Entre burlas y veras

Miguel_Sánchez_OstizLa política nacional tiene algo de caza furtiva con astucias de tramperos por un lado y de espectáculo arrevistado por otro. Unos se esconden como pueden tanto para perpetrar sus fechorías como para eludir sus consecuencias y otros, cuando los primeros se ven atrapados, nos aplicamos a la burla, a la invectiva, a las pellas y a la picota de papel, visto que la calle dejó de ser nuestra de manera radical hace ya demasiado tiempo y que de las urnas podemos esperar lo que estamos obteniendo: poco, por no decir nada. De momento, te dirá el optimista. Sea. Convengamos, por no reñir más que nada.

Con urnas o sin ellas, con burlas chocarreras o con rasgados de vestiduras de por medio, Rita Barberá, una profesional de la astracanada, se esconde por el momento detrás de un acta de senadora obtenida gracias a los votantes de un partido al que ya no pertenece y se beneficia de ese modo de un aforamiento que de otro modo se habría hecho humo. ¿Indecente? Sí, mucho probablemente, pero en otro país. Aquí no, aquí la jugada de tahúr de la política se celebra; el envido de la carta marcada se aplaude y se anima a la jugadora marrullera a sostener el cerco del populacho: a las palabras de Rodríguez Ibarra me refiero. ¿Con quién está en realidad gente como Ibarra que deben su vida acomodada al manejo de la cosa pública? Pregunta más retórica imposible, puro discurseo en el vacío, pero es esa gente, del color que sea, porque el dinero no huele, la que tiene en su puño a un país y no quiere soltarlo. Defienden intereses corporativos y de clase, no otra cosa.  El futuro que pueden ofrecer, que de hecho ofrecen, no puede se más conservador: la continuidad del presente con todos sus privilegios y canonjías. ¿Y qué nos queda? Más retórica, porque la respuesta la conocemos: o el fino análisis dedicado a la propia parroquia o el abucheo y el pataleo.

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El país del aquí te pillo, aquí te mato, el del teatro ferial de Manolita Chen, las astracanadas y la burla como máximo gesto de impotencia: ya que no podemos quitarnos el yugo, riámonos a sus espaldas o al pie de la picota; apostemos porque unos mastines entogados de piños de quita y pon se cobren la pieza; y disfrutemos si esta se lleva unos perdigonazos de esos códigos que funcionan como luparas. Pobre, como mínimo. Reírse de las patochadas de Rita Barberá y de sus maneras exhibicionistas y truculentas es fácil, demasiado, pedir en plan pomposo que sea relajada al brazo secular lo mismo. Apuntar caminos de salida factibles, caminos de cambio, esperanzas concretas, es más complicado, tanto como exigir con éxito de aquellos a quienes hemos votado que cumplan con sus promesas, y un programa político lo es o debería serlo.

Entre tanto, entre burlas y veras, el afianzamiento de un partido político que representa a una casta social compleja, populista también a su modo –solo así puedo entender que les voten aquellos a quienes perjudican–,  es un hecho ante el que no se articula una oposición firme y las cuestiones de fondo, como la pobreza vergonzante, la perdida de las viviendas –3.000 familias al mes a la calle por impago de alquileres–, un sometimiento social opresivo, los servicios sociales hechos negocios, la soberanía nacional en entredicho, el enriquecimiento de una casta a costa de la desposesión de otra, la configuración de una sociedad de amos y de siervos (todo lo disfrazados que se quiera) siguen su marcha imparable. Apocalípticos, claro, y populistas también, lo que gusten, pero el pozo negro a rebosar.

Es posible que Barberá, Rajoy, Camps y toda la patulea de trajes, bigotes y adheridos, desaparezcan de primera fila e incluso de las del Partido Popular, pero es de temer que tras ellos vengan otros iguales o peores del mismo partido o similares. Tal y como están las cosas, entre la quiniela, la timba indecisa y la adivinación del porvenir, el futuro inmediato es más una amenaza que una esperanza,  en manos de quienes, además de tener una solución de urgencia al estado de descomposición institucional que vivimos, podrían articular un ambicioso proyecto de futuro con el cambio social y político como objetivo. Es una cultura política y casi una forma de vida la que está en juego. Entre tanto las liebres que van a ser devoradas por galgos y podencos discuten acerca de si el perro de San Roque tiene o deja de tener rabo.

(*) Miguel Sánchez-Ostiz es escritor y autor del blog Vivir de buena gana