el centro, crudo por dentro y como una piedra.

Mientras la niña, sentada, pesarosa, en el sofá, se planteaba si abordar un tercer intento, el profesor veía, algo distraído, uno de los muchos programas de debate en los que se discutía la posibilidad de que hubiera que acudir de nuevo a las urnas en los próximos meses, tras la fracasada investidura de Rajoy como Presidente de Gobierno. Al no haber conseguido su objetivo de obtener mayoría, lo que se había producido en realidad era una “desvestidura”, ya que su derrota le había privado de ese manto que siempre acompaña al ejercicio del poder.

La candidatura de Pedro Sánchez no llegó a privar al político gallego de ese hálito cuasi-sagrado que desprende la condición de presidente del gobierno (aunque fuera ya solo provisional), porque nunca llegó a tener entidad suficiente para representar una alternativa real. Ahora, sin embargo, su gobierno en funciones se había convertido en un auténtico “gobierno en defunción”, porque la mayoría de la Cámara se había mostrado contraria a su continuidad. De hecho, a causa de dimisiones y nombramientos para otros puestos, cada vez tenía menos miembros y además es probable que algunos de ellos solo permanecieran en el gabinete para no acrecentar la impresión de que el Presidente se iba quedando cada vez más solo.

Mariano Rajoy, pensó el profesor, parecía dispuesto a convocar las elecciones que fueran necesarias para conseguir su objetivo de mantenerse en el poder, del mismo modo que su hija metía una y otra vez sus bizcochos en el horno para intentar conseguir uno bien sabroso y esponjoso. El empecinamiento del líder conservador y la escasa resistencia que encontraba en su partido amenazaban en convertir las elecciones (que deben ser excepcionales y celebrarse cuando haya transcurrido un período de  tiempo razonable desde la convocatoria anterior) en una más de las rutinas de la vida ciudadana. Para alcanzar sus fines, a Rajoy no le importaba convertir a España en un país “bizcochable”, al que había que someter una y otra vez a la llamada a las urnas para moldearlo a su gusto.

En nuestra tierra, la escasa tradición de gobiernos multipartidistas ha llevado a ignorar las soluciones a las que se ha recurrido en otros Estados. En situaciones de “crisis” -y la actual lo es, porque si hay unas terceras elecciones sin nombramiento de un nuevo Gobierno, ¿por qué no unas cuartas?, si el resultado no parece satisfactorio- se abren otras posibilidades que todavía no se han barajado. Genera muchos recelos un “gobierno técnico”, por el recuerdo de los tecnócratas de la época final del franquismo (que no eran tales, sino adeptos de una conocida organización político-religiosa).

En algunos lugares en momentos de bloqueo e incertidumbre se ha recurrido a un tipo de gobierno que no podríamos llamar “técnico” en sentido estricto, sino “institucional”, situando al frente del gobierno a alguno de los presidentes o expresidentes de las principales instituciones. Este camino en España tampoco es fácil de seguir, porque se han situado en esos puestos a personas próximas, tanto en el plano político como en el personal, al presidente del gobierno en funciones que, incluso durante el verano, en los contados días de vacaciones de que pudo disfrutar, se dejó fotografiar, muy ufano, con la pareja de la presidenta del Congreso emprendiendo una esforzada caminata.

En otros Estados no se propone a amigos personales para encabezar las más altas instituciones y, cuando así se hace, se procura que no aparezcan a la luz pública como tales, sino como los máximos representantes del órgano que presiden y se les trata con tono cordial pero distante. Además, tan responsable del disparate de que unas hipotéticas terceras elecciones tuvieran que celebrarse el día de Navidad (está por ver que se lleve a cabo la anunciada reforma de la ley electoral) es el candidato que propuso la fecha del debate de investidura como la presidenta del Congreso que es en último extremo la que debe fijarla y recordarle las posibles consecuencias que se derivarían de que se llevara a cabo en esos días.

En realidad, donde la voluntad popular se mostró de forma más pura fue en las primeras elecciones y el que fue efímero presidente del Congreso en la legislatura fracasada, Patxi López, llegó a gozar de un amplio apoyo para acceder a ese cargo. En ninguna parte está escrito que el candidato a la investidura como presidente de Gobierno tenga que ser el líder de uno de los partidos más importantes y en ocasiones hay otras figuras que pueden obtener mayor respaldo parlamentario. Ya es hora de que empiecen a barajarse otras opciones.

En todo caso, aunque ahora se resuelva de la forma que sea esta situación “excepcional”, es muy probable que en un par de años a lo sumo se vuelvan a convocar elecciones y para entonces puede haberse producido un cambio apreciable de la voluntad popular que facilite la formación de un Gobierno duradero. Lo que ahora es preciso, sobre todo, es un gobierno de regeneración democrática que elimine las corruptelas que se han asentado en los últimos años.

“¿Vas a hacer otro intento?”, preguntó, resignado, el profesor a su hija.

La niña empezó a asentir, de manera mecánica, pero de repente se paró e inquirió a su vez, con un brillo en la mirada:

“¿Y si lo compramos en la pastelería?”

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