Sobre el enferruxamento con Juan Cruz por sus editoriales durante el franquismo

Juan Cruz
Juan Cruz, periodista de El País.

Para no ser acusados de intentar reabrir viejas heridas, tal y como se nos recomienda con una asiduidad enfermiza que se hace sospechosa, cuando de lo que en realidad se trata es de que no consigamos cerrarlas nunca porque, mientras sigan ahí, nos recordarán el escarmiento habido, para eso y por más razones, no hablaremos de la memoria histórica ni tampoco lo haremos de ese triste título de subcampeones mundiales en la especialidad de conservación de fosas comunes que ostentamos justo detrás de un país como Camboya sobre el que no hará falta dar detalles.

No hablaremos tampoco del perverso invento de Tabarnia, tan tabernario él, tan desajustado como un wonderbra empeñado en levantar a los caídos, sujetar a los fugaces y contener a los pletóricos, razones más que suficientes como para que se produzca un reventón, otro reventón, y acabemos todos contemplando el único top-less que nunca nos hubiera gustado contemplar.

Publicidad

«El caso es que estamos haciendo el mamón continuamente. Debe ser esa y no otra nuestra común condición de súbditos»

El caso es que estamos haciendo el mamón continuamente. Debe ser esa y no otra nuestra común condición de súbditos, una vez convencidos de que no lograremos nunca convertirnos en ciudadanos, pues, como diría Felipe González, vivimos en el mejor de los mundos posibles y los que ansiamos, los mundos que ansiamos, sin tabernas tabernarias, sujetadores imposibles o heridas cicatrizadas, están tan lejos de nuestros deseos como Nicole Kidman en sus mejores años, tan lejanos ellos que se nos antojan soñados. Pero así son los deseos, puros, purititos sueños. ¡Ay, mi madre!

Hablemos, pues, de literatura, de ese instrumento del que afirmó Aristóteles que si servía para algo, si debe o puede servir para algo, es para que el ser humano se reconozca a sí mismo en ella aunque ya se esté empezando a sospechar que, como tantos otros instrumentos, a fuerza de no usarlos o de mal utilizarlos, se nos haya ido aherrumbrando, ella, la pobre Literatura; es decir, se nos haya ido cubriendo de herrumbre y óxido. Lástima que ustedes no hablen gallego porque en gallego se dice "enferruxando" y hacerlo equivale también a ir incomodándose, a ir indignándose con algo o con alguien a causa de la realidad que nos envuelve de modo que se acabe por denostarlo del modo que se estime conveniente y que resulta casi siempre inoportuno, cuando no inconveniente.

Es el caso que vengo de leer una crítica escrita aún no sé si a consecuencia de un enferruxamento del profesor Elbo, autor de ella, o simplemente debida a los merecimientos del autor del libro a quien familiarmente trata de Juanillo para, acto seguido, pasar a considerarlo un ayudante de verdugo más de los muchos que, todavía hoy, están impidiendo que cicatricen las heridas.

«Es fácil suponer que el libro de Juan Cruz disponga de más textos que los utilizados para componer la crítica de este profesor Elbo»

Nunca, en toda mi vida, había leído crítica alguna en la que con tanta ironía se le llamase a nadie tiralevitas o lameculos, colaboracionista o niñato, sin hacer excesiva mención a la complejidad de un libro del que pueda ser autor y que, en este caso, todavía no leí pero del que es fácil suponer que disponga de más textos que los utilizados para componer la crítica de este profesor Elbo no sé si muy, o muy poco, o nada enfurruxado.

Ignoro si Juan Cruz Ruíz, objeto de la acerba crítica del profesor Elbo, publicada en el aún reciente número de "Qué leer", es merecedor o no de la diatriba, con la que le obsequia su crítico, iniciada a raíz de la ingenua confesión del autor y consistente en explicar que fue redactor de editoriales que mucho contentaban a los distintos gobernadores civiles reinantes en las Islas Canarias durante los años de franquismo, convirtiéndose por ello, por así haberlo hecho, en el ayudante del verdugo que su crítico señala.

Sé por experiencia propia que, las críticas hechas desde la pureza, suelen responder a estados de ánimo que, solo en escasas ocasiones, responden con la solvencia personal necesaria a efectos tales. No digo que sea este el caso del profesor Elbo, a quien ni siquiera conozco o había leído, ni mucho menos, sino que mantengo cierta convicción en que puros-puros los de La Habana y fieles-fieles únicamente los difuntos.

«Torrente Ballester sigue siendo un gran novelista pese ha recopilar el pensamiento joseantoniano de un modo que se diría impecable»

Cela no deja de ser un gran escritor por haberse ofrecido como censor o como informante en los primeros tiempos del franquismo. Torrente Ballester sigue siendo un gran novelista pese a haber formado parte de los intelectuales que apoyaron al gobierno de Burgos o haber recopilado el pensamiento joseantoniano de un modo que se diría impecable o haber sido profesor de Historia en los cursos de Alto Estado Mayor impartidos a los jefes del ejército franquista.

Se quiere decir con esto que, pese a ser las propias palabras de Juan Cruz las que sirven para apuntalar su condena, el hecho real es que el lector se queda sin saber si merece o no merece la pena leer el texto que de tal modo se comenta dado que, tal crítica, si es que esa crítica es, o forma parte, de la Literatura entendida como instrumento para que el ser humano también se reconozca en ella, no conduce precisamente a ese entendimiento.
Cierto es que también hay "gente así", pero no es mentira que hay comportamientos que son consecuencia de tiempos y circunstancias, de realidades y opresiones, y que mejorar será comprenderlos y disculparlos en su complejidad y realidad vital. Hay que levantar todas las fosas comunes, lo que no hay que hacer es echar en ellas más cadáveres.