Del oasis español al “a por ellos”

Cataluña
Unas doscientas personas despiden en la comandancia de la Guardia Civil de Algeciras (Cádiz) a los agentes que viajan hasta Cataluña con la intención de reforzar el dispositivo policial previsto ante el referéndum convocado por la Generalitat para el próximo 1 de octubre. / A. Carrasco Ragel (Efe)

Desde hace algunos años vengo escribiendo que la razón por la que en España no ha surgido una extrema derecha análoga a la de otros países europeos es que aquí en vez de los inmigrantes el chivo expiatorio son los catalanes. Mientras nuevas opciones xenófobas han aparecido con fuerza en toda Europa y en Estados Unidos, aquí han sido bastante irrelevante, no ya en términos electorales, sino como preocupación de los españoles. De hecho, sólo en Cataluña (donde obviamente la catalanofobia tiene poco futuro) ha habido apuestas serias por la xenofobia: el partido ultra de Josep Anglada llegó a tener 100 concejales y estuvo a punto de entrar en el Parlament, el PP ha apostado por un perfil como Xavier García Albiol cuyo único pensamiento político conocido es el odio al inmigrante y la antigua CiU tiró de promesas xenófobas en su momento. En España hemos odiado poco al inmigrante porque a quien hemos odiado es al catalán, hasta llegar a boicotear sus productos, por ejemplo.

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«La gestión política, judicial y mediática de la crisis en Cataluña está intentando satanizar a quienes tienden puentes»

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Si esta hipótesis es cierta, nada mejor para catalizar ese extremismo catalanófobo que la crisis de Estado que vivimos en torno al 1 de octubre. Sobre todo cuando la gestión política, judicial y mediática está intentando socializar la tensión, satanizando a quienes tienden puentes, extendiendo el ataque a los alcaldes de una gran mayoría de municipios catalanes y con un coro unánime impropio de un país democrático con el pluralismo que hay en nuestra sociedad.

De lo que estamos viendo estos días lo más llamativo son las escenas de belicismo patriotero en el asedio a la asamblea de cargos públicos que hubo en Zaragoza o en las despedidas de policías y guardias civiles a quienes les montan un espectáculo como si se fueran a la Guerra del Rif. Resultó curioso leer el debate sobre si quienes nos insultaban, amenazaban, intentaban agredirnos y en algún caso lo conseguían eran “nazis o familias y personas normales (sic)”. (Por cierto: resulta curioso que los mismos que por la mañana acusaban al independentismo por llevar niños a sus movilizaciones justificaran a mediodía sus movilizaciones porque habían llevado niños).

«Los insultos nos los lanzaban ‘familias de orden’ que habían traído a sus niños porque suponían iban a hacer algo pedagógico»

Lo cierto es que en Zaragoza había gente que respondía a la caricatura ultra de siempre (con su bandera franquista, que no falte), una actualización del skinhead fascista y violento. Pero sin duda lo más llamativo es que los insultos y los gritos también nos los lanzaban ‘familias de orden’ que habían traído a sus niños, se supone, porque entendían que lo que iban a hacer era algo normal e incluso pedagógico. Sospecho que algo así sucedió en esas despedidas de guardias civiles en las que se gritaba “a por ellos”.

Eso hace mucho más preocupante esas movilizaciones y exige que prestemos mucha atención ante lo que puede venir del terremoto en que está inmersa España. Puede estar cristalizando un “sentido común de época” que canalice hacia posiciones antifraternales a grupos sociales ‘integrados’ de un modo análogo pero opuesto al “sentido común de época” que construyó el 15M. Un sentido común conservador y autoritario frente al radicalismo democrático que emanaba de las plazas.

Cuando miramos los grupos políticos de extrema derecha que están emergiendo por toda Europa no solemos encontrarnos (salvo en el caso de Amanecer Dorado en Grecia) una imitación de los fascismos de los años 30 sino una opción modernizada y adaptada al siglo XXI que pretende someter con buenos modales y bonitas palabras a los débiles. Del mismo modo, si miramos lo que está pasando en España suponiendo que todo lo que no sean Ultras Sur es moderación y democracia, estaremos muy tranquilos mientras crece y se organiza una España inhabitable.

«Es muy complicado que quien ha gobernado el Estado el último lustro salga reforzado de una crisis como si no tuviera responsabilidad alguna»

Lo que está sucediendo en Cataluña, acabe como acabe, es un terremoto. De los terremotos ningún edificio sale más sólido y no es sencillo saber cuáles se derrumbarán y cuáles no. Quienes aventuran que Rajoy y el PP saldrán más fuerte hacen una apuesta muy arriesgada: es muy complicado que quien ha gobernado el Estado el último lustro salga reforzado de una crisis de Estado como si no tuviera responsabilidad alguna. Lo que no es imposible es que una crisis del PP nos trajera peligros aún mayores para la democracia y para España que el propio PP, con la aparición de un nacionalismo introspectivo, melancólico y autoritario. Que el PP esté intentando patrimonializarlo mediante demagogia, juras de bandera y golpes de pecho no tiene por qué evitar que estén inflando un fenómeno social que los devore. Lo que es seguro es que la construcción ideológica que rodea el “a por ellos” (como el “no volváis” de Albert Rivera a los diputados de ERC y PDCat) construye una España irrespirable, oscura y rancia, en las antípodas de la España democrática, liberal, progresista y soberana proyectada desde el 15M.

En  la anterior crisis territorial en España, la de 1898, sucedió algo parecido. Obviamente la distancia temporal y política entre la crisis del 98 y la actual es tan sideral como la que hay entre Cuba o Filipinas y Cataluña. Pero es otro argumento para descartar la amable hipótesis de la que nos intentan convencer a los demócratas españoles los independentistas catalanes: que su independencia sacudirá los cimientos del régimen del 78 y dará una oportunidad a una ruptura progresista. La independencia de Cataluña y en general el procés sacudirá los cimientos del régimen del 78, sí, pero es más probable que facilite un giro reaccionario y oscurantista que una apertura democrática y popular.

La crisis de Estado no dejará el país como está. Es posible que pocas semanas después del 1-O haya una percepción social amplia de que la única salida útil para España es el diálogo y el acuerdo para una solución democrática, esa salida que hoy se vende como una traición a España y que propusimos desde Zaragoza: ese debe seguir siendo el empeño de quienes queremos a España y por tanto la queremos democrática y fraterna. Pero también es posible que germine el movimiento contrademocrático y genere cambios políticos reaccionarios que construyan una España inhabitable y absolutamente incapaz de contener su ruptura. Esta, por cierto, es la hipótesis de los independentistas catalanes que aseguran que España es irreformable y ven en este clima la prueba que corrobora su teoría.