El Nobel en bragas

Nobel de Literatura
Bob Dylan durante el discurso que dio en Estocolmo tras recibir el premio Nobel de Literatura. / Efe

Desde hace algún tiempo (quizá desde que lo ganara Echegaray en 1904), el premio Nobel de Literatura se está convirtiendo en un problema. No lo ganaron en su día ni Galdós, ni Kafka, ni Joyce, ni Proust, ni Rilke, ni Dinesen, ni Borges, con lo que la obra de Kipling, de Faulkner, de Shólojov, de Saint-John Perse, de Pirandello o de Aleixandre quedó bastante en entredicho. Hace dos años, el mundo de la cultura se rasgó las vestiduras al enterarse de que el galardonado era Bob Dylan, olvidando que la Academia Sueca ya había roto todos los esquemas premiando en 1953 a otro famoso cantautor: Winston Churchill.

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Los Nobel son a la literatura lo que los Grammy a la música. Homer Simpson se descojonó de los Grammy al menos en dos ocasiones. Una, cuando rebuscaba en los bolsillos para darle una propina al botones de un hotel y acababa entregándole la estatuilla de un Grammy (“Pero qué porquería” decía el botones del hotel mientras lo tiraba al suelo). Otra, cuando todos los habitantes de Springfield recibían un premio cada uno excepto Homer; entonces se quejaba en voz alta, su hija le recordaba que había ganado un Grammy y él decía: “Bueno, quiero decir un premio que valga la pena”. Los productores del programa añadieron una nota en subtítulos en la que no se hacían responsables de las opiniones de Homer y añadían que ellos consideraban que el Grammy ni siquiera era un premio.

«La alternancia brutal de galardonados entre tarugos certificados y maestros indiscutibles siempre ha resultado muy misteriosa»

Parece que algunos premios, en efecto, cuanto más grandes son, más estorban. Con los Grammy o con los Nobel de Literatura esto pasa mucho, principalmente porque a todo el mundo le da por opinar sobre música y literatura mientras que se cuidan mucho de hacerlo sobre física, química o medicina. Con el Premio Nobel de la Paz (que ha recaído en genocidas como Kissinger, bartolos como Al Gore, cantamañanas como Obama o asociaciones de humoristas como la Unión Europea), los suecos tienen la excusa de que lo conceden los noruegos. Pero esa alternancia brutal entre tarugos certificados (¡Solzhenitsyn en lugar de Nabokov!) y maestros indiscutibles (García Márquez, Wislawa Szymborska, Saul Bellow) siempre ha resultado muy misteriosa. Somos muchos quienes sospechábamos que algunos académicos iban de tapadillo a las casas de apuestas a forrarse con información privilegiada.

Es lo que ha salido a la luz esta semana con la noticia de que el dramaturgo y fotógrafo francés, Jean-Claude Arnault, marido de la académica sueca Karina Frostenson, podría haber revelado antes de tiempo al menos en tres ocasiones el nombre del ganador del premio Nobel. Al parecer eso fue lo que hizo en 2004 (Elfriede Jelinek), 2005 (Harold Pinter) y 2014 (Patrick Modiano). También se jactó de haber propiciado la elección de su compatriota Le Clézio el año 2008. Interrogado acerca de este asunto por el diario sueco Dagens Nyheter, el que fuera secretario permanente de la Academia Sueca de 2009 y 2015, Peter Englund, hizo unas declaraciones bastante explícitas: “Ya nada me sorprende sobre esa persona, ese cabrón. Supongo que lo supo por su mujer”.

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En realidad el escándalo saltó dos semanas atrás, cuando dieciocho mujeres denunciaron abusos y vejaciones supuestamente cometidos por Arnault y acaecidos desde 1996 en diversas sedes de la institución en París y Estocolmo. Con esto el galardón literario más prestigioso del mundo se suma a la oleada de denuncias por abuso sexual desatada desde Hollywood con el caso Weinstein y que se ha propagado al mundo de la música clásica con la ruptura de relaciones de la Metropolitan Opera de Nueva York tras las denuncias de tres adolescentes contra el célebre director de orquesta James Levine. Normalmente primero viene el guión, luego se hace la película y después se añade la música, pero el orden no altera el producto. La respuesta, decía Bob Dylan, está en el viento.