Parlamentarismo y realidad: el carisma de Rajoy

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El Parlamento es una nave espacial que gira en la órbita terrestre, sin ancla en nuestro planeta, y que nos revela, como en un laboratorio, el poder purísimo del lenguaje y su relación con los cuerpos que lo utilizan. Las reglas deberían ser otras; los diputados deberían imponerse alguna atadura intelectual, como hacen los académicos, y algún compromiso ético, como hacen los médicos; deberían, como pretende la doctrina liberal clásica, persuadirse con argumentos, de tal manera que cupiese siempre la posibilidad de que el final de cada sesión fuera inesperado y reflejase una distribución de fuerzas enteramente distinta a la inicial. No es así. El parlamentarismo es una prolongación del juego de partidos y del electoralismo exterior y sus sesiones -y más si son de investidura de un nuevo gobierno- no sólo excluyen la sorpresa institucional sino que se limitan a proporcionar apenas una tribuna para sancionar en público -o cuestionar- la legitimidad de acuerdos previamente tomados.

En términos formales, esto entraña dos consecuencias. La primera es que todos los oradores inscriben sus intervenciones en un horizonte de sentido común irrebasable: todos quieren lo mejor para España, un gobierno justo, modernizador, de progreso y democrático y todos hablan -sinécdoque infalible y vulnerable- en nombre de los españoles, cuyos intereses defienden en exclusiva frente a los partidos rivales, que a su vez se arrogan esa exclusividad. Al Parlamento no sólo se llega con todas las decisiones ya tomadas sino que las diferencias entre los portavoces sólo se pueden entender desde fuera. Los discursos ni deciden nada ni se entienden por sí mismos. La realidad queda en el exterior y sólo entra de esta forma espectral: como principio clasificatorio que nos permite identificar ideológicamente discursos de igual contenido político y como marco irrebasable de un sentido común general que impone invocar contra el rival la democracia, los derechos humanos, la justicia, etc. Para que el parlamentarismo coincidiese de alguna manera con la realidad -y sirviese para cambiarla- tendrían que ocurrir una de estas dos cosas: o que la indisciplina de voto fuera la norma -o, mejor dicho, la normalidad- y fuesen por tanto los discursos, y no los partidos, los que decidiesen, siempre de manera inesperada, las posiciones de los diputados; o que alguien se atreviera desde la tribuna a declararse malo y corrupto, a reivindicar con orgullo la injusticia y la esclavitud y a hablar en nombre del Ku-Klux-Klan, la mafia rusa o los bancos.

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Probablemente ningún país en ningún otro mundo posible soportaría un sistema político basado en un “parlamentarismo puro”. Pero conviene no olvidar este horizonte místico si no queremos ni sobrevalorar ni despreciar lo que tenemos. Y lo que tenemos es un Parlamento en el que se habla; en el que sólo se habla. Es un lugar vinculado por hilos invisibles al exterior, pero lingüísticamente puro, completamente lleno y completamente vacío, paralelo, como la nave espacial abandonada en la órbita terrestre, a toda exterioridad determinante. Es el lugar, por así decirlo, de la nuda oratoria, cuyas reglas determinan que la variedad -y su mayor o menor relación con la “verdad”- tenga que ver menos con la realidad que contienen que con el cuerpo que las soporta. En términos formales -y esta es la segunda consecuencia- ocurre, por tanto, que importa muy poco si los datos que se enuncian, estadísticas en mano, son ciertos o no, o reflejan nuestra experiencia, porque la realidad está excluida por anticipado del hemiciclo; y ocurre también que, por eso mismo, cualquier verdad exterior que se enuncia desde la tribuna chirría o detona con estrépito, como el famoso disparo de Stendhal en un concierto. Ese fue el caso, por ejemplo, de la polémica referencia de Pablo Iglesias a la “cal viva”; sonó tan cacofónica -tan real- como si hubiese declarado en voz alta que era un agente del mal y quería arrancarles a los niños españoles las chucherías de la boca.

El problema es que sonó realmente mal. ¿Qué quiero decir? Que en ese Parlamento donde sólo se habla ocurren cosas. Ocurren, si se quiere, discursos públicos. Esos discursos públicos no van a convencer a los diputados de que cambien su posición ni se van a apartar del marco general del sentido común democrático, pero no se pueden desdeñar como condensaciones de mayor o menor poder: el poder, entre otras cosas, para hacerse oír. La paradoja, en efecto, es que estos artilugios oratorios son tanto más limitados, y tanto más normalizados, cuanto más poder tiene el que los enuncia y aún más si ese poder choca con el poder establecido; el vínculo invisible con el exterior (partido, votos, “representación” del sentido común general) determina que la frase de Iglesias sobre la cal viva no suene igual, o suene mucho más, que si la pronuncia Joan Tardá. Por eso, en el Parlamento español, Pablo Iglesias es mucho menos libre que Tardá, aunque su menor libertad indica precisamente un mayor poder a la hora de hacerse oír y de incidir en el marco del sentido común general.

En todo caso, aceptar que el Parlamento es un lugar de nuda oratoria extraterrestre en el que ocurren discursos públicos obliga a aceptar asimismo, si se quiere utilizar esa plataforma (como se utilizan, por ejemplo, los platós de televisión), estos dos presupuestos: uno, que los discursos parlamentarios, desvinculados de la realidad, están vinculados al cuerpo que los enuncia; y dos, que los discursos parlamentarios, que no se miden con la realidad, se miden, en cambio, con otros discursos. Importa, por tanto, quién pronuncia las palabras, mucho más que su contenido; no da igual quién se sube a la tribuna ni tampoco ese conjunto de rasgos -verbales, gestuales e intelectuales- que llamamos “personalidad”. Como importa también el hecho de que -una vez identificadas desde el exterior las afiliaciones políticas de los tribunos- no hable un solo orador y no se escuche un solo discurso. Pluralidad retórica: esto es el parlamentarismo realmente existente y, si queremos (pues debemos) intervenir ahí, es necesario resignarse al hecho de que el parlamentarismo, incluso en su mejor versión, nada tiene que ver con el asambleísmo, de cuyos límites podría hablarse también largamente, y añadir enseguida que su poder político-discursivo, en todo caso, no es baladí.

Aligeremos ahora el tono. En la sesión de investidura de ayer Hernando, el portavoz del PSOE, hizo un discurso fabuloso, en todos los sentidos del término. El que diga que estuvo mal, torpe o ceniciento, miente. Lo bonito y terrible del lenguaje es que permite decir cualquier cosa y resultar más consistente, diga lo que diga, que las estadísticas o la propia experiencia cotidiana. Enfrentado al papel más ingrato de su vida, Hernando hizo lo único que podía hacer: una pieza oratoria perfecta, redonda, cerrada sobre sí misma como un mejillón. Señaló un enemigo externo, culpable de todos los males, reivindicó la superior coherencia de ser incoherente y la superior moralidad de la traición, elogió y reclamó admiración para las dimensiones sacrificiales de su felonía, demostró sin resquicio de error que, contra la pared de las dos únicas alternativas existentes, el PSOE había escogido la mejor para España, de manera altruista y hasta autodestructiva (lo que, visto el destrozo infligido al partido, resultaba verosímil), y probó de manera apodíctica que la única manera de ser oposición al PP era facilitar su gobierno (¡y todo ello sin mencionar una vez la corrupción!). Fue una joya del género. No hubo en su discurso ni una pizca de realidad que chirriase o detonase -o sonase mal-; en la estación espacial había cortado toda conexión con la tierra, incluso por radio. En una dictadura -eso define una dictadura- nadie habría medido el discurso de Hernando con la realidad, porque esas son las ventajas de la buena oratoria, y al mismo tiempo, como no habría habido más discursos, su pieza oratoria habría sustituido a la propia realidad. Por un momento, de hecho, todos habitamos, fascinados, una realidad paralela hecha de ladrillos de aire coloreado.

Lo malo -lo bueno- es que fuera de la sala había periodistas y, dentro de la sala, no habló solo él. Pablo Iglesias, que en sus grandes días es un grandísimo orador, estuvo algo menos perfecto que Hernando y, por eso mismo, un poco más sonoro y bastante más convincente. Ahí se acabó la alucinación. Introdujo en su discurso la realidad justa para sonar sin detonar -pero hace falta “sonar” muy poco en esa sala para activar los insultos e improperios de los “moderados” y el desacato antidemocrático de la presidenta- y con un nivel de oratoria extraterrestre lo bastante alto como para que sus invocaciones a España, la democracia y el bien de la patria, marco del sentido común, resultasen a un tiempo creíbles y desplazados hacia otro mundo posible. Frente a su magnífica intervención, Hernando, perfecto, quedó perfectamente fuera de lugar, desamarrado también de la irrealidad: fuera de ese lugar, el de la oposición, que desde ayer ocupa sin lugar a dudas Unidos Podemos.

Pero lo malo -lo malo- es que, después de Pablo Iglesias, habló Rajoy, un genio parlamentario que, intencionadamente soporífero en los programas de gobierno, se crece en las réplicas, donde deja de ser una roca para ser un murciélago: se echa a volar y evita los obstáculos como si tuviera un radar en las orejas. Creo que hemos menospreciado mucho la capacidad oratoria de este hombre. Me duele decirlo, pero en estos cara a cara entre Iglesias y él -lo mejor de las sesiones parlamentarias- vence siempre Rajoy. ¿Por qué? Deberíamos reflexionar al respecto, pero Rajoy, cuyas políticas es imposible no condenar, es un hombre -una “personalidad”- al que es difícil no apreciar. Me da la impresión de que el propio Iglesias sucumbe a su encanto arenoso (y Rajoy, al revés, al encanto vallecano de Iglesias). Alguien ha escrito que se muestra “condescendiente”. No me lo parece: se comporta como un abuelito experimentado, cachazudo y paciente, sabio y modesto, que regaña a sus nietos un poco descarriados, a los que fulmina cariñoso, pero solemne, con una repentina, trabajada, inesperada socarronería campesina. Curiosamente es ahí donde Pablo Iglesias pierde; Iglesias se crece cuando se pone serio y habla con rotunda serenidad, Rajoy cuando dirige a sus rivales los dardos de su ingenio. La ironía de Pablo Iglesias es para iniciados; la de Rajoy para todos los públicos: sus bromas sobre Twitter, su “fíjese en mí” y la “paradoja de la representación”, tan tramposa, dan buena muestra de su tranquila potencia hilarante. Rajoy, sí, es el más terrestre de nuestros diputados y hoy por hoy -me temo- se parece al español medio un poco más que Pablo Iglesias y los diputados de nuestra bancada podemita. Iglesias desplazó con elocuencia el marco del sentido común hacia otro mundo posible y Rajoy lo devolvió a su sitio, un instante después, con su impasible sorna decimonónica. Si tenemos que disputar la hegemonía también en el Parlamento (y tenemos que hacerlo), ese lugar de nuda oratoria donde los discursos se miden con discursos (y no con la realidad), conviene que empecemos a pensar -ahora que Unidos Podemos es la única oposición- en cómo medir nuestros discursos parlamentarios con los de Rajoy, cuya astucia se manifiesta en la facilidad con que atrae a sus oponentes al terreno más inesperado y más exigente: el del florete jocoso y el aguijón irónico. Sé que es difícil -¡es tan majo y tan bueno y tan inofensivo!- pero un buen principio sería quizás intentar no bromear con él.

Acabo. Se me ha olvidado mencionar que en el parlamento no solo se hacen discursos; se hacen también leyes. Esa leyes poco tienen que ver con los discursos, no sólo porque los discursos no se corresponden con las leyes sino porque las leyes, mejores o peores, no vienen determinadas en su contenido, aunque sí legitimadas, por los discursos y los debates parlamentarios. Ahora bien, porque se hacen allí las leyes Unidos Podemos tiene que multiplicarse y estar en muchos sitios a la vez -como hace el capitalismo- a fin de alcanzar finalmente, más temprano que tarde, el verdadero poder parlamentario: el de cambiarlas. ¿Para qué cambiar las leyes? Para -diría Wallerstein- “minimizar los daños” de las políticas neoliberales, “frenar a la ultraderecha” que avanza inexorable en nuestro continente y “construir una organización de abajo arriba” de las fuerzas de cambio. No se me ocurre un programa más radical a corto, medio y largo plazo. Eso implica forjar cada vez mejores piezas “oratorias”, ajustadas a los espacios y los interlocutores; implica construir alternativas legales y materiales allí donde se gobierna o se tiene presencia institucional; e implica sumarse y alimentar las movilizaciones populares sin las cuales la nave espacial puede acabar abduciendo a nuestros representantes y dejarlos al mismo tiempo huérfanos de discurso y de instrumentos de negociación. No se trata de elegir sino de multiplicarse, procurando no olvidar que en estos momentos más importante que “ganar la calle” -porque es su condición- es no perder las instituciones en las que se gobierna (los ayuntamientos del cambio). Y que para no perderlas, y perder con ellas la calle, es muy importante -lo digo pensando en lo “majo” que es Rajoy- que no se sientan despreciados -ni por las instituciones que gestionamos ni por los discursos que pronunciamos- esos millones de ciudadanos que, víctimas de las políticas del PP y ya proclives a politizar su dolor, no participan en las redes, no leen ni a Marx ni a Gramsci ni a Laclau y no van a las manifestaciones. Ese es el desprecio, no lo olvidemos, que ha abierto las puertas de los partidos de extrema derecha en Europa y de Trump en Estados Unidos.

(*) Santiago Alba Rico es filósofo y columnista.
3 Comments
  1. Alba says

    Muy buen artículo. Aunque no esté de acuerdo al 100% en todo.

    No vi a Hernándo hacer un buen discurso, fue una intervención populista. Si, eso que tanto critican en los demás.

    Me preocupa que a día de hoy la política de este país recaiga en quienes habiendo tenido mayoría suficiente para poder cambiar las cosas no lo han hecho.

    El PP y el PSOE parecen garantizar la corrupción, en lugar del bienestar de la gente.

    Posiblemente los ciudadanos que ya han vivido en democracia durante más de treinta años hayan tenido su parte de culpa, por no vigilar a los politicos y a las oligarquías lo suficiente, pero tampoco a éstas les ha interesado tener a ciudadanos informados como votantes.

    Es complicado ser un ciudadano consecuente viviendo en un país donde hablar o interesarse por la política está todavía mal visto y los efectos de la misma calificados como un mal irremediable.
    Así en el ideario de la gente «es normal» que un politico mienta, robe, no de un palo al agua, y viva eternamente de lo público. No le va a pasar nunca nada.

  2. Alba says

    Un aparte para decir:

    Rajoy es simple y llanamente perverso.
    Como norma no dice una sola verdad. Y cuando, por un casual, dice una la retuerce de tal manera que podrías hacer de ella tres o cuatro lecturas distintas.

  3. Católico anticlerical says

    Qué comentario tan inteligente y tan bien escrito.

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