Securitización

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Miguel_Sánchez_OstizEl neologismo lo emplea Zygmunt Bauman en su reciente ensayo Extraños llamando a la puerta, en el que analiza la imparable estampida migratoria y sus repercusiones en un mundo, el nuestro, que se resiste a admitirla como tal, pero que emplea contra ella toda la violencia de Estado de la que es capaz. Respuestas policiales a fenómenos naturales: ni es la primera vez en la historia que se produce esa estampida ni va a ser la última. No es una crisis, es un sustancial cambio cultural y político a muy corto plazo. Los migrantes y refugiados vienen para quedarse, y eso no es nuevo, por mucho que la propaganda oficial los muestre, ahora precisamente, como un peligro para nuestra seguridad, al tiempo que silencia los aspectos económicos de la misma, beneficiosos para los especuladores porque significan mano de obra barata y precarización generalizada.

Según Bauman, los gobernantes alientan "una sensación generalizada de inseguridad existencial" para, a cambio, ofrecer soluciones fuertes, tanto en el aspecto policial como en el jurídico, incurriendo en actos que sin duda serían rechazados en otras circunstancias no intoxicadas por el miedo. La crisis migratoria solo es un pretexto, un miedo azuzado que utilizan para afianzarse en el poder y recoger ese voto, dice Bauman. Migración, extranjeros a la deriva y fieles de otras religiones encima, y terrorismo, juntos o por separado, son el blanco predilecto y el más fácil, por la nula capacidad de respuesta real de aquellos que son criminalizados a priori. Lo que viene luego no es de incumbencia del gobernante que utiliza la escritura de la historia para imponer esta.

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Las organizaciones humanitarias alertan del número de las personas que han logrado cruzar el Mediterráneo y las fronteras del Este, y de los fallecidos en el intento. Lo que sucede en las fronteras griegas, turcas, húngaras es motivo de reportajes de impacto que acaban saturando la audiencia y resultan irrelevantes. Sobre las causas de esa migración masiva, más silencio que publicidad veraz, y sobre todo tergiversación, ocultar quién y cómo ha provocado esas guerras, hambrunas y matanzas, y las ha sostenido de cerca o de lejos. Hay espanto, cierto, y hay tráfico de armas descontrolado en el que, entre otros, se apunta a España como uno de los proveedores más cualificados a origen. Silencio, el PIB crece que es lo que cuenta.

Señala Bauman la manera en que los receptores de información se han desentendido de los orígenes y motivos concretos de esa estampida. Con decir "¡Qué horror!" basta para acallar las conciencias, si las tienen, asunto este ya desarrollado en La ceguera moral (2015).

Se trata de sembrar inseguridad en todos los órdenes para recoger miedo; inseguridad social y vital para todos los que no sean "los ricos", esa raza que permanecía agazapada y difuminada en una época de bienestar relativo, pero que ha recuperado su proscenio en esta otra de desastre generalizado para una parte mayoritaria de la población que se ve acosada por el paro, la pobreza, la precariedad, el recorte o la anulación de servicios sociales... Quien tiene un trabajo teme perderlo y no encontrar uno nuevo, pero eso no es de ahora mismo ni tiene relación con los migrantes. Eso sí, el trabajador cualificado teme que el inmigrante haga lo mismo que él por menos dinero y aun siendo víctima del sistema, vota por quien le señala un culpable fácil. Los ejemplos sobran. Hablar de podre es poco.

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Cubierta de la obra de Zygmunt Bauman.

En España, ese miedo migratorio que señala repetidamente Bauman y sustenta su ensayo, si no está reducido a la mínima expresión, al menos lo parece, como tantos otros asuntos. Es algo lejano (del cercano cuanto menos se hable mejor) y sobre todo invisible, por muchos esfuerzos que pongan las ONG en dar cifras que deberían ser turbadoras y no lo son más que de manera teórica. Aquí los conflictos morales que pueda provocar esa crisis migratoria se ven aplacados en la medida en que nuestros gobernantes prometen y alardean ocuparse de manera activa del problema y de participar en solución, dando un baño humanitario a sus discursos, algo que tranquiliza mucho al publico y le exime de pensar si luego incumplen sus promesas, y no hacen nada. Practicar lo contrario de lo que se predica es una constante nacional que viene de muy lejos: el cronista Guamán Poma de Ayala lo señala en su crónica americana de 1615, por ejemplo. Para aplacar esos miedos están las devoluciones en caliente, las deportaciones, el acoso racista y los CIES, espacios sustraídos al control público independiente: cargos electos, periodistas, juristas... Entre lo que se hace a través de jueces especiales y lo que se llega a saber, es tal la diferencia que obliga a pensar que alguien miente de manera grave, por mucho que cuente con apoyos sociales. Y eso inquieta poco o no inquieta nada. Lo que cuenta es nuestra seguridad, mayor en quien más tiene, mucho menor en quien se ha ido viendo desposeído. A los dos se les puede vender seguridad en forma de mano dura y de propaganda, señalando enemigos y culpables para todas las contingencias sociales, diciéndoles lo que quieren oír y solo eso, con un discurso oficial urdido por políticos y comunicadores "en su pugna por controlar los estados de ánimos y las maneras de pensar".

Ni encontrar soluciones inmediatas a la estampida migratoria es fácil, ni lo es oponerse a una intoxicación informativa que justifica las medidas de fuerza. La desazón acompaña a la lectura de las últimas páginas de Extraños llamando a la puerta cuando Bauman apunta, no ya al todos contra todos, sino a la conversación, al diálogo... ¿Diálogo? ¿Entre quiénes? ¿Entre quien expande miedos y odios para imponer ese estado de securitización y quien, migrante o no, lo padece? ¿Qué diálogo es posible entre quien preconiza el yo hablo, tú callas y luego aplaudes dentro de un sistema legal en extremo represivo? ¿Cuál entre quien ostenta la fuerza y su ley y aquel que está desprovisto de todos los derechos, deshumanizado?

(*) Miguel Sánchez-Ostiz es escritor y autor del blog Vivir de buena gana

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