Desiguales ante la Ley

libertad de expresión
Hace solo un par de días la Audiencia Nacional condenó a un hombre a pagar una multa de 900 euros por insultar al rey Juan Carlos en Facebook. / Flickr

Todos los ciudadanos españoles somos iguales. Eso dicen los de arriba. Que tenemos los mismos derechos, que la Ley nos trata por igual, que no hay diferencias entre los ciudadanos por su cuna, su fortuna o su posición.

Es una sucia mentira.

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Tanto como cuando Mariano Rajoy, el presidente del Gobierno líder de un partido corrupto, advierte a Puigdemont que “en España el que se salta la ley lo acaba pagando”. Una mentira enorme, descomunal, mastodóntica, que debería avergonzarnos. Los españoles no somos iguales: la Ley nos trata de manera diferente según nuestro DNI, nuestra cuenta corriente, nuestro grado de relación con el poder.

Hace solo un par de días la Audiencia Nacional condenó a un hombre a pagar una multa de 900 euros por insultar al rey Juan Carlos en Facebook. Le llamó “corrupto malparido”, entre otras lindezas. Y el tribunal consideró que se trataba de injurias a la Corona, puesto que eran afirmaciones “evidentemente y literalmente difamatorias, innecesarias y desproporcionadas”. Para que usted me entienda, excedían el marco de la libertad de expresión.

Una libertad de expresión a la que, al parecer, se ajusta sin problemas la columna publicada ayer mismo por El Mundo bajo el título “La preciosa España”. En ella, uno de los colaboradores estrella del diario dirigido por Francisco Rosell se refería a los políticos españoles Pablo Echenique y Pablo Iglesias como “el famoso defraudador de la Seguridad Social Echeminga Dominga y su amo Pablenín el Caraqueño, que como torvo cinéfago no pudo soportar esas imágenes que ni en cien vidas podrían facturar, naturalmente en negro, él y su banda de chequistas lerdos”.

El columnista amparado y financiado por el diario de Unidad Editorial terminaba su texto, tras algunas otras barbaridades, asegurando que “Podemos y la ETA están con los golpistas de Tractoria. La mayoría de los españoles estamos encantado con Leonor”.

¿La Audiencia Nacional? Ni está ni se la espera. Se trata de la sagrada libertad de expresión, ese cimiento de la democracia que permite a una empresa de comunicación enriquecerse con el insulto mientras castiga al ciudadano de a pie.

Le llaman democracia, pero es una caricatura.