La España que yo quiero

La España que yo quiero
El cantante y compositor canadiense, Leonard Cohen, tras ser galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2011, en el Teatro Campoamor de Oviedo. / J.L Cerejido (Efe)

La España que yo quiero es la de Leonard Cohen, la España a la que él vino a honrar cuando recogió el Príncipe de Asturias en Oviedo. “Eres un hombre ya viejo y no has dado las gracias”, dijo, y añadió que estaba allí esa noche “en agradecimiento a la tierra y al alma de esta gente que tanto me ha dado”. A continuación, en diez minutos emocionantes, dio sus razones.

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«Oír a Cohen pocos días antes de morir hablar de España es el mejor consuelo contra la ofensa de quienes nos identifican, por españoles, con la España franquista»

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Oír a Cohen pocos días antes de morir hablar de la España de Federico García Lorca es el mejor consuelo contra la ofensa de quienes, desde el secesionismo catalán, nos identifican, por españoles, con la España franquista. Como cuando intelectuales catalanes a los que admiramos quieren retratarnos en la caricatura del “a por ellos, oé, oé, oé”, como hace Manuel Castells. O cuando, como atracadores nocturnos, se han apropiado del antifranquismo para agredir a la patria de don Antonio Machado. La España que yo quiero no debe soportar tanta injuria.

La España de Cohen es la que, según sus palabras, le proporcionó una voz de poeta, la que descubrió en Federico García Lorca, la que, como dijo, “él me dio permiso para encontrar”. La España que también prestó al poeta canadiense su canción, que le hizo tan universal. La que aprendió en sus comienzos gracias a las clases de un joven español (“no sé de qué parte de España era”) que le enseñó seis acordes básicos del flamenco y a lograr el efecto del trémolo. “Ahora ustedes pueden comprender la dimensión del agradecimiento que siento por este país”, dijo emocionado, y también que su canción “proviene de este lugar, está inspirada en esta tierra”. Y aún dijo más sobre España: “Sé muy bien que una credencial de identidad no es un hombre”, pero también “que un índice de crédito no es un país”. Gracias, Leonard Cohen.

«La España de Cohen, la mía, es antifranquista, no es exclusiva de la izquierda y tiene en el franquismo uno de sus principales enemigos. Esa España hoy está herida»

La España de Cohen, la mía, es antifranquista, no es exclusiva de la izquierda y tiene en el franquismo uno de sus principales enemigos. Esa España hoy está herida, y no solo por las agresiones del “procés”. En un momento decisivo para definir el futuro inmediato del país, en el que se deben adoptar reformas urgentes, no se ven por ninguna parte los liderazgos políticos necesarios. Y menos aún en la izquierda nominal, la que representan PSOE y Podemos, evaporados de la escena, ubicados en el “no sabe, no contesta” ante los mayores desafíos del país, o coqueteando con soberanistas, en Cataluña y en Baleares, a los que el filósofo alemán Habermas equipara al partido de Le Pen.

Como en Francia en las últimas elecciones, también en España se comprueba el hartazgo de los electores, que buscan una ruptura política con las ofertas de los actuales partidos que representan un mundo que ya no existe. Como en Francia, aquí también habrá terremoto electoral, ya veremos de qué envergadura y con qué apellidos políticos. La volatilidad de las encuestas anuncia ciclogénesis electoral, aunque los dirigentes actuales pongan cara de “no pasa nada”. Ocurre porque los españoles buscan su “Macron”, y lo encontrarán.

«Los electores desconfían de unos viejos partidos apoyados en “una capacidad representativa que podría calificarse de identitaria”, que solo se dirige a sus clientelas»

No conozco mejor análisis sobre el cambio de paradigma político en Europa que el de Pierre Rosanvallon en “El buen gobierno”. En su tesis sobre el paso de una “democracia de autorización” a una nueva “democracia de ejercicio”, explica cómo los electores desconfían de unos viejos partidos apoyados en “una capacidad representativa que podría calificarse de identitaria”, que solo se dirige a sus clientelas. Su problema, el de partidos con muchos trienios y el de los nuevos que utilizan viejas prácticas, es que, como confesaba Cervantes cuando comprobó que su público de teatro le había abandonaba, “ya no hay pájaros en los nidos de antaño”. Don Miguel se dedicó a otros géneros literarios, con mucho éxito, pero nuestros Pedro y Pablo ahí siguen “erre que erre”.

Políticos alejados de la realidad, cuyo lenguaje “resuena en el vacío, saturado de categorías y expresiones abstractas que ya no evocan lo que la gente vive sensiblemente”. De ahí nacen los “Macron”, con el perfil del presidente francés u otro diferente, que han comprendido por lo que sobre la relación entre gobernantes y gobernados explicaba se preguntaba Abraham Lincoln: “Lo que quiero es hacer lo que la gente desea hacer, y para mí la cuestión es cómo conocerlo con exactitud”.

«Los políticos cambian de posición a conveniencia, se convierten en una máquina de promesas destinadas al vacío, una práctica de listillos para ir tirando. Todo lleva a “Macron”»

En la nueva “democracia de ejercicio” hay una condición inevitable, la de refundar un sentido de la responsabilidad ante los ciudadanos. Como hemos vuelto a comprobar estos días con las nevadas, aquí no dimite nadie, ni ante desastres electorales ni ante consecuencias dramáticas por mala gestión. Pero la gente no olvida, y todo lleva a “Macron”. Lo que se comprueba, día a día, es que las instituciones han sido ocupadas por “irresponsables” que priorizan su propia continuidad y no las urgencias de los ciudadanos, cada día más angustiados por su futuro, que detectan que no se tienen en cuenta su ira y su desamparo. Ven ahí arriba políticos que zigzaguean, que cambian de posición a conveniencia, que se convierten en una máquina de promesas destinadas al vacío, una práctica de listillos para ir tirando.

Para conseguir un vínculo de confianza entre ciudadanos y gobernantes, las nuevas demandas de los electores exigen en primer lugar un habla veraz, creíble, alejada de la lengua muerta en la que, con palabras de Manuel Valls, se ha convertido la palabra pública. Solo he visto en la política española actual algo que se pueda acercar a un lenguaje creíble cuando, en el Parlamento catalán, Inés Arrimadas, con el pasaporte en la mano, dijo que no estaba dispuesta a que le obligaran a visitar a su familia cruzando una frontera. Encontré ese aire de veracidad en esta mujer catalana de origen andaluz y no podía, desgraciadamente, estar más distante de los discursos lavados del socialista Miquel Iceta, que llegó a ofrecer un indulto a los secesionistas. Los electores del cinturón rojo tomaban nota.

«España nunca ha dejado de ser de centroizquierda, pero parece que las izquierdas han dado la espalda a los cambios sociales profundos que viven los españoles»

Lo cierto es que el escenario de los partidos políticos es hoy en España algo que se parece al desastre tras la tormenta. Las fuerzas políticas que forman el bloque independentista catalán ofrecen un espectáculo para el bochorno, especialmente los intelectuales del “procés” que, como Andreu Mas­-Colell, proponen ahora un gobierno técnico soberanista en Barcelona y “un liderazgo legitimista” en Bruselas. ¡Vergüenza! Del resto de partido, no se ve con claridad en el horizonte qué fuerza política española puede conectar con las expectativas de unos electores que exigen un cambio de marco político. Ahora las encuestas apuntan a un crecimiento claro de Ciudadanos, posiblemente porque son los que mejor están entendiendo las nuevas corrientes electorales. Se verá quien se lleva el gato al agua, pero son erróneas las lecturas que afirman que España ha dejado de ser de centroizquierda. No lo creo, más bien parece que las izquierdas han dado la espalda a los cambios sociales profundos que viven los españoles. ¿Ya no son rojos los del cinturón rojo?

De momento, Albert Rivera demuestra agilidad política cuando programa reunirse con el socialdemócrata italiano Matteo Renzi para apoyar las propuestas de Emmanuel Macron sobre soberanía europea, las que presentó en su discurso de la Sorbona, una hoja de ruta que debería haber hecho suya la izquierda española. Entretanto, Pedro Sánchez ha iniciado uno de sus viajes a ninguna parte, ahora para hablar de la banca o de las pensiones, no se sabe. Cuando lo más decisivo para el futuro del país se está jugando en Europa, en la formación del próximo gobierno alemán, por ejemplo. Cuestión de brújula.

En cuanto a la España que tanto admiraba Leonard Cohen, necesita para sobrevivir una revolución democrática. No sé cómo, pero llegará, y espero que pronto.