El negocio de la guerra civil

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‘Duelo a garrotazos’, obra de Francisco de Goya. / Wikipedia

Una amiga estadounidense nacida en Kentucky decidió tomarse unas vacaciones de su país cuando salió elegido Reagan y en 1981 vino a pasar una temporada en España. Como les pasa a tantos extranjeros que caen por aquí, se quedó más tiempo del que pensaba y cuando quiso darse cuenta llevaba treinta años viviendo en nuestro país. (Dato curioso: Pese a ser incondicional del Partido Demócrata, no ha votado a Hillary Clinton en las elecciones generales de 2016, sino que se abstuvo.) El otro día le pregunté qué fue lo que más le sorprendió de España cuando llegó y, tras pensarlo durante unos segundos, respondió: “La homogeneidad”. Cuando le pedimos ―era una cena en casa― que lo explicara, aludió a la uniformidad étnica española y a la monotonía en la vestimenta: “En un primer momento, todos los españoles me parecían iguales”, dijo. “Y todavía me sucede, hasta cierto punto”.

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«En la España de los ochenta pudiera parecer a una estadounidense recién llegada un país de población sorprendentemente homogénea»

El sincero comentario está desprovisto de inquina, pues su autora asegura que España es hoy un país más democrático que Estados Unidos. Pero a los allí presentes nos dio que pensar. Es comprensible que la España de los ochenta pudiera parecer a una estadounidense recién llegada un país de población sorprendentemente homogénea. La composición étnica de Estados Unidos está formada básicamente por un 77% de blancos, un 12,7% de afroamericanos, un 4,8% de asiáticos y un 0,9% de nativos americanos indígenas, con un 6% de otras razas. Pese a que los españoles nos consideramos blancos, el censo de Estados Unidos distingue entre el blanco de origen europeo ―el WASP (White Anglosaxon Protestant o Blanco Anglosajón Protestante) que reivindica Trump― y el Blanco Latino o Hispano procedente del continente latinoamericano. La minoría estadounidense de origen español (17,8%), que hoy supera a la minoría negra (12,7%), la forman 50 millones de ‘latinos’ hispanohablantes que han convertido el español en el segundo idioma de Estados Unidos, sustituyendo al francés como idioma extranjero estudiado en los colegios.

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Conviene tener presente que mi amiga estadounidense que huyó de Estados Unidos al salir elegido Reagan se crió en una plantación estadounidense de Kentucky, una inmensa finca autosuficiente que era casi como un pueblo y cuyo dueño ―su padre― era considerado un hombre muy avanzado por tratar humanamente a las decenas de trabajadores negros que allí vivían. El 55% de la población negra estadounidense reside en el sur del país, por lo que esa ‘homogeneidad’ de la población española que ella detectó en la década de 1980 alude, sin duda, a que España tiene una demografía casi 90% oriunda y el 12% de inmigración es mayoritariamente de origen hispanoamericano. En España solo hay 700.000 personas de etnia negra (un 1,5% de la población) y a finales del siglo XX apenas llegaban a 80.000. La guerra civil estadounidense comenzó en 1860 cuando siete estados sureños esclavistas declararon su secesión de la Unión tras haber salido elegido en noviembre de ese año el abogado Abraham Lincoln con una campaña antiesclavista. (Lincoln, por cierto, era del Partido Republicano, cosa que conviene recordar a los maniqueístas que parten el mundo en dos mitades políticas obligatorias). Después se unieron a la ‘Confederación’ otros cuatro estados esclavistas sureños, entre los que no estaban formalmente Kentucky ni Missouri, que mantuvieron un extraño estatus intermedio. El final de la guerra es bien conocido: en 1861 la Confederación perdió, la esclavitud se abolió y cuatro millones de esclavos negros estadounidenses fueron liberados.

«En noviembre de 2009 Estados Unidos elegía a un presidente negro para ocupar la Casa Blanca (construida a finales del siglo XVIII por esclavos negros)»

Un siglo y medio largo después, en noviembre de 2009, Estados Unidos elegía a un presidente negro para ocupar la Casa Blanca (construida a finales del siglo XVIII por esclavos negros). En 2016, a punto de terminar su segunda legislatura, el entonces presidente Barack Obama habló públicamente de la Guerra de Secesión, recordando que en Estados Unidos hubo un tiempo en que los estadounidenses “se mataban a palos”, conflicto que el país había logrado superar con un esfuerzo común. La prueba de esa superación era él mismo, sin ir más lejos. En España, donde el abnegado contribuyente se da todos los días un chute obligatorio de guerra civil ―políticos, periodistas, intelectuales y artistas aluden a ella (¿viven de ella?) de manera directa o indirecta desde hace cuatro décadas―, puede costar creer que existan países cuyos conflictos nacionales se hayan resuelto gracias al esfuerzo común de sus habitantes. Paradójicamente, puede suceder que una estadounidense venga a España y que sea la homogeneidad lo que destaca como elemento más llamativo de un país donde, ochenta y dos años después de estallar la guerra civil, el resentimiento entre las dos Españitas se conserva intacto.