Pena de muerte revisada

Dead Man Walking
Cartel de ‘Dead Man Walking’, la opera estrenada en el Teatro Real de Madrid. / Facebook (Teatro Real)

Se estrena en el Teatro Real la versión operística de Dead Man Walking (1995), la película de Tim Robbins basada en el libro de Helen Prejean, la monja a la que da vida en la pantalla Susan Sarandon. La partitura, que cuenta con música de Jake Heggie, y las voces de la mezzosoprano Joyce DiDonato en el papel de Prejean y el barítono Michael Mayes como el reo, pretende lanzar al espectador el mismo mensaje humanista de la película, es decir, que la pena capital es una barbarie que no soluciona nada. Ignoro si lo habrá conseguido, pero la obra de la que parte alberga suficientes ambigüedades como para hacer dudar al espectador. El arte es algo condenadamente turbio, condenadamente complejo y condenadamente difícil. Es posible que, más allá de las intenciones de su creador y de las convicciones personales de los que participaron en ella, Dead Man Walking termine armando un alegato a favor de la pena de la muerte.

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Me explicaré. Una de las bazas fuertes de la cinta de Robbins es no mostrar al típico inocente que cae víctima de un error judicial, como hizo, por ejemplo, Robert Wise en la magnífica ¡Quiero vivir! (1958) interpretada con emocionado brío por Susan Hayward. Tampoco se centra en el drama judicial, donde difícilmente iba a superar el poderoso discurso de Orson Welles en Impulso criminal (1959), de Richard Fleischer, una película también basada en hechos reales donde los dos jóvenes acusados mataron a un pobre estudiante influidos por una enloquecida lectura de Nietzsche. Por cierto, es el mismo caso que había inspirado a Hitchcock La soga (1948), una cinta demasiado mecánica que, en mi opinión, resulta más endeble que la obra maestra de Fleischer.

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«La primera vez que vi la película quedé apabullado por la exhibición actoral pero aun así salí con la sensación de que me la habían metido doblada»

Al igual que aquel par de aprendices de superhombre, Matthew Poncelet, el personaje encarnado por Sean Penn, no es más que un asesino despreciable. Es culpable y, de acuerdo con la ley, merece morir. Tras la cámara, Robbins se empeña en demostrar que la muerte institucionalizada es un crimen insensato que no repara el daño cometido, que sólo multiplica el dolor al canjear un homicidio por otro. La primera vez que vi la película quedé apabullado por la exhibición actoral, la impecable factura técnica, el dominio del ritmo y de los tiempos, pero aun así salí con la sensación de que me la habían metido doblada.

No distinguí exactamente dónde estaba el problema hasta que un amigo, de cuyo nombre no puedo acordarme, me mostró la disonancia que resuena en la escena final: el tipo que muere frente a la mirada implacable de los familiares es un hombre mejor que el que mató a aquella pareja de enamorados. La pena de muerte cumple su cometido, el miedo a morir lo ha redimido, le hace confesar por primera vez su crimen, le obliga a pedir perdón a los deudos, lo devuelve a la especie humana. “No quiero dejar este mundo con odio en el corazón” dice. “Espero que mi muerte les sirva de algún alivio. Sólo quería decir que matar es un error, no importa quien lo haga, yo, ustedes o el gobierno”. Quizá para subrayar -inconscientemente- esa catarsis, flota en la escena una inequívoca música religiosa y Sean Penn, de pie, amarrado con correas a la camilla, forma la figura de un Cristo de brazos abiertos que va a pagar por sus pecados. Robbins no temió mostrar entonces la escena del asesinato, pero lo hizo a traición, de lejos, entre los melodiosos lamentos de Nusrat Fateh Ali Khan. Sus víctimas sufrieron hasta el último instante mientras él se queda dormido para siempre amparado por la oración de Helen Prejean. Valga una muerte por otra.