‘Los enemigos del comercio’, una obra magna

Agustín_García_SimónEn noviembre pasado aparecía el tercer volumen de una obra, cuya investigación y alcance no tiene “precedente en la bibliografía mundial”: Antonio Escohotado, Los enemigos del comercio. Una historia moral de la propiedad III (Barcelona, Espasa Libros, 2016). En diciembre ya había alcanzado su segunda edición, algo nada frecuente en un ensayo de alto rigor y erudición, además de una exigencia lectora más que notable, incluida su extensión. Se trata de la conclusión de un ensayo de largo aliento y final feliz en el que el autor ha trabajado desde 1999. El resultado ha merecido la pena y, siguiendo la observación machadiana, le debemos cuanto ha escrito. En la coda de este tercer volumen, subtitulado De Lenin a nuestros días, el autor resume el lapso asombroso del intento, la dificultad del empeño y la presencia constante de la cuestión a lo largo del tiempo: “A los fines de este libro, es suficiente haber comprobado que la enemistad hacia el comercio constituye un fenómeno histórico ininterrumpido desde los rollos del Mar Muerto, y no antes”, es decir desde hace más de 2.000 años. Este último volumen, al que aquí me referiré, es una sustanciosa e iluminadora investigación del asunto a lo largo del siglo xx, dentro y a través del origen y desarrollo del fenómeno, inédito en la Historia, que caracterizó el siglo pasado: el totalitarismo comunista soviético y, por extensión, el totalitarismo nazi, hasta alcanzar lo que el autor denomina “pleamar del totalitarismo”, que en la segunda mitad del siglo llegaría a cotas no menos alucinantes en la China de Mao y sus epígonos asiáticos, así como en el continente africano y, de una manera especial en los años sesenta y setenta, en los regímenes iberoamericanos, con apuntes finales a su transformación postmoderna y populista. Todo ello acompañado del correspondiente estudio conceptual y teórico del fenómeno y su evolución cambiante a lo largo de coyunturas y décadas.

Como puede comprobarse por ese sucinto enunciado, estamos ante una obra de dimensiones asombrosas, cuya realización, más allá de los méritos extraordinarios del autor, no habría sido posible sin el recurso y fuentes de la Red, tal como se pone de manifiesto en el aparato crítico que acompaña al trabajo, una profusión de notas habitualmente sin desperdicio. En fin, el libro que nos ocupa es, fundamentalmente y a su manera, una historia crítica del comunismo en el siglo xx, con una aportación más que notable al estudio del totalitarismo y una anteposición del rigor y la documentación a cualquier sesgo ideológico, lo cual, en un país de etiquetas y papanatas como el nuestro, es harto infrecuente y muy de agradecer, y celebrar.

Ya Hanna Arendt, en su portentoso Los orígenes del totalitarismo (1951) había ceñido el fenómeno totalitario al comunismo y al nazismo, excluyendo deliberadamente el fascismo de Mussolini que, no obstante mostrarse tan orgulloso del término “Estado totalitario”, “no intentó establecer un completo régimen totalitario, y se contentó con una dictadura y un régimen unipartidistas. Dictaduras similares no totalitarias surgieron en la Rumanía de la preguerra, en Polonia, los estados bálticos, Hungría, Portugal y la España de Franco”. Siempre según la autora, los nazis tenían “un infalible instinto” para advertir las diferencias que les separaban de sus aliados fascistas, cuyas imperfecciones despreciaban. Lo que verdaderamente admiraban los nazis era el régimen bolchevique soviético: El único hombre por quien Hitler sentía un “absoluto respeto” era “Stalin, el genio”. De este último sabemos, desde el discurso de Kruschev en el XX Congreso del Partido, “que Stalin confiaba únicamente en un hombre y que este hombre era Hitler”. Escohotado, por su parte, titula uno de los apartados de su libro El totalitarismo latino, pero se cuida de rebajar convenientemente el régimen de Mussolini: “Por extraño que resulte, mandar matar repugnó a Mussolini tanto o casi tanto como al común de las gentes, y no ejercer como genocida eugenésico hizo de él un perfecto extraño en la tríada mesiánica [Stalin, Hitler, Musssolini]. Y más adelante: “En contraste con la policía política fascista, más dada a ladrar que a morder, el rigor de sus análogos nazis y bolcheviques corresponde a una idea de la pureza ideológica no compartida por Mussolini”.

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Este fenómeno totalitario, con sus prolegómenos y preparativos ya manifiestos desde finales del siglo xix, la “revolución” de 1905, y la ayuda inestimable de la coyuntura de la I Guerra Mundial, tuvo su pistoletazo de salida, nunca mejor dicho, hace ahora cien años, cuando Lenin y Trotsky, con su minoría bolchevique, pensaron que aplicando las leyes de la dialéctica marxista establecerían definitiva e irreversiblemente la felicidad de la humanidad en la tierra: “Nos proponemos construir un paraíso terrenal -exclamó Trotsky ante una gran multitud en el Moscú de 1918- […] donde el hombre será incomparablemente más fuerte, más inteligente y más sutil”. “¡Por la fuerza será arrastrada la humanidad a ser feliz!”, escribió dos años después Gorki con ingenua efusión, antes de que su oscura muerte en 1936 le permitiera a Stalin homenajearle en su propia casa, y ante los escritores allí reunidos, exhortándolos, pronunciara aquella frase temible de la ingeniería social bolchevique: “Vosotros sois los ingenieros del alma”.

Cubierta de la obra de Escohotado.
Cubierta de la obra de Escohotado.

El problema, como advierte de entrada Escohotado, a modo de aviso de la pericia de su bisturí a lo largo del libro, es que contrariamente a todas las leyes y previsiones de Carlos Marx en torno a la revolución proletaria, el golpe de Estado de Lenin “llamado a entronizar la clase proletaria acontece en un país donde la proporción de obreros industriales no llega al 2%. Tampoco alcanza al 2% la proporción de obreros en el Comité Central del Partido, cuyos líderes son todos ellos exestudiantes más o menos capaces de vivir durante los años previos como agitadores profesionales”. Cuando la pequeña minoría alcance el poder no frenará la pobreza, anteponiendo su consolidación aniquiladora frente a toda disidencia y todo tipo de libertades, e imponiendo la guerra civil como medio que haga posible el proyecto eugenésico del “Hombre nuevo” y la supervivencia exclusiva de la clase social proletaria que lo encarnará. “En adelante -escribe Escohotado- el honor popular será obedecer sine die al pequeño grupo autodesignado para instaurar el paraíso en la tierra, cuya decisión inicial fue poner en marcha “un oasis extradinerario de trueque científico (…) con un elemento tan inédito como la ingeniería social”. Ochenta años después, con la caída de la URSS, el balance no ha sido capaz de contar con aceptable precisión los millones de muertos, pero los ecos de la nostalgia mesiánica vuelven a sonar en la actualidad con la pretensión, también científica, de la Escuela de Frankfurt y los nuevos teóricos de la postguerra: “el socialismo ‘real’ bien pudo ser un horror sin precedentes, pero no por seguir las directrices de Marx, sino por ignorarlas”.

(*) Agustín García Simón es escritor y editor.