Salir de ‘lo de Cataluña’ sin miedo a ser tildado de mambí

lo de Cataluña
Imagen de la fractura total en el Parlamento catalán. / Efe

Casi todo el mundo se imagina cómo acabara ‘lo de Cataluña’; a favor de los secesionistas, unos; a favor de los constitucionalistas, otros; en contra de los catalanes, casi todos.

Publicidad

El caso es que es como para preguntarse qué es lo que hubiera podido pasar, qué es lo que sucedería si en vez de estar la sociedad catalana partida al cincuenta por ciento, como lo está, los independentistas hubieran esperado cuatro o cinco años más hasta alcanzar el setenta o el setenta y cinco por ciento de incorporados a la causa del Espanya ens roba y otras consignas tan equivalentes como decisivas a la hora de decantar las elecciones de un modo tan abrumador.

Publicidad

La respuesta a la pregunta formulada en el párrafo anterior sería la de que no habría nada que hacer y que nadie, al menos nadie considerado políticamente sensato, osaría, una vez alcanzado tal extremo, oponerse a una voluntad política expresada de modo tan contundente.

Cabe preguntarse entonces si lo que sucede es que los secesionistas se precipitaron y, por lo tanto, han errado el tiro, se han equivocado; en definitiva, que lo han hecho mal.

La respuesta a tal pregunta es la de que sí, de que probablemente se hayan equivocado y que, habiéndolo hecho mal, en menudo berenjenal nos han metido a todos.

«¿Qué hubiera pasado si en vez de ese cincuenta/cincuenta el resultado del referéndum le hubiese dado a los constitucionalistas un setenta por ciento de los votos?»

Llegados a esta conclusión, que algunos no han de dejar de considerar algo peregrina, cabría preguntar qué hubiera pasado si en vez de ese cincuenta/cincuenta (o cifras muy aproximadas) el resultado del referéndum, considerado con independencia de su legalidad o ilegalidad, le hubiese dado a los constitucionalistas ese setenta por ciento de los votos que, en los párrafos anteriores, bascularon a favor de los secesionistas; es decir, que los independentistas hubiesen alcanzado tan solo el treinta por ciento de los votos y no tuviesen nada que hacer dado tan abrumador resultado.

La respuesta a esta segunda cuestión se antoja obvia y se resume en la convicción de que, entonces y de haber sido así, los que se han equivocado han sido los constitucionalistas al no haber propiciado la consulta electoral de modo legal y en su debido momento, retrasándolo hasta meternos a todos en el berenjenal en el que nos han metido.

La sociedad catalana se ha fracturado al cincuenta por ciento y cabe pensar que la responsabilidad de la fractura haya que atribuirla a un clase política que se califica por si misma, sea el lado constitucionalista o sea el lado secesionista aquel en el que se inscriba. El problema es cómo salir de esto.

No puedo yo certificar si es cierto el párrafo que me transcribe un amigo. Se trata de unas cuantas líneas que forman parte de una carta manuscrita que Unamuno le envió a Azorín con fecha del día 14 de mayo de 1907 y que está siendo exhibida en la sede de la Biblioteca Nacional al amparo de una exposición celebrada bajo el título de “Yo, Unamuno”, así que debe de serlo, debe ser cierto.

El párrafo en cuestión se los transcribo yo ahora a ustedes para que lo consideren; dice así: “Merecemos perder Cataluña. Esta cochina prensa madrileña está haciendo la misma labor que con Cuba. No se entera. Es la bárbara mentalidad castellana, su cerebro cojonudo (tienen testículos en vez de mollera)”. Como diría nuestro muy eximio y mucho eximio presidente del gobierno central: “fin de la cita”. Ahora piensen lo que les de la gana. Pero antes deténganse a pensar en que si la mentalidad castellana cuenta con testículos en vez de con mollera qué será lo que albergue el cráneo colectivo catalán.

«El gobierno central lleva años fornicando al personal por vía administrativa y tanto se han debido acostumbrar que han delegado sus funciones en la vía judicial»

Se ofrece así tal posibilidad porque, si bien es cierto, que los catalanes han declarado su particular república de modo testicular y al margen de toda consideración legal, no es mentira que el gobierno central, cuyos componentes no dan la impresión de que lo lleven a cabo con la frecuencia debida y por vía natural, llevan años fornicando al personal por vía administrativa y tanto se han debido acostumbrar que hayan delegado sus funciones, en esta oportunidad, en la vía judicial. Al hacerlo así han horneado un pan como unas tortas al no responder, en su momento debido, a un planteamiento fundamentalmente político que debiera haber sido afrontado por ese y no por ningún otro camino.

Es indudable que no toda la prensa es ahora como Unamuno la describió en su tiempo. Aún equivaliendo la pluralidad de opciones y posturas, que cada medio sostenga y defienda, a una pluralidad de las manipulaciones que, sin duda, se están produciendo de un lado y de otro, esa pluralidad se redime y avala al ofrecer tantas opciones de pensamiento y reflexión como ofrece.

La crisis de Cuba a la que alude Unamuno, parangonándola con ‘lo de Cataluña’ habido en su momento, porque esto de lo de Cataluña recidiva como unas fiebres tercianas, ofreció en la prensa soluciones que, desde Madrid, sirvieron para calificar a quien las ofrecía como un mambí; lo que constituía el peor modo entonces conocido de descalificar a alguien.

Un significado ‘mambí’ de aquel momento, fue el poeta gallego Curros Enríquez, quizá el mayor poeta civil europeo de su tiempo, que pagó por ello, pagó por ser masón, que es otro modo español sui generis muy utilizado cuando no hay otro modo de descalificar a alguien, e incluso pagó por ser gallego.

Curros propuso entonces una solución para ‘lo de Cuba’ equiparable a aquella con la que los ingleses construyeron su Commonwealth. De haberle hecho caso y de no haber descalificado su intención como traidora, Cuba no se hubiese perdido como se perdió, los cubanos se hubiesen ahorrado la revolución castrista y España hubiese jugado un papel internacional muy distinto del que ha venido llevando a cabo desde que perdió un imperio equivalente al que, de un modo u otro, los británicos han sabido conservar.

«Se diría que la intelectualidad actual española y muy española intelectualidad ha desaparecido y que ni siquiera lo ha hecho en combate, por no decir en noble lid»

No se observan equivalencias mambises en la intelectualidad actual. Se diría de ella, de la española y muy española intelectualidad, que ha desaparecido y que ni siquiera lo ha hecho en combate, por no decir en noble lid. Tampoco la prensa -es decir, los periodistas y los todologos de todo tipo que pululan por las pantallas de televisión, los tertulianos políticos de la radio de primera hora de la mañana y otros especímenes mediáticos de difícil catalogación- es pródiga en aportar soluciones y se contenta con aportar crítica, escasamente constructiva, según la posición que defienda, correspondiente a cada medio, de modo que un espectador habitual ya puede colegir lo que ha de argumentar cada uno antes de que lo haga.

Y en estas y no en otras es en las que estamos, o al menos así se lo parece a quien esto firma, acaso porque sea escaso de mollera y esta no le de para pensar mucho más allá de que ya va siendo hora de que se busquen soluciones políticas a un problema que fue solo político, ahora ya es legal y no se sabe cómo o en qué ha de derivar al cabo de más tiempo de modo que no convenga demorarlo mucho más y entonces ya no podamos decir aquello de “más se perdió en Cuba”.