CUARTOPODER | Publicado: - Actualizado: 16/5/2017 00:29

Raúl Camargo y Lorena Ruiz-Huerta *

Hace unos meses se cumplieron 15 años de la celebración de la Cumbre del G-8 en Génova, aquella que reunió por un lado a personajes como Aznar, Bush, Blair, Berlusconi, Putin, y por otro a decenas de miles de personas llegados de todo el mundo para participar en la contracumbre organizada por el Foro Social de Génova. Una ciudad en estado de excepción, con miles de policías armados hasta los dientes, que protegían a sus líderes de los escudos de plexiglás de los Desobedientes,  las caretas de cerdo del Bloque Rosa y las manos en alto de la columna no violenta. El lema de aquella cumbre alternativa fue “ Vosotros G-8. Nosotros 6.000 millones”.

La obra de teatro “ Ragazzo”, que se representa estos días en el Teatro del Barrio, recuerda el ambiente de aquellos días y el suceso que lo convirtió en historia: el asesinato de Carlo Giuliani. Volver la vista a ese momento de eclosión del movimiento antiglobalización también nos trae el recuerdo del papel que por entonces jugaba el Partido de la Refundación Comunista (Rifondazione) en la Italia de entonces. Una organización que interactuaba con el movimiento, que lo acompañaba pero no pretendía capitalizarlo, que dedicaba buena parte de sus energías a organizar el conflicto social y que tenía representación parlamentaria por supuesto y en las regiones y municipios, pero su prioridad entonces era el impulso de un movimiento que condicionó durante unos años, pocos lamentablemente, la vida política y social del país.

¿Cómo pudo Rifondazione perder el enorme capital político, social y simbólico que había acumulado durante el periodo de auge del movimiento en tan solo 5 años? En nuestra opinión, porque no supo entender bien la relación entre las instituciones y la calle. Su entrada en el gobierno con el expresidente de la Comisión Europea Romano Prodi, su apoyo subsiguiente a la refinanciación de los créditos para la guerra de Afganistán, así como una dinámica interna donde todo el peso se centraba en lo institucional, acabaron por dejar a este partido en la insignificancia. Durante la Cumbre de Génova, se hablaba de una cifra cercana a los 20.000 militantes. Hoy, no llegan a 1.000. Cuando escuchamos estos días al calor de los debates para la Asamblea Ciudadana de Podemos Comunidad de Madrid que algunas iniciativas llevarían a Podemos “ a la marginalidad” no deberían olvidar que las lecciones de la historia y del camino que transitaron otras organizaciones son claras: el recurso al “ mal menor”, la adaptación y la moderación suelen el camino más corto hacia el “ mal mayor”. Que le pregunten a Rifondazione.

Frente a la apuesta por ganar exclusivamente las elecciones hay que insistir  en la idea de ganar en todos los niveles. Ganar las elecciones es fundamental, pero toca ganar también en lo social construyendo nuevas hegemonías alternativas y no siendo sometidos a la dictadura de las encuestas. Se trata de ganar la sociedad para transformarla no para  ser absorbidos por la constante adaptación a los sentidos supuestamente mayoritarios.

La batalla electoral es la primera de una lucha mucho más descarnada en la Europa actual. No es sólo una propuesta electoral para ser gobierno, sino una perspectiva estratégica de ruptura en un contexto en el que cualquier propuesta, incluso de meras reformas progresistas, son saboteadas de forma sistemática por las instituciones internacionales y los mercados financieros. Ganar pasa, por tanto, por ser conscientes del escenario en el que jugamos y situar la economía (política) en el centro de nuestros análisis.

Frente a quienes creen que sólo desde el gobierno o desde el parlamentarismo se pueden conseguir victorias, deberían reconocer que algunas de las más recientes  no se consiguieron desde allí. Sólo algunos ejemplos: la retirada, gracias el empuje del movimiento feminista, de la  Ley del aborto del PP (por cierto, incluso con mayoría absoluta del PP), la paralización de desahucios por la extensión y fortaleza de un contrapoder de l@s de abajo como es la PAH o  la victoria de la Marea Blanca frenando la privatización  de los hospitales y centros de salud en la Comunidad de Madrid, gobernada también entonces con mayoría absoluta por el PP.

Hay otro tiempo en política, el del mientras tanto, que es el tiempo del movimiento social, de construir nuevas hegemonías, nuevos sentidos que van ganando posiciones y van labrando nuevos consensos y mayorías (el debate sobre la insumisión, el matrimonio homosexual, los avances ecologistas).

Debemos rechazar esa idea de que el cambio ya está dado y, frente a quienes piensan que el cambio caerá como una fruta madura, debemos reafirmar la idea de la dificultad del cambio y, por tanto, de la necesidad de una estrategia paciente abierta a intervenir en los acontecimientos que son también precipitadores de cambios. Una estrategia que va construyendo el cambio integrando ritmos, dinámicas y espacios diferentes: lo electoral, claro, pero también el trabajo institucional que permite forjar alianzas con diversos sectores sociales de los de abajo, la construcción de instituciones propias en las comunidades, avanzar colectivamente en la construcción de un programa de gobierno alternativo y que quiere disputar los límites estrechos que ofrecen las instituciones…Una política, en definitiva, sin atajos. Para ello debemos aparecer como algo confiable, pero también distinto a los partidos del orden. No ser como ellos ni en los andares.

En el debate sobre el Podemos que necesitamos es preciso saber quiénes somos, quiénes son l@snuestr@s, mantener una lealtad férrea con ellos, no desanimarles, no desconcertarles.

En ese sentido, hay que preguntarse por toda la gente que se ha ido, por las miles de personas que nos votaron en diciembre y no lo hicieron en junio. Por las miles de personas que han pasado por espacios de Podemos y no lo han vuelto a hacer, se han decepcionado. Recuperar a esa gente sabiendo que mucho del empuje inicial de Podemos ya no volverá, al menos en las formas en que el Podemos inicial se expresó. Pero eso no debe implicar una nostalgia melancólica, sino ser capaces de reinventarnos, de volver a un proceso de apertura, de conectarnos con las muchas expresiones de la sociedad civil, de los movimientos, del conflicto social que se expresa en lo cotidiano. No se trata tanto de los que faltan, sino de lo que falta en Podemos: una política de lo cotidiano, un trabajo más paciente para conectarnos con las comunidades, para construir nuevos espacios sociales de solidaridad, de apoyo mutuo, de auto-organización.

Raúl Camargo y Lorena Ruiz-Huerta son diputados de Podemos en la Asamblea de Madrid.

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