¿Suena Susana a ganadora?

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Sebastián Martín *

Gráfico: Porcentual. / Fuente: Egopa.

Sebas_MartinEn la carrera por las primarias socialistas, Guillermo Fernández Vara ha salido al paso para defender el liderazgo de Susana Díaz. Es “un cañón comunicando” y “suena a ganadora”, ha dicho sobre la presidenta andaluza. Las ironías de la política han querido que interviniese casi a la par que se conocían los resultados del Estudio General de la Opinión Pública de Andalucía (Egopa), los cuales no corroboran las sensaciones del mandatario extremeño.

De cumplirse los pronósticos de la encuesta, el PSOE de Susana experimentaría en unos futuros comicios un acusado descenso de casi siete puntos y, de verificarse una confluencia inteligente y abarcadora, podría hasta contar con un bloque electoral a su izquierda de peso específico considerable. Este hipotético trasvase de votos, producido según la lógica de los vasos comunicantes, solo se explica por el particular proceso de degeneración endogámica experimentado por la federación andaluza del socialismo español, del cual Susana Díaz es la más cristalina encarnación.

Se trata de un proceso inscrito desde luego en la dinámica general de los partidos en Occidente. De ella ha dado un relato sumamente útil Peter Mair en su libro póstumo Ruling the Void. Tras los partidos de notables de la época liberal, irrumpieron unos partidos de masas que inicialmente se caracterizaban por su coherencia representativa. Encarnaban los intereses y proyectos de una clase o de un sector bien definido de la sociedad. A ellos sucedieron los partidos catch-all, ya preocupados por pescar votos en todos los caladeros, prometiendo contentar demandas internamente contradictorias con la finalidad de conquistar el poder institucional. De la competición entre esta clase de formaciones surgió, ya a partir de las últimas décadas del pasado siglo, una cartelización de los principales partidos, que los hizo programática y prácticamente indistinguibles en las cuestiones de calado y vicarios muchas veces de requerimientos oligárquicos. Bajo una pugna mediática y muchas veces llena de exaltación, empezó a regir el principio del consenso general en materias de Estado entre las grandes agrupaciones.

Consecuencia de esta cartelización fue el desplazamiento de los partidos desde la sociedad civil hasta las estructuras institucionales del Estado. Se burocratizaron no ya internamente, sino por su integración en los organismos gubernamentales y parlamentarios. La lucha partidaria, por más que continuase envuelta en la retórica del interés general, se instaló en la maquinaria estatal y empezó a consistir en la colonización de instancias que garantizasen la autorreproducción del propio personal. El resultado de esta “retirada de las élites” al terreno administrativo fue una desafección popular paralela, la rotura de todo vínculo de representatividad entre una porción cada vez más numerosa de la ciudadanía y los partidos oficiales. Abierto quedaba, pues, el espacio para que surgiesen nuevos partidos dispuestos a cubrir esta necesidad de representación política que los grandes habían abandonado.

Puede afirmarse que, de manera apretada, el PSOE ha vivido en sus carnes las últimas fases de este proceso. Y en su facción andaluza lo ha hecho, además, con una evidente singularidad: las ha atravesado estando siempre al mando del gobierno y la administración. Eso ha intensificado los efectos de la integración estatal de los partidos y su desconexión respecto de la realidad social. Hay indicios que permiten constatarlo.

Prácticamente toda la joven y nueva guardia de la dirigencia socialista andaluza cuenta con una trayectoria vinculada a las tristes interioridades de la vida de aparato. A ningún caso conocido avala un historial de compromiso cívico o de militancia de mera convicción. Las experiencias que constituyen la fuente más poderosa de generación de identidad política en la izquierda, es decir, el contacto directo con la movilización social, las reivindicaciones populares o el activismo sindical, brillan por su ausencia en el currículum de los nuevos y más conocidos líderes socialistas andaluces. Si algo comparten es haber hecho de su pertenencia al partido, y de la apropiación por parte de éste de la administración, su modo fundamental de vida.

De esta complexión política se derivan efectos sumamente perniciosos, que se ven redoblados en un contexto de escasa disponibilidad presupuestaria y de pérdida de peso parlamentario. Siendo cada vez menos los puestos a distribuir, es cada vez mayor la difidencia mutua y la lealtad partidaria exigida a los agraciados. El sectarismo, la mediocridad, la conversión del partido en sindicato de intereses personales y la exasperación ante cualquier amenaza de desbancamiento comienzan a predominar. Prepondera una actitud defensiva, que reacciona con exaltación, virulencia, desprecio o burla ante las propuestas de cambio que proceden de formaciones supuestamente próximas en el espectro ideológico.

Este proceso cuenta con reflejos bastante penosos en el campo de la administración pública andaluza. Pocas veces como ahora se ha tenido presente de manera tan intensa y general la necesidad de simpatizar o de pertenecer al partido para asumir un alto cargo administrativo. La autonomía, la profesionalidad y el rigor técnico han ido cediendo el paso a la defensa descarada de la formación en el gobierno desde posiciones e instancias que deberían ser independientes. Hay numerosos ejemplos de ello, comenzando por el perfil del propio presidente del Parlamento autonómico, hasta concluir en la actual dirección del decisivo Consejo Andaluz de la Transparencia, que creímos en un inicio prometedora, porque su nuevo responsable es un jurista de primer orden. No debe extrañar que abunden los funcionarios que tengan la desagradable sensación de haber aprobado sus oposiciones para trabajar en beneficio del partido gobernante, en lugar de para los andaluces.

La desconexión con la ciudadanía de los cuadros centrales y auxiliares del socialismo andaluz llega al punto de rechazar con repulsión cualquier atisbo de movilización social que haga peligrar su estabilidad. Así ha sucedido con las recientes y concurridas manifestaciones en defensa de la sanidad pública andaluza, seriamente deteriorada por una acentuada desinversión, una desquiciada política de personal y por los recortes que no cesan. Según la dirigencia socialista andaluza, se trata de una conspiración orquestada por sujetos de intereses oscuros que buscan desacreditar a Andalucía. No hay síntoma más claro de desvinculación social, de actitud defensiva y paranoica, y también, por qué no decirlo, de autoritarismo y de mezquindad política, que cuando se ligan los propios intereses partidarios al interés de la colectividad con el fin de desacreditar la contestación social.

A este enroque irascible, difidente y sectario, característico de los tiempos de decadencia inexorable, el socialismo andaluz suma un desplazamiento conservador en el marco de la política estatal. Ante la apertura de un nuevo periodo de transición, y frente a los cambios que se avecinan, ha optado por un repliegue reaccionario en la cuestión territorial y también en la social, con clara apuesta centrista por restaurar el “gobierno de cártel” bipartidista. Su preferencia podrá dar muy buenos resultados para la continuidad gubernamental del PP en el Estado, pero asegura un alejamiento progresivo de la población progresista, mayoritaria en Andalucía.

Su actual presidenta, eficaz condensación de todos los elementos expuestos, no garantiza por eso crecimiento ni victoria. Con modos y presencia no exportables exitosamente al resto del Estado, encarna más bien los defectos que han llevado al deterioro acelerado del PSOE. Con esos mimbres y la tendencia reflejada en la encuesta, el futuro que aguarda a la Comunidad no es, por tanto, el de reconquista de cómodas mayorías absolutas, sino uno de pluripartidismo requerido de pactos en pie de igualdad. Y, desgraciadamente, es imposible que ello suceda entre el PSOE y la formación a la que éste culpará de haber perdido su predicamento y hegemonía. Mucho más probable es que el bloque de relevo proceda del entendimiento entre el PP y Ciudadanos, coalición de la que el ejemplo madrileño ya nos dice qué podemos esperar.

(*) Sebastián Martín es profesor de Historia del Derecho en la Universidad de Sevilla.
1 Comment
  1. juanjo says

    No jodas, tío.
    ………………..
    no es que andemos mucho mejor, ni que nuestros políticos profesionales sean mucho más eficaces y decentes que el Chaves, el Griñan y demás guajes del imperio nazarí
    …. ………………( que ahí esta, por ejemplo, el propio Rajoy, el Granados y otros 300 ó 3000 aforados más.)
    …….
    Pero si, contando con el apoyo incondicional de la virgen del Rocío y la colaboración de no se cuantos cristos supremamente milagreros, (todos ellos a cual más poderosos y benefactores, ha puesto a Andalucía tal cual está,
    ……..

    ….Seguro que semejante ente en año y medio (o menos) nos pone a todos como a sus paisanos ´
    …. ……..
    ….. O mucho pior
    …….
    O lo que aún es más pior todavía, …
    nos meta al Imedio en casa

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