Waco: El fin del sueño americano

Waco
Aspecto del rancho Monte Carmelo después del asedio de fuerzas combinadas del FBI y el ejercito en la localidad texana de Waco. / Wikipedia

La historia de Waco (el encarnizado asedio de 51 días en un rancho en Monte Carmelo por parte de un despliegue de fuerzas del FBI y del ejército que culminó en una matanza apocalíptica) fue objeto de un polémico documental, Waco, the Rules of Engagament, que en 1997 intentó analizar las diferentes perspectivas involucradas. Era, quizá, demasiado pronto para hacerlo, sólo habían transcurrido cuatro años desde los hechos, las autoridades negaban muchas de las barbaridades cometidas -desde el uso de gases lacrimógenos al empleo de tácticas de guerra psicológica- y no había manera de comprobar las diversas teorías surgidas en torno a la tragedia. Se dijo que David Koresh, el líder de la secta de los Davidianos, estaba loco, que abusaba de menores, que se proclamaba Jesucristo y que indujo a sus seguidores a un suicidio en masa. Ninguna de esas acusaciones era verdad, como tampoco lo era, por ejemplo, el testimonio de unos agentes del FBI que dijeron que el incendio final fue provocado por dos hombres de la secta. En realidad fueron los gases lacrimógenos con los que las fuerzas del FBI pretendían hacer salir a los hombres y mujeres atrincherados en el rancho los que se inflamaron y achicharraron a los pocos supervivientes que no habían encontrado la muerte asfixiados o tiroteados. Murieron más de ochenta personas, 27 de ellos niños.

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Casi un cuarto de siglo después, Paramount Network ha producido Waco, una miniserie de 6 capítulos narrada a partir de dos testigos principales: Gary Noesner, negociador del FBI, y David Thibodeau, uno de los supervivientes de la secta. Lo que sale en pantalla no deja muy bien parado al FBI, al presidente Clinton y a la justicia estadounidense en general. Para empezar, la rama de los Davidianos no era exactamente una secta sino una congregación de los Adventistas del Séptimo Día escindida del grupo original que se había ido al rancho de Monte Carmelo para estudiar la Biblia bajo la guía de David Koresh, su líder carismático. Los acusaron de pederastia, violencia y tenencia ilícita de armas. Únicamente el último cargo era cierto, aunque no según la ley de Texas, la más permisiva de los EE UU, que incluso permite la posesión de armas automáticas. Se rumoreó la posibilidad de que podían estar fabricando ametralladoras, pero, una vez concluido el asalto, no se encontró la menor evidencia. El sheriff del condado de McLennan, Jack Harwell, declaró tras los hechos que los Davidianos no eran más que un puñado de personas amables y solícitas: ancianos, hombres, mujeres y niños, que no causaban ningún problema a la comunidad a pesar de sus creencias religiosas. “Me gustaban” dijo. “Eran buena gente”.

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El líder de la secta de los Davidianos, David Koresh. / Wikipedia

Lo más sospechoso en la conducta de Koresh era la peculiar forma de poligamia que había montado alrededor: todos sus seguidores debían renunciar a sus esposas y entregárselas a él, una petición que unos y otras hacían alegre y libremente. Por lo demás, la libertad religiosa está garantizada por la Constitución estadounidense y la poligamia es común en otros cultos ampliamente difundidos en otros estados, como, por ejemplo, los mormones en Utah. La ATF (Oficina de Tabaco, Alcohol y Armas de Fuego) cursó una orden de detención contra él -no había absolutamente nada en contra del centenar largo de personas que habitaban el rancho-, pero nadie pudo explica por qué sencillamente no lo detuvieron cuando salía como todas las mañanas a correr por el campo. En lugar de eso -seguramente porque pretendían lavar la imagen del departamento después de varios escándalos y tiroteos fallidos- montaron un operativo de más de cien agentes y docenas de vehículos, acompañados por diversos periodistas y reporteros. La sucesión de despropósitos concluyó en un formidable baño de sangre entre fuego de helicópteros y muros derribados por tanques.

Ningún medio de comunicación criticó al gobierno en su momento por lo que parecía, como mínimo, una chapuza terrorífica. No fue, desde luego, la única masacre perpetrada bajo el amparo de la ley, ni tampoco sería la última en una sociedad que se estremece cada tanto por el cañoneo de las armas. Waco sólo ha sido una más, quizá la más flagrante, en el largo rosario de brutalidades estatales cometidas impunemente contra ciudadanos estadounidenses.