Los que no Podemos

Santiago Alba Rico *

Allí donde hay una batalla hay una posibilidad de victoria, salvo que la batalla misma sea ya la expresión y la consumación de la derrota. Un amigo nostálgico de la orgásmica “remontada” de hace un año me escribía con amargura que se había preparado para luchar contra los más feroces enemigos –contra el Ibex 35 y contra la Banca Europea, contra gigantes y hasta contra molinos– pero nunca contra “los nuestros”. Que no se había preparado, sobre todo, para convertirse en un enemigo de “los nuestros”. La batalla misma ha derrotado a Podemos y, cualquiera que sea el desenlace, ha dejado ya escapar la posibilidad de asociar la ilusión al cambio. Podemos ya no es “el partido de la gente”. Es un partido, como todos, de desilusionados y realistas; es decir, de militantes y calculadores. En una órbita paralela la “gente” abandonada vuelve hoy a sus “trabajos” -en sentido hesíodico- resignada al PP y un poco abochornada de la inmadurez decrépita de “los nuestros”.

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En todo caso, una vez en la brega, habrá que dar la batalla hasta el final. Toda batalla es una guarrada en la que la argucia y el golpe bajo sustituyen al debate y la voluntad de consenso. Digamos la verdad: de eso no queda ya nada en Podemos. Todas las partes se defienden de las agresiones “originarias” de la parte contraria y si cada una de ellas trata de acumular poder no es por ambición o por corrupción sino para destruir mejor al rival. En una lógica de facciones el poder es un medio, no un fin, y el fin es el aniquilamiento de la facción enemiga. Hay algo honrado, puro, desinteresado en una guerra de facciones: todo el mundo se resigna a acumular cargos -y capacidad de decisión- con tal de poder hacer daño. Por eso la derecha siempre gana. Como es deshonesta, impura e interesada llega a acuerdos para repartirse el poder en lugar de utilizar el poder para impedir todo acuerdo.

Un ejemplo acendrado de esta “pureza destructiva faccional” son los últimos artículos de mi amigo Manolo Monereo. Prometo respetarle y quererle siempre, por su talento y su enorme corazón; pero prometo decirle también la verdad cuando crea que se engaña o trata de engañarnos. ¿Qué hace Monereo? Por un lado divide Podemos en dos bandos a partir de las “intenciones” que él mismo decide y distribuye a un lado y otro de la línea: están los que quieren la ruptura y los que quieren la restauración, los que quieren acabar con el régimen y los que quieren sustituir o acercarse al PSOE, los que quieren un partido transformador y los que quieren otro partido del régimen. Pablo Iglesias -haga lo que haga- representa la primera posición; Íñigo Errejón -no importa lo que diga- la segunda. Por otro lado, Monereo define esos dos bandos por la relación “objetiva” que cada uno de ellos mantiene con los medios de comunicación y el Ibex 35. Su argumentación es inapelable. El enemigo oligarca es muy poderoso -que lo es- y los medios son los instrumentos de zapa -que lo son- con los que se pretende destruir a Pablo Iglesias. Íñigo Errejón y los que él (Monereo) ha decidido que lo acompañan en esta maniobra disienten de Pablo Iglesias, ergo son cómplices de los medios de comunicación y del Ibex 35. En resumen: por un lado -digan lo que digan, hagan lo que hagan- “quieren” la restauración; por otro -digan lo que digan, hagan lo que hagan- son aliados “objetivos” del enemigo que quiere destruir al líder, nuez y quintaesencia del conjunto de Podemos. Dicho de de otro modo: Errejón y los “errejonistas” son enemigos del secretario general o, lo que es lo mismo, enemigos del cambio y la ruptura o, lo que es lo mismo, enemigos de Podemos o, lo que es lo mismo, enemigos del pueblo. Sólo le ha faltado añadir que están a favor de la OTAN, el ISIS y la ocupación de Irak (y el ébola y los tsunamis). Resulta triste y doloroso aceptar que una persona con la experiencia y coraje de Monereo, tan fino en sus análisis de coyuntura, cuya influencia podía haber sido tan decisiva en estos momentos, esté poniendo su autoridad al servicio de esta obra de criminalización destinada a construir y suprimir un “enemigo interno”. No podemos enfadarnos con él: lo hace de la manera más pura y desinteresada y, por lo tanto, sin posibilidad de acuerdo ni consenso. Está defendiendo de manera tan honesta y convencida el proyecto que con un gramo más de honestidad y de convencimiento lo puede echar abajo para siempre o, al menos, dejarlo partido por la mitad.

¿Se puede salvar la ilusión? No. ¿Se puede salvar el partido? Sólo de una de estas dos maneras. La primera, que sería la mejor, ya es casi imposible. En lugar de intercambiarse cartitas de amor; en lugar de entonar obscenas palinodias públicas para tranquilizar a nuestra abuelita Teresa; en lugar de fingir debates sin sustancia mientras se afilan hashtags en las redes y se destituye a cargos al día siguiente de reivindicar la pluralidad en la unidad; Pablo Iglesias tendría que haberse encerrado con Íñigo Errejón en una habitación tras tirar la llave al mar y no haber salido hasta haber llegado a un acuerdo -y hasta la fumata blanca haber guardado todos un maduro silencio en los medios y en las redes. Cada uno de nosotros tendrá su propia versión de por qué no ha ocurrido esto. Que no haya ocurrido -y que previsiblemente no vaya a ocurrir- forma parte de la lógica de facciones que domina de arriba abajo la interna podemita y, por lo tanto, del fracaso estrepitoso del proyecto original. Los artículos de Monereo -de otros, más pequeños, menos listos y menos honrados, no hablo- dan toda la medida de la tragedia architrillada -archi-izquierdista- que se está viviendo.

La segunda posibilidad tampoco es probable. Todos dicen -dice Monereo- “ser de Pablo Iglesias”, pero en realidad no lo son. Él sí. En esto tiene razón. Muchos que dicen serlo en realidad lo dicen sólo por disciplina, resignación o pragmatismo. Él lo es por convencimiento y contra viento y marea. Por mi parte confesaré que ya no lo soy. No es que no sea “pablista”, que es un alineamiento faccional; es que Pablo Iglesias no me parece un buen secretario general. Con su enorme inteligencia, su enorme talento oratorio y su enorme carisma, podría haber sido presidente del gobierno y, desde luego, haber dirigido un partido fresco, rupturista y democrático. Nunca será ya lo primero y ya no hará tampoco lo segundo. Su inteligencia, su talento y su carisma, demasiado grandes para su carácter, se lo han impedido. Sé hasta qué punto ha sacrificado su vida personal, cuántas virtudes privadas atesora y cuánto agradecimiento merece por su perspicacia y coraje iniciales. Sólo él podía poner en marcha Podemos en un año, pero es él quien puede destruirlo en la mitad de ese tiempo. Lo admiro por lo que hizo; pero me gustaría evitar lo que va a hacer. ¿La segunda posibilidad? Que cualquiera -incluso el Pato Donald- sea tras Vistalegre II nuestro secretario general y Pablo Iglesias, portavoz inspirado, ponga su verbo y su genio, junto al de muchas otras, a las órdenes de un partido en el que se ventilen las diferencias estratégicas -que las hay- en marcos transparentes y democráticos y siempre a partir del presupuesto de que todos compartimos las “intenciones” y de que ninguna “objetividad” nos convierte en enemigos de “los nuestros”. Vistalegre II no nos devolverá la virginidad; me conformaría con que nos devolviera la sensatez.

(*) Santiago Alba Rico es filósofo y columnista.