La ley de la calle

Imagen del boicot contra González y Cebrián
Imagen del boicot contra González y Cebrián en la la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma, protagonizados por estudiantes que, en su mayoría, ocultaban sus rostros con caretas o pasamontañas. / J. J. Guillén (Efe)

Un periodista de El País asegura que la culpa de que Felipe González y Juan Luis Cebrián no pudieran hablar hace unos días en la Universidad la tuvo Podemos. Los argumentos que utiliza para defender tan grave acusación son atmosféricos. Es decir, gaseosos. De carácter etéreo, si usted lo prefiere. “Los radicales desplazados a la Universidad, espoleados atmosféricamente por Podemos, han emprendido su propia ley mordaza“, escribe Rubén Amón en una columna de coppoliano encabezamiento: ‘La ley de la calle’.

El título original de la película es The outsiders. La forma en la que se denomina a aquellos individuos montaraces que viven al margen de las normas, fuera de la sociedad, en el lado oscuro del sistema. En ese espacio sórdido y marginal que acoge a los desubicados, un lugar triste y sombrío que recuerda a los suburbios intelectuales y morales que están construyendo Felipe González y Juan Luis Cebrián. Guetos a los que arrastran a sus seguidores, el primero, y a sus empleados, el segundo.

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Henchidos de vanidad y soberbia, González y Cebrián han dinamitado su historia, han dilapidado su crédito, se han revolcado en sus mastodónticos egos, se han forrado y han creado sus propios reinos: un partido político sin principios y una empresa de comunicación sin credibilidad. Feudos que no son sino poblados chabolistas de oxidadas puertas giratorias, rosillas de cartón piedra apuntaladas por el IBEX, andurriales sin futuro destinados a la marginalidad política y periodística. Socialistas de derechas y periodistas carbonatados se suicidan siguiendo los traspiés de dos lunáticos que se han inventado un enemigo común: Podemos.

En la universidad les abuchean. Tienen razones morales e intelectuales para hacerlo. González y Cebrián no son ya ejemplo para nadie. Menos aún para universitarios en proceso de formación, en busca de socialización e ideales. No olvidemos que, como sentenció Epicteto, solo la educación nos hará ser libres. Lo contrario de lo que sucede en Ferraz y Prisa, últimos refugios para unos achacosos líderes que se lamen las heridas entre los aplausos de sus empleados. Sus razones atmosféricas tendrán. En la calle las leyes son otras.