Funerales y cencerradas

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Miguel_Sánchez_OstizMuertos a los altares y muertos al muladar, por lo menos de papel. Mis muertos y tus muertos, o mis vivos y los tuyos, aunque esto menos, porque los tuyos para mí es como si estuvieran muertos... y la madeja de los desprecios y los enconos se enreda sin remedio. Los muertos y sus ecos son una cita a fecha fija. Elogios, denuestos, pompas, mentiras, catafalcos, descabellos, sobre todo descabellos. Extrañas honras fúnebres las nuestras, porque son de bando y de partido y sólo eso. Hemos tenido ocasión de comprobarlo estos últimos días: Barberá, Marcos Ana, Fidel Castro... fervor, ferocidad, furia, mala fe, ¿indiferencia? Lo dudo.

Aquí está visto que los minutos de silencio son descargas cerradas de fusilería... y pobre del que no participe de las honras fúnebres por mí organizadas. A Marcos Ana lo despiden los suyos, que son muchos, con unas honras multitudinarias, pero la extrema derecha lo tacha de asesino y apoya su acusación en procesos militares que deberían estar anulados hace tiempo: los juicios sumarísimos carecían de las mínimas garantías procesales. Lo saben todos los que los padecieron y pudieron dejar su testimonio: Ángel María de Lera, por ejemplo. Se trata de creer, como si de artículos de fe se tratara, en lo que nos conviene y sólo en eso y, sobre todo, de no poner nunca en duda la versión oficial, por lo que pueda pasar.

Ha habido fervor partidista, poca pietas cívica y ha habido muestras de odio, por muy disfrazadas de desprecio que se quiera. El desprecio, el lapo, es una forma de violencia y ésta, expresión cuando menos del encono. Mis dictadores y los tuyos, mis corruptos y los tuyos, lo que vale para mí no vale para ti, lo mío es la verdad revelada, lo tuyo la infamia. Condenar el castrismo sí, el franquismo no, el populismo es el demonio, antesala del fascismo o del bolchevismo, el neoliberalismo de las corporaciones un correcalles de angelitos. Los ejemplos sobran y aburren. Es como para pensar que no hay nada que de verdad nos una de manera unánime, ni vivos, ni muertos y la historia menos, porque al menos la nuestra es un polvorín, del neolítico para abajo.

Si algo ha quedado patente estas últimas semanas de cencerradas y funerales nacionales, es la presencia del odio, que siempre es cosa del otro, por eso tiene tan mala prensa, aunque vaya y venga de un lado para otro como un mal viento. Bastaba asomarse al chirrión de las redes sociales para ver la amplitud y la intensidad de esa violencia.

Hay que hablar del odio ajeno, no del propio ni del de los nuestros y reprobarlo, pero nunca de sus causas, porque eso compromete e igual encontramos que el origen de los agravios en que puede fundarse es comprometido y éstos legítimos. Es preferible pensar que el odio se produce por generación espontanea, por mala fe, por metafísica. Hay que hablar de lo que el público pueda aplaudir y digerir con más facilidad. Si para eso hay que manipular el relato, se manipula. Porque no cuenta tanto la verdad o la exposición fría de los hechos (¡qué gollería!), sino lo que podemos conseguir con el relato: un triunfo político, afianzar la tribu y el bando, profundizar y ensanchar la trinchera, ir de mano, sobre todo esto. Aquí lo que cuenta es ser el amo del cotarro y obligar al enemigo a ir a morir al palo. Las expresiones populares son demasiado ilustrativas: crueldad.

No hay opinión que no sea una toma de partido y la crónica de apariencia rigurosa del presente y del pasado, a poco que se la examine de cerca, esconde la trampa tanto por falsedad manifiesta como por omisión interesada de datos circunstanciales; pero eso sí, siempre al servicio de alguien o de algo, en busca del premio. Nos puede la faena, el aplauso del tendido, aunque termine y sobre todo si termina, en descabello popular, como el cuadro de Gutiérrez-Solana.

Una cosa es asomarse a lo que sucede desde la cátedra y otra desde la intemperie. En un lugar está la opinión docta, ecuánime, lúcida y en el otro la demagogia y sus parientes, ¿no? Poco importa, cada cual en su casa.

Vivimos en un país que cultiva la vida al sol, la fiesta y las florecillas de San Francisco, al que le priva la convivencia pacífica –basada tal vez en lo que señalaba Dionisio Ridruejo en 1961: en que nos tenemos miedo–, un país que no depuró su policía franquista ni sus mañas y costumbres, ni su magistratura, ni mucho menos su Ejército, que hoy día es una colosal bolsa de corrupción, denunciada e impune y que traga con falsa elegancia los abusos de autoridad por mor de una concordia que no es otra cosa que impotencia no admitida y sometimiento; un país muy favorable a ese diálogo que consiste en que yo hablo, tú escuchas, en silencio y, al final, asientes o aplaudes... o si no llamo a los antidisturbios. Y ahora ya es tarde. Enseguida se hizo tarde. La Transición queda lejos y la reforma de la Constitución, pareja a un cambio social y político real, me temo que también. Entre tanto, muerto sobre muerto, memoria sobre memoria, verdades como postas, a seguir cavando con entusiasmo la red de trincheras mientras se dice que son huertos ecológicos para las florecillas ya citadas; o mejor: «Yo cultivo el horaciano huerto de quietud, mientras que tú cavas la trinchera». Todos en La Flecha de Fray Luis, nadie en el pozo negro, aunque apeste. No me hago ilusiones, Caín anda suelto y todos, para variar, somos Abel y nos puede el amor fraterno, nos puede. En el próximo funeral nos veremos de nuevo.

(*) Miguel Sánchez-Ostiz es escritor y autor del blog Vivir de buena gana.

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