ALEJANDRO INURRIETA | Publicado: - Actualizado: 12/5/2017 21:20

La política internacional, y la europea en particular, ha alcanzado un grado de vacuidad alarmante, lo que permite el nacimiento de los mal llamados partidos populistas. Hasta ahora este fenómeno se circunscribía a sociedades líquidas, con poca formación política, caldo de cultivo perfecto para soluciones fáciles a problemas complejos. Esto es lo que ha ocurrido en EEUU, donde el escaso peso ideológico de la sociedad, mezclado con una profunda crisis social y de valores, ha logrado encumbrar a un siniestro personaje como Trump, disfrazado de ultraliberal en lo fiscal, ultra nacionalista en materia comercial y keynesiano convencido en materia de impulso fiscal al gasto en infraestructuras. Todo esto desde el aprovechamiento del poder para usos empresariales personales y familiares, muy típicos de las grandes Mafias instaladas a lo largo de la geografía mundial.

El mérito que ha tenido un personaje como Trump es que lo ha logrado sin respaldo político alguno, incluso enfrentado al establishment de Washington, que recela que un outsider pueda ocupar el espacio que, hasta ahora, ostentaba la elite corrupta de los grandes intereses económicos sectoriales. Este fenómeno consagra la consigna que ya es universal: la era de los grandes partidos y de las ideologías ha muerto. Lo que se lleva ahora es esta mezcla de social liberalismo, con algún barniz social y compasivo que, por moral católica, o por meros intereses económicos, trata de salvar de la exclusión social a las clases medias hundidas tras la voladura descontrolada de una gran parte de los estabilizadores automáticos que se crearon tras la II Guerra Mundial en Europa. Este proceso apolítico, no de izquierdas, ni de derechas, lo están empezando a liderar ciertas elites empresariales, como Trump en EEUU, o ahora Macron en Francia, representantes del capitalismo más despiadado, ahora metidos a gestores públicos, siempre con el objetivo de mejorar su situación patrimonial y personal, o también familiar, como el caso de la hija de Trump.

Este fenómeno nuevo ha corrido como la pólvora en países pequeños y grandes y se ha instalado, para quedarse, en EEUU, pero también en Holanda, y ahora llega a Francia, aunque también tuvo su epicentro parcial en Italia con Berlusconi, y ahora con Renzi, y en España, con Rivera y antes con Gil o Ruiz Mateos. La excusa en muchos lugares es que es preferible este tipo de movimientos, blanqueados por la elite de cada país, que caer en manos de populismos de derechas, como Le Pen en Francia, o su homónimo en Holanda. La táctica es sencilla. Primero los partidos clásicos internalizan las políticas más extremas en materia de inmigración, o exclusión social de los más desfavorecidos, como se ha hecho en Holanda y Francia, y luego se presentan como salvadores de la extrema derecha racista, nacionalista e intervencionista. Así se ha logrado que, en toda la UE, los derechos de los refugiados se hayan pisoteado sin que nadie proteste, porque la implementación la llevan a cabo los partidos que representan a los ciudadanos blancos, arios, de renta media alta y favorables al sistema. Esto vacía de contenido a los representantes legítimos de la ideología extrema que no son capaces de romper este círculo virtuoso.

La sorpresa más desfavorable ha venido de Francia, un país donde la sociedad civil siempre ha sido un parapeto para la implantación de este tipo de movimientos, tanto de extrema derecha, como de extremo centro, que consagran la ausencia de ideología, el individualismo económico más regresivo y la búsqueda de la compasión social, con parches que, en cualquier caso, siempre se aplicarán a los nacionales. La deserción electoral de los partidos clásicos, especialmente republicanos y socialistas, tiene su origen en el cansancio y hastío social de dos movimientos que han fracasado a la hora de procurar bienestar a sus ciudadanos, rememorando los peores augurios que algunos teníamos hace tiempo. En el caso de la socialdemocracia es un virus epidémico que alcanza todas las latitudes, ante el magma intelectual en el que han caído sus dirigentes, y la verborrea vacía de contenido que es lo único que les queda por aportar a una sociedad rota, hundida, pobre y sin esperanza.

En esta sima política que también ha alcanzado a la Francia republicana surge el movimiento “En Marche” liderado por Macron, a la sazón el menos malo de los candidatos a ojos de todo el continente, aplaudido hasta la náusea en España por Ciudadanos, hasta el punto de falsear reuniones entre su líder Rivera y el nuevo inquilino del Palacio del Eliseo. Este antiguo ministro socialista, banquero y típico ejemplo de la élite francesa que sale de la ENA, ya ha empezado a renegar de todo su pasado de izquierdas –como ya se dice en España, la socialdemocracia no es de izquierdas– y ha empezado a transversalizar la política francesa, liquidando todo el esquema político clásico.

Este nuevo fenómeno es tan osado que propone en su escaso y vago programa electoral desmontar todos los logros del Estado Social francés, verdadero estigma para los que hoy dirigen la UE, burócratas imbuidos en la filosofía alemana de la austeridad y el recorte de derechos sociales. Los inicios racistas de Valls, que parece se han unido ya a esta facción, arremetiendo contra los gitanos, culpándoles de la delincuencia, es un espejo donde de mirarán los próximos responsables políticos en Francia para desactivar el susto que ha supuesto el 35% de votos al Frente Nacional, pero con el barniz del europeísmo de banderita y música de Beethoven.

Para llegar hasta aquí, Macron ha diseñado un programa económico claramente liberal, con algunas migajas para contentar al ala socialdemócrata 2.0 que en España lideran con entusiasmo economistas tertulianos como Carmona y otros del mundo académico y funcionarial que trufaron de esta atonía intelectual los gobiernos de Zapatero. Francia es un país donde el peso del sector público es elevado, con ayudas públicas a la familia muy generosas, con una demografía envidiable si la comparamos con otros países, con un peso industrial alto en relación a otras economías, y un peso de los sindicatos también mayor que, por ejemplo, en la España de Rajoy.

La idea clara de Macron es ir desmantelando todo este modelo, aunque sabe que no lo puede hacer de golpe. Lo primero que ha propuesto, algo que ya implementó Valls por decreto, fue una reforma laboral muy parecida a la española que, curiosamente, en España sus defensores critican. Esta reforma va dirigida a despojar de cualquier poder a los sindicaos, reduciendo o eliminando el derecho a la negociación colectiva, e introduciendo el liberalismo más puro en sentido anglosajón. Las condiciones laborales se dictan desde la empresa, con plena libertad para modificar salarios y jornada, sin mediar derecho alguno para los trabajadores, salvo la denuncia judicial, que se sabe no llegará por miedo.

En segundo lugar, una rebaja de impuestos, preferiblemente a las empresas y rentas más altas, para incentivar la contratación, algo que se ha demostrado falso. A esto se unirá una reducción de gasto público, con la etiqueta de superfluo, que nunca cuadra las cifras, y aparejado a esto, la eliminación de más de 50.000 empleos públicos, alergia que comparten muchos de los correligionarios socialistas 2.0 en España. Por supuesto, tocará las cotizaciones sociales para reducir las pensiones que percibirán en el futuro, como en España, se privatizarán sectores estratégicos que, en Francia, todavía estén en manos públicas.

Para trufar de keynesianismo su programa ultra liberal, eso sí por pasos, introduce la inversión pública para contentar a los que todavía creen que es de izquierdas este nuevo presidente, para tratar de hacer más sostenible el crecimiento, sin cambiar casi nada. Todo ello con alguna limosna para las clases más bajas, pensionistas y asalariados, y mucho énfasis en cumplir las obligaciones de ciudadano y buscar y aceptar cualquier trabajo, aunque sea indigno.

Finalmente, su europeísmo tiene un pequeño tufo nacionalista con la máxima de Buy European, similar al American First, todo dentro de un europeísmo de salón, sin entender el gran fracaso político, social, humanitario y monetario que ha supuesto esta UE. Por supuesto, esto es otro guiño a los votantes de Le Pen.

En resumen, el liberalismo compasivo, con ribetes nacionalistas, muy elitista y con tics racistas, es lo que ha ganado en Francia. Por supuesto, no hay mucho que celebrar para los excluidos y los que ansían un verdadero cambio político en la UE.

(*) Alejandro Inurrieta es economista y director de Inurrieta Consultoría Integral.

  • Matriouska

    Es siempre un lujo leerle Sr. Inurrieta, aquí o en vozpópuli.
    Se podrá estar más ó menos de acuerdo, pero siempre se ocupa de esas asuntos importantísimos que se les “escapan” involuntariamente ¿supongo? (ironía) a la prensa del régimen y siempre, siempre soporta sus ideas y apreciaciones con datos.
    Gracias

  • marcos

    La politica francesa esta en estado edipico.. lepen mato su padre y macron se caso con su madre …

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