La batalla por la Filosofía (y II)

Carlos Fernández Liria *

Carlos_Fernández_LiriaDiscutíamos en nuestro artículo de ayer la idea por desgracia demasiado habitual (y sugerida por el Decano de Filosofía de la UNED, Jesús Zamora Bonilla, en un artículo reciente) de que la historia de la filosofía no ha sido precisamente amiga de la democracia, manteniendo que si, en efecto, así es, es porque el proyecto político que pone en marcha la Filosofía hay que ligarlo a la idea de una democracia bajo el imperio de la ley, es decir, con lo que solemos llamar hoy en día “estado de derecho”. Las tres famosas luces del mundo inteligible platónico, verdad, justicia y belleza, son el correlato exacto de nuestro referente constitucional más genuino: igualdad, libertad, fraternidad.

Por eso, suprimir la Historia de la Filosofía del currículum de bachillerato es tanto como dejar a oscuras nuestro proyecto político más irrenunciable, apagar las luces de la verdad, la justicia y la belleza, que son los únicas luces que pueden guiar la dignidad ciudadana de nuestros alumnos. En esto que podríamos llamar un desastre civilizatorio se puede desembocar por distintos procedimientos complementarios y la situación actual los ha ensayado todos a la vez. El primero de ellos es suprimir sencillamente la asignatura del bachillerato, dejándola, como ocurre ahora, como una optativa marginal y secundaria, como si los fundamentos de nuestro orden constitucional y nuestro proyecto político más genuino fueran algo ornamental y periférico al que la enseñanza secundaria no tendría por qué prestar atención.

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Otra manera de desembocar en el desastre es la de sustituir la enseñanza de la Historia de la Filosofía por un sin fin de asignaturas para “formar en valores”, “educar personalidades”, fomentar --como suele repetirse ad nauseam-- el “espíritu crítico”, etcétera, palabras muy bien intencionadas, pero que hacen creer que el mundo de la Filosofía pudiera ser reducido a una inmensa tertulia asistida por manuales de autoayuda y entrenadores vitales. La Filosofía no es eso. Platón, Aristóteles, Kant o Hegel no son un sustituto del prozac. Representan la herencia de algo que ya dijo Sócrates ante el tribunal que le condenó: “En la vida hay algo que es tan importante, que es más importante que la vida misma, porque es algo, sin lo cual, la vida no merece ser vivida”. Ese algo, se llama, en la historia de la filosofía, dignidad. Los seres humanos no se empeñan en vivir a cualquier precio y de cualquier manera, porque saben muy bien que hay algo más importante que la vida: aquello por lo que merece la pena vivir la vida. Los seres humanos no quieren solo vivir, quieren llevar una vida digna. Y la historia de la Filosofía, la de los griegos, los romanos o los cristianos, es la mejor demostración de que para llevar una vida digna hay que comprometerse con un modelo político irrenunciable, al que a veces llamamos “estado de derecho”, o también “orden constitucional” o vida “ciudadana”.

Si nuestro currículum de bachillerato desprecia esta brújula de nuestro ordenamiento político no podremos extrañarnos después de que los alumnos desprecien también el ordenamiento político constitucional. Como muy bien recordó el diputado Eduardo Fernández Rubiño en la Asamblea de Madrid, en las primeras líneas de nuestro Constitución se dice algo que explica muy bien por qué la Historia de la Filosofía debe ser tratada con el mayor respeto y admiración: “Todos los artículos contenidos en esta Constitución deben ser interpretados en referencia a la Declaración de los Derechos Humanos”. Esta declaración, dictada en la ONU en 1948, es herencia de aquellas revoluciones, la americana y la francesa, que fueron, en cierta forma, como dijo en su momento Hegel de forma taxativa, “obras de la filosofía”. Hay muchos motivos para reconocer que en esos inmensos acontecimientos históricos confluyeron muchas otras fuerzas materiales, algunas de las cuales salieron triunfantes por desgracia, acabando, de paso, con la posibilidad de una revolución ilustrada de la humanidad.  Pero el sentido de lo que se pretendía es y sigue siendo patrimonio de la Filosofía. Lo que no cabe duda es de que sin la Historia de la Filosofía perdemos el tesoro de todas las reflexiones que permiten entender por qué determinadas sociedades decidieron un día no conformarse con poner el derecho en estado de sociedad, sino que se empeñaron en la tarea insólita, increíble y enigmática de poner a la sociedad en "estado de derecho". Sin la verdad, la justicia y la belleza, podemos, sin duda, tener sociedad, pero no un ordenamiento constitucional que confiera dignidad a la sociedad. Por eso no nos conformamos con tener sociedad, sino que la queremos en “estado de derecho”. Desde la izquierda, y desde la derecha también, aunque por ello haya resultado tan inexplicable el voto del 22 de diciembre, al que aludíamos en la primera parte de este artículo.

Desde luego, la Filosofía no es una droga infalible y garantizada para formar a la ciudadanía. Pero produce estupor escuchar a Zamora Bonilla burlarse tan alegremente de la idea de que su conocimiento (que el confunde, además, con el de las Humanidades) “contribuye a nuestra realización como personas”. Es muy chocante escuchar -y más en un decano de Filosofía- que, para las personas no tiene importancia recordar o no, estudiar o no estudiar,  aquellas condiciones políticas que conforman su ciudadanía. Ninguno nos hacemos ilusiones pensando que bastará leer a Platón, Montesquieu, Kant, Hegel o Marx para asumir más conscientemente la condición de ciudadanos, pero hace falta haber avanzado mucho en la senda del nihilismo para pensar que la cosa, más o menos, da igual. Zamora Bonilla dice que no ha conocido a mucha gente condenada a una miserable existencia alienada por no haber leído a Kant. Yo tampoco. Pero es que la cosa hay que plantearla al revés. Mis colegas y yo, al menos,  sí tenemos todos los años a muchos alumnos sorprendentes que estoy seguro de que no cambiarían por nada el hecho de haber tenido la ocasión de estudiar a Platón, a Kant o a Hegel. A lo mejor resulta increíble, pero así es.

No puedo extenderme más ahora sobre el dislate que supone englobar las asignaturas en el área de Humanidades. Lo que nos estamos jugando con la Filosofía es algo que concierne a la condición misma de la ciudadanía, sin la cual, se pierde la posibilidad de entender el proyecto político en el que decimos estar comprometidos.

Pero no sólo eso. En cuanto a la relación de la Filosofía con las asignaturas científicas, ya me he extendido en otros artículos. También la citada intervención de Fernández Rubiño hacía referencia a ello con toda la razón. Algunos cuentan las cosas como si hubiera un Descartes filósofo y un Descartes científico. El primero, al parecer, en una especie de ataque paranoico, habría llegado a pensar que el mundo exterior no existía, aunque, menos mal, acababa por concluir que por lo menos él mismo sí existía, puesto que pensaba. Y que como reflexionaba sobre la idea de Dios, una idea que conlleva la perfección de existir, esa noche pudo acostarse tranquilo, pensando en que también existían sus zapatillas y su gorro de dormir. Preocupaciones de filósofos. Mientras tanto, el científico Descartes revolucionó la matemática, inventando un instrumento --las coordenadas cartesianas-- capaces de convertir las imágenes en números y la geometría en álgebra. En absoluto es así. El famoso Discurso del método de Descartes es la introducción a tres obras que nosotros consideramos “científicas” (Geometría, Óptica, Meteoros), pero que para él eran, precisamente, su Filosofía. Conviene recordar que cuando Descartes tiene que identificar un verdadero filósofo en su época, piensa, precisamente en Galileo, el padre de la física moderna: “Encuentro que filosofa mucho mejor de lo que es común, pues trata de examinar las cosas físicas mediante razonamientos matemáticos. En esto coincido enteramente con él y sostengo que no existe otro procedimiento de alcanzar la verdad”, escribe a Mersenne el 11 de octubre de 1638.

Convendría recordar estas palabras sobre lo que significa “hacer Filosofía” cuando vemos que actualmente existe tanto empeño en ligar la Filosofía con las Humanidades. Porque, para empezar, Descartes, puestos a localizar algo de Filosofía en nuestro triste currículum de bachillerato, lo identificaría en las asignaturas de matemáticas o de física. Y es muy chocante esto de comenzar a defender la filosofía llevándole la contraria a Descartes. Como planteó perfectamente Eduardo Fernández Rubiño, la ciencia, sin la filosofía, sencillamente, se entiende mal, se entiende peor. No se entiende bien lo que es integrar sin pensar un poco en Eudoxo, ni lo que es derivar sin pensar en Leibniz, que inventó el cálculo infinitesimal, ni lo que es la física sin pensar en Aristóteles o en Einstein, que también fue un gran filósofo. O lo que pretende ser la sociología sin pensar en Max Weber. Todo  esto no son “Humanidades”, ni tiene que ver con esa “cultura general” que necesitan los ejecutivos para no dejar a su empresa en ridículo en Nochebuena. Tiene que ver con recordar que la ciencia es un asunto muy serio que merece reflexión por sí mismo, independientemente de sus aplicaciones técnicas o mercantiles. La Historia de la Filosofía no tiene que servirnos para compensar con un poco de humanismo nuestra mierda de vida, y mucho menos para reforzar nuestra autoestima, estimular nuestro sentido crítico de tertuliano o educar nuestros valores y hacernos un poco más felices. Si tiene que servirnos para algo es para lo que siempre ha servido: para salvar a la humanidad de la barbarie política, científica y moral. La perspectiva de una humanidad que haya perdido el sentido de sus objetivos políticos, armada hasta los dientes con armas técnicas capaces de  destruir el planeta, incapaz de recordar que la verdad, la justicia y la belleza tienen sus propias exigencias, es la perspectiva de una humanidad que navegará sin brújula por un océano nihilista y suicida. Y que, además, sí, hará el ridículo en las cenas de negocios, algo que algunos consideran más importante (cfr. la ya citada intervención del diputado del PP).

Zamora Bonilla terminaba su artículo denunciando lo que a su entender es una “falacia que se comenta por sí sola”: “La educación no debe tener como objetivo la empleabilidad, y por eso el Estado debe crear muchísimos más empleos para los titulados en Humanidades”. Por más vueltas que le doy, no veo dónde esta la falacia. Sólo un alma podrida por el nihilismo mercantil puede entender que esta consideración se refuta por sí sola. Y me parece muy grave que gente tan impía ocupe los decanatos de las facultades de Filosofía. La educación no debe tener como objetivo la empleabilidad, es decir, el sometimiento a las necesidades imprevisibles de un mercado laboral demente y suicida regido por un capitalismo de casino. La educación debe hacernos recordar que en este mundo y en esta vida hay cosas más irrenunciables que el velar por la salud de nuestra cárcel económica. Es la única posibilidad de que haya en este mundo ciudadanos dispuestos a buscar un  sistema económico menos demencial e inhumano. Y no logro entender qué puede tener de contradictorio pedir al Estado que trabaje un poco por aquello que el mercado nos sustrae. Tanto más si se pretende, precisamente, un "estado de derecho" y no un "estado de mercado". Porque algunos (gracias entre otras cosas a Platón, Kant o Hegel) aún recordamos lo que significa la pretensión de que en lugar de tener al derecho en "estado de sociedad", tengamos a la sociedad en "estado de derecho". Las asignaturas de Filosofía no son, desde luego, una garantía de nada. Pero algunos  tenemos la esperanza de que contribuyan un poco a que no haya personas (y menos aún decanos en las universidades) que hayan olvidado cosas tan elementales como las que ya parece haber dejado tan atrás Zamora Bonilla.

(*) Carlos Fernández Liria es profesor de Filosofía en la UCM.