Me podría haber pasado a mí

Nadia y su padre. / Facebook
Nadia y su padre. / Asociación Nadia Nerea para la Tricotiodistrofia y E.R. (Facebook)

El reportaje de Pedro Simón en El Mundo sobre Nadia, una niña con una enfermedad rara, ha montado un pequeño gran revuelo en el mundo del periodismo. En primer lugar porque parte de la información del mismo era falsa, exagerada y no había sido debidamente contrastada. Se la colaron al redactor de El Mundo y a un puñado de diarios y televisiones más. Y en segundo, porque un medio (El País) se ha atribuido el descubrimiento del engaño ignorando a quienes realmente levantaron la liebre (Malaprensa).

Dos faltas graves. La segunda es un nuevo ejemplo de la habitual miseria profesional, según la cual los medios grandes desprecian a los pequeños: Malaprensa destapó “los cabos sueltos” y descubrió la “exageración, novelización y dramatización” del reportaje de El Mundo en un post publicado el 27 de noviembre. El País lo hizo cinco días después, el 2 de diciembre, como exclusiva propia, ampliando la información pero sin citar a Malaprensa. Algo habitual, insisto, en la mayoría de medios.

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Aún más importante y preocupante resultan los fallos del periodista a la hora de escribir la noticia. Y de los sistemas de control del periódico a la hora de publicar una información. El propio Pedro Simón reconocía su parte de culpa en un texto publicado posteriormente, en el que asegura que “cometió varios errores importantes”. “Algo impropio de alguien que lleva ejerciendo la profesión 25 años”, sentenció.

Me podría haber pasado a mí. No digo esto por un absurdo código de sangre corporativo, ni siquiera por el cariño con que recuerdo a Pedro Simón, un tipo entrañable y un excelente periodista. Digo esto porque he trabajado en grandes medios de comunicación, he vivido su deterioro y sé cómo funcionan en la actualidad. Conozco sus prisas, sus carencias y exigencias, sus necesidades y sus debilidades. Sus miserias. Y digo que me podría haber pasado a mí porque casi todos hemos bajado en alguna ocasión la guardia. Recuerdo que una vez me encargaron un perfil-entrevista a un político y cuando mi jefe lo leyó dejó muy claras las cosas: “está bien, pero entiende que queremos otra cosa. Todo el mundo tiene un lado oscuro, ya sabes”. Nunca debí retocar ese texto.

Dicho esto, nada puede justificar a un periodista que incumple la primera regla de la profesión: contrastar la información. Un error así es única y exclusivamente culpa del periodista. El resultado es desastroso y poco importa si la intención era buena o no. Se publica el resultado, no la intención. Ha sido así desde el comienzo de los tiempos. De unos tiempos tan sucios o más que estos: conozco periodistas que se han inventado entrevistas, que han mandado crónicas de la guerra de Irak escritas desde su casa en Madrid (con la complicidad del director), que han enviado crónicas demoledoras de conciertos a los que no habían asistido. Nunca les pillaron.

Pero los tiempos han cambiado. En el actual mundo digital ha aumentado el número de vigilantes, y es más difícil que el mal periodismo pase desapercibido. Siempre hay un lector espabilado o una Malaprensa con la antena puesta, afortunadamente, para recoger el pulso tembloroso de unos medios que, lejos de buscar la excelencia, ya sólo tratan de sobrevivir. Gracias. Y perdón.