REFERIDA / A diferencia de la primera discusión entre ambos, en esta ocasión no estaba el autor presente pero se lo contaron

Cuando Manuel Fraga intentó, sin éxito, que Fidel Castro aceptase el exilio y lo que siguió

ALFREDO CONDE | Publicado:

Fidel Castro escucha las explicaciones de Manuel Fraga durante la visita que el mandatario cubano giró a España en 1992
Fidel Castro escucha las explicaciones de Manuel Fraga durante la visita que el mandatario cubano giró a España en 1992, en devolución de la efectuada a la isla caribeña por el político español un año antes. / CiberCuba

Felipe González afirmó en su día que a Manuel Fraga le cabía “el Estado en la cabeza”; la verdad es que Fraga era bastante cabezón y que en su cabeza cabían demasiadas cosas, algunas incluso contrapuestas. Fraga, en los últimos años de su vida,  lagrimeaba con la frecuencia propia de un cocodrilo y podía pasar de la emoción infantil que le propiciaba el llanto, el llanto que le estrangulaba la voz y la garganta, a la iracundia que podía estrangular la calma del más templado y en ocasiones también el alma… que tan contristada podía quedarle a quien fuese objeto de su ira.

Eso fue lo que le sucedió a Fidel Castro al término de la última conversación mantenida con Manuel Fraga en la habitación de un lujoso hotel compostelano que no era el Hostal de los Reyes Católicos. Fidel se descompuso cuando Fraga, ya en la puerta de la habitación, se despidió dando un portazo al tiempo que gritaba:

— ¡Entonces nos veremos en el infierno, Comandante!…

y…¡¡pumba!!, se fue dando el portazo, dejando boquiabierto al Comandante que, descompuesto su ánimo, contristada su fe revolucionaria, adelantó en nueve horas la salida del vuelo que habría de devolverlo a La Habana causando con ello una serie de problemas de todo tipo de los que excuso darles cuenta. Los viajes en avión de los altos dignatarios internacionales están sujetos a unos protocolos que, de no ser cumplidos estrictamente de la forma prevista, pueden tener graves consecuencias.

Al contrario que en el caso de la primera discusión mantenida entre ambos, en esta ocasión yo no estaba allí. Quien sí estaba era el ya también fallecido Mario Vázquez Raña, que fue quien me lo contó, en otra y posterior oportunidad, mientras comía con él, en México, estando en la sede central de sus noventa y tantos diarios, ya les diré cómo y por qué, también lo qué, pues ambos extremos no dejarán de sorprenderles.

Es evidente que Manuel Fraga fue a Cuba a impulsos de una emoción infantil que lo convocaba a visitar los lugares y ambientes que había vivido con sus padres en Manatí. No era tan evidente que llevaba en su agenda otros asuntos de mayor cuantía; entre ellos, la asistencia a los miles de gallegos retenidos en la Isla por la Revolución, algo que sí logró, y la muy higiénica intención de propiciar para Cuba una salida “a la polaca” en un momento en el que la que se temía que se produjese era, otra y muy distinta, “a la rumana”. No sé si se evitó esta, pero es evidente que no se propició aquella. Por en medio andaba rondando una cifra de dieciséis mil millones de dólares que, en caso de apertura, deberían ser invertidos en la Isla bien por los norteamericanos, bien por canadienses, italianos y españoles. Un bonito juego de intereses en el que, según me comentaron, estaba en juego la penetración hostelera de la que, entonces, me dieron un dato que no sé si creérmelo: el de que el Hotel Meliá Varadero implicaba la inversión de dos mil millones de pesetas que se preveían amortizar en su primer año de funcionamiento. ¡Ah, la filantropía!

En aquella oportunidad publiqué un libro de conversaciones con Fidel Castro que significó dos cosas, a saber: primero, que los esloganes del “Quinto Centenario del Descubrimiento” fuesen extractados de las respuestas de El Comandante y sirviesen para encauzar unos fastos a los que se habían opuesto casi todos los países hispanos y, segundo, para que el libro fuese considerado contrarrevolucionario. ¿Por qué? Pues no por lo que yo dijese o preguntase en él, sino por las respuestas que en él daba el dignatario a esas preguntas y lo mostraban como un burgués de familia bien, bien asentado en una serie de principios y valores que no todos eran enteramente revolucionarios, ni mucho menos. Pero esos son otros lópeces.

El caso es que, lo que quizá estuviese tratando Fraga en aquella última conversación, fuese la posibilidad de una apertura democrática para Cuba, por un lado, y un posible y premeditado exilio para el dictador en algún punto del Atlántico, propuestas ambas a las que Castro no se mostraría muy dispuesto, o incluso nada dispuesto hasta el momento justo en el que Fraga diese por concluida la conversación y, claro, de ahí el portazo y la cita en el infierno.

¿Es esto comprensible? Por supuesto. La misma y escasa, y férrea disposición de ánimo de un concejal de obras públicas en un ayuntamiento de tercera a cesar en el cargo, el mismo uso del poder en el que éste se ejercita, es idéntico al que puede llevar a cabo el jefe del ejecutivo gubernamental de cualquier país. La condición humana, en sus distintas variantes, es siempre la misma. Lo único que cambia es el ámbito de responsabilidad, el número de afectados por las decisiones tomadas. La condición humana.

Fidel hizo más grande la finca de Holguín, la misma que empezó a conseguir su padre jugando a las cartas, mientras que el de Fraga regresaba a Vilalba y para ejercer como alcalde de su villa natal. Los dos eran de la misma condición, aunque tal afirmación se preste a discusiones, incluso entre sus propios descendientes. Castro  y Fraga habían iniciado su relación con un puñetazo, dado sobre el tablero de una mesa, a causa de una discusión sobre la ingesta de pulpo, ya saben, un animal de ochos tentáculos, y la acabaron con un portazo, provocado por otra discusión sobre la democracia, ese calamar acostumbrado a la expulsión de tinta negra; puñetazo que fue dado también por Fraga. Vilalba, dos; Láncara, cero. Por en medio, cantidad significativa de presos políticos cubanos liberados y otras historias que hoy no vienen a cuento, todavía. Cantidad de tinta de calamar y también de pulpo.

  • Ferrando.com

    Vaya chascarrillo! “Yo no estuve allí, pero me lo ha contado otro que si estuvo, pero que ya ha muerto”… Solo un sociata de la época felipista puede escribir una pretendida crónica sobre el encuentro de dos personajes, uno de ellos un fascista decrépito y loco y el otro nada menos que Fidel Castro, y el loco deja a Fidel con el ánimo hecho unos zorros y en proceso depresido tras marcharse de su habitación dando un tremendo portazo. Por favor!… que alguien corrija la deriva ñoño-sociata de este digital antes de que se termine de hundir!

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