‘Godless’: mujeres de armas tomar

Godless
Imagen de la serie ‘Godless’. / Youtube

El principal inconveniente de muchas teleseries es que los productores, olfateando dinero, no se resignan a la idea de dejarla morir en su momento y deciden alargarle la vida por procedimientos artificiales. El resultado, en términos artísticos, es un zombi narrativo, un muerto viviente que va dando bandazos por ahí, arrastrando capítulos y temporadas cuando no daba más que para una y gracias. Así ocurrió, por ejemplo, con The Killing, remake de un original danés en la que los guionistas, con el cierre ya perfectamente empaquetado, tuvieron que improvisar una continuación ridícula en la que se rogaba a los telespectadores que olvidasen las contradicciones evidentes o, mejor, que se olvidasen del cerebro. Casos extremos son los de The Walking Dead, una teleserie cuya repetición constante de caracteres, conflictos y situaciones le da un aspecto entrañable de videojuego, o Homeland, una obra que pasa de la excelencia a la bazofia tan velozmente como los cambios de bando de su protagonista.

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Si Aristóteles advertía en su Poética que una obra de arte es como un animal cuya forma debe intuirse de un solo golpe de vista, tales aberraciones remiten a los monstruos de la mitología y a esos fabulosos engendros de las profundidades, repletos de ojos y tentáculos, y primos lejanos de Cthulhu. Afortunadamente, ‘Godless’, una producción de Netflix escrita y dirigida por Scott Frank, se ciñe a una duración estricta que la convierte en un compacto y prodigioso western de diez horas, seguramente el más notable realizado jamás para televisión, con la posible excepción de Deadwood.

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«La obertura de ‘Godless’, con la masacre de un pueblo entero, y la imagen del sheriff al contemplar una bestialidad insoportable, es de las que marcan época»

La obertura de ‘Godless’, con la masacre de un pueblo entero, y la imagen de un sheriff que cae de rodillas al contemplar una bestialidad insoportable, es de las que marcan época. El malvado Frank Giffin, que es algo así como la peste negra a caballo, invita a recordar aquella observación de Hitchcock, el cual aseguraba que una película es tan buena como formidable sea su villano. Si esto es verdad, pocos westerns pueden compararse a ‘Godless’, cuyo villano principal, repleto de versículos y sentencias bíblicas, podría ser una versión del infernal juez Holden, de Meridiano de sangre, si a Holden le hubiera dado por adoptar huérfanos en lugar de violarlos y matarlos. “No, yo no voy a morir así” dice cada vez que afronta un peligro insoslayable. “Yo he soñado con mi muerte, ya la he visto y no es ésta”. La apuesta se triplicó al darle este bombón a Jeff Daniels, un actor tradicionalmente encargado de personajes bonachones y que, como tantos otros que han encontrado una tabla de salvación en la pantalla pequeña, da un auténtico recital de actuación; sin duda su mejor papel desde La rosa púrpura de El Cairo y el del coronel Chamberlain en Gettysburg.

Con todo, la auténtica originalidad de ‘Godless’ radica en su escenario principal: un pueblo minero donde un accidente bajo tierra ha dejado viudas a más de medio centenar de mujeres y que será el centro de atracción de los forajidos. En ese ecosistema conviven varios personajes inolvidables: una pintora alemana que se pasea en pelotas por el pueblo; un sheriff al que todos consideran cobarde pero que en realidad se está quedando ciego; su ayudante, un chavalín intrépido y atolondrado. Y sobre todo, Maggie, una lesbiana gorda y malhumorada que convive con la profesora del pueblo, una antigua ramera que le suelta una declaración de amor para caerse del caballo:

“Recuerdo la primera vez que te vi. Estaba en el porche, leyendo el periódico. Llegaste al pueblo galopando sobre esa yegüa zaína que tenías. Como siempre, estabas enojada por algo. Te vi bajarte de esa yegua en una ráfaga de faldas y cabellos, y eso me bastó. Todavía te miro. Todo el tiempo. Sé todo sobre ti. Cómo sabes, cómo hueles. Podría encontrarte en la oscuridad”.

‘Godless’ se suma así a una serie de westerns como Meek’s Cutoff (2010) o The Keeping Room (2014), que, sin ser abiertamente feministas, sí reivindican el papel protagonista de la mujer en los escenarios del Lejano Oeste. En la obra de Scott Frank, el conflicto central se desencadena del enfrentamiento entre Griffin y uno de sus protegidos, Roy Goode, y además sazonan la trama muchos otros tópicos del western masculino: la hombría puesta en entredicho, la amistad contra todo pronóstico, el pistolero que quiere empezar una nueva vida. Pero también son las mujeres quienes tienen que atrincherarse para defender su vida a tiros mientras, Maggie, cargando un rifle, dice: “Estamos hartas de ser siempre las que esperan sin hacer nada”.

Netflix (YouTube)