El francés ‘insumiso’ que se abstenga no es un colaboracionista

Desde que el pasado domingo por la noche Jean-Luc Mélenchon anunciase que consultaría a sus bases el sentido del voto de Francia Insumisa en la segunda vuelta, se ha producido una curiosa convergencia entre ciertos puristas de izquierda y muchos tertulianos socioliberales. Si los segundos ven en esta cauta decisión la muestra incontestable de la identidad sustancial entre los dos “extremos populistas”, los primeros, dedicados ahora al reparto de carnés de auténticos “antifascistas”, reprochan a Mélenchon una suerte de sospechoso colaboracionismo.

Consciente de la variedad ideológica de sus apoyos, y de la difícil disyuntiva a la que se enfrenta el pueblo francés en el balotaje del 7 de mayo, Melénchon ha hecho lo que cualquier líder democrático haría: no usurpar a los integrantes de su “movimiento” la decisión de cómo actuar dentro de dos semanas.

Apreciar en este gesto el más mínimo atisbo de complacencia con el fascismo, precisamente en el candidato que más y mejor ha confrontado a cara descubierta contra Marine Le Pen, supone una malevolencia con interesados ánimos denigradores. O –aún peor– constituye una muestra más del razonamiento grueso, apresurado, hormonal y desproporcionado a que es dado cierto fundamentalismo de izquierdas.

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En cierto sentido, lo único que cabría reprochar a Mélenchon no es consultar a sus bases. Es simplemente el no haber dejado que ellas decidan por sí mismas, en conciencia, qué hacer ante el dilema de la segunda vuelta, sin necesidad de apelar a pronunciamientos mayoritarios. Porque, en el fondo, la encrucijada se plantea solo entre dos posiciones, y ninguna de ellas implica el más mínimo impulso al auge fascista, o, de implicarlo, podría entonces sostenerse que ambas lo hacen por igual: o se vota a Macron para evitar a toda costa la sorpresa funesta de ver a Le Pen en el Elíseo o se prefiere la abstención para, en un acto de coherencia, no contribuir de forma directa al agravamiento de la situación socioeconómica.

Obsérvese que, en el debate español, no se han leído desprecios proferidos por quienes ven más razonable abstenerse que optar por el candidato neoliberal. Es un dato que no deja de ser llamativo, pues habría sido predecible que el purismo abjurase a todo trance de respaldar a quien promete reformas laborales todavía más agresivas, despidos en masa de funcionarios y apoyo incondicional a la doctrina austeritaria de la Troika. No ha sido así y razones no han faltado en teoría. Podrían muy bien haber sostenido que respaldando el “mal menor” del neoliberalismo tecnocrático solo se consigue continuar alimentando las condiciones que engordan el “mal mayor” del fascismo. Sin embargo, conscientes acaso de la gravedad del momento, los que se decantarían por una abstención han preferido guardar silencio y respetar una de las posibles salidas, llena de inconvenientes, para frenar de manera provisional al Frente Nacional.

Del otro lado la cosa ha sido bien diversa. Plantearse siquiera la posibilidad de preferir la abstención ha sido tratado en medios y redes como si se defendiese votar a Le Pen. Semejante equívoco merece comentario porque, en este caso concreto, la abstención supone, sí, una difícil elección, y también repleta de inconvenientes, pero acreedora cuanto poco del mismo respeto que la de votar a Macron e igual de poco sospechosa de colaboracionismo que ésta.

Esta posición se podría fundamentar en tres motivos, ninguno merecedor de desprecio. El primero: la correlación de fuerzas en presencia. Contando con el apoyo de Benoît Hamon y de François Fillon, es decir, de aproximadamente el 25% del electorado, es harto improbable, por no decir imposible, que Macron, ya vencedor en primera vuelta, pueda resultar sobrepasado por Le Pen, que no ha recibido ni va a recibir ningún apoyo externo, y solo va a capitalizar algunos puntos marginales entre conservadores e indignados sin rastro de ideología, que también los hay. Muy distinta sería la situación si, como sucedió en tiempo de entreguerras, los conservadores jugasen con el fuego fascista. Sería entonces una culpable irresponsabilidad no marchar junto al liberalismo propietario. Pero no es el caso. El riesgo que entraña hoy el permitirse votar en conciencia, para aquellos que así lo decidan hacer, es nulo a los efectos de propiciar la victoria del Frente Nacional.

En segundo término, conviene ir abandonado los razonamientos cortoplacistas y aguzar un poco la mirada. Cabe pensar, sin incurrir por ello en un dislate, que las condiciones que explican el actual ascenso del fascismo están vinculadas a la gestión interesada de la crisis, a las políticas de austeridad y las desigualdades económicas que espolean, y a la retirada del intervencionismo redistributivo del Estado y la deificación consiguiente del dinero. Desde esta perspectiva, apoyar el programa de Macron, incluso cuando la coyuntura lo hace innecesario, puede no significar más que un estéril aplazamiento de la llegada del fascismo. Es más, un resultado similar al de la segunda vuelta entre Chirac y Le Pen padre, con una alta participación y unos resultados del 82% y del 18% respectivamente, transmitiría una imagen por completo adulterada de la situación real y lanzaría un equívoco mensaje de respaldo sin fisuras a las políticas tecnocráticas que alimentan al fascismo.

A algún sector de la sociedad, por más testimonial que sea, habrá de corresponderle recordar al victorioso Macron que ni tres cuartas partes de Francia está con él, ni con sus políticas se combate en absoluto la llegada del Frente Nacional. Trazando una separación radical entre el liberalismo de las finanzas y el fascismo nacionalista, muchos confían en que con el primero se mantendrán intactos los derechos individuales que perecerían a manos del segundo. Olvidan que desde esas filas también se entregan a leyes que amordazan cuando se trata de acallar la protesta. No estorba, por tanto, que de alguna manera se adelante al candidato del Ciudadanos francés que las políticas que anuncia no generan adhesión generalizada y obtendrán además una fuerte oposición en sociedad. Y la abstención puede ser el mejor modo de hacerlo.

Por último, convendría asimismo comenzar a razonar políticamente en términos amplios y no exclusivamente institucionales o electorales. En tal sentido, cabe desde luego la posibilidad de abstenerse de apoyar a Macron en la segunda vuelta y, simultáneamente, realizar política práctica antifascista desde el compromiso cívico cotidiano, secundado y difundiendo valores que se oponen frontalmente a la cultura que promueve el partido de Le Pen.

Creo que estos motivos bastan para apreciar que, en la situación francesa presente, optar por la abstención constituye una decisión políticamente tan irreprochable como la de votar a Macron. Y, desde luego, no evidencia ningún síntoma de colaboracionismo, de escaso “amor a la democracia” o de flaqueza en las convicciones antifascistas.

(*) Sebastián Martín es profesor de Historia del Derecho en la Universidad de Sevilla.