Retrato de gobierno triste con colapso de fondo

  • La carpeta de Ángel Garrido está completamente vacía, como el discurso que está a punto de hacer ante los medios
  • Ángel Garrido es el único contento con la triste atonía de la foto. Era el objetivo: cuando Rajoy la vea estará convencido de que nada tiene que temer ante un panorama tan pobre

El alegre grupo se acaba de reunir en la sala del Consejo de Gobierno pero es una reunión irrelevante: todos están esperando que Mariano Rajoy decida quién va a continuar la obra regeneradora que dirigieron en esa misma sala Alberto Ruiz-Gallardón, Esperanza Aguirre, Ignacio González y la persona que los nombró a todos ellos, Cristina Cifuentes, a quien protegieron ferozmente por el fraude universitario, por las adjudicaciones irregulares, los lazos tamayos… pero no pudieron sostener tras la emisión de su vídeo apañándose unas cremitas; un vídeo de un inquietante costumbrismo lumpenburgués que, salvo los invitados a la videoteca de Génova 13, sólo habíamos podido ver en Bajarse al Moro, con Chus Lampreave acaparando baberos y mecheros, o en El Día de la Bestia, cuando Álex Angulo robaba libros de la FNAC como vía para entrar en contacto con El Maligno.

En la foto aparecen seis hombres, dos mujeres. No es un sello de esa grasa machista que desprende Garrido cuando se desparrama en el atril o se suelta en las redes sociales. Él todavía no ha firmado nada, es el gobierno de Cristina Cifuentes, en el que hubo incluso una mujer menos.

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Dos de los caballeros llevan una carpeta entre las manos y lo más parecido a una serena sonrisa que se esboza a la salida del Consejo. Son Ángel Garrido y Pedro Rollán, aspirantes entonces a la designación mariana. Podríamos pensar ingenuamente que sus carpetas contienen el organigrama del gobierno que aspiran a presidir. Pero no. La carpeta de Ángel Garrido está completamente vacía, como el discurso que está a punto de hacer ante los medios, como el que sabe que hará en la Asamblea de Madrid cuando convenza a Rajoy de que él no es nada, que no tiene aspiraciones ni poder, que no es de Cifuentes ni de ninguno de sus anteriores jefes, que es sólo un pelele con el que Rajoy puede hacer lo que le plazca.

La posible sonrisa de Rollán es algo más cínica. Le ayuda esa leve segunda fila que en el Partido Popular genera tranquilidad porque disminuye la cantidad de puñales que le apuntan y facilita clavar los propios en los que hay delante. No sabemos qué hay en su carpeta. Podrían ser sus acuerdos con Alejandro de Pedro, el Community Manager de la Púnica, para que le lleven las redes sociales: quizás por eso su twitter sea tan ortodoxo frente al desparpajo del otro aspirante. O acaso los expedientes de los tres sorprendentes másters (pero ninguna licenciatura) de los que hace gala en su currículo público. O quizás sea otra carpeta vacía: el aval de Rollán no es su limpieza ni su eficacia sino su sumisión a Génova sin intermediarios, su nada.

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La tercera fila la comparten los recién llegados. Quizás los que aún pueden simular sorpresa ante los episodios de El Padrino de los que acaban de ser espectadores de lujo. De los que aún puedan simular sus compañeros suponer que no tienen puñales prestos a ser usados.

Jaime de los Santos exhibe su principal talento: en última fila y en el centro de la foto al tiempo, orgulloso y cabreado, fingiendo no pertenecer a un mundo al que defiende con una energía que merecerían causas más decentes. Él vino aquí por amistad con Cristina, no se mete en política, salvo para inventarse la vida cultural de los diputados de la oposición, la política cultural del Ayuntamiento de Madrid y la Historia de España. No se mete en política y ya sabemos lo que ello significa. Está cabreado porque han matado a su amiga. La han matado los suyos, a los que ha defendido sin meterse en política. Ahí sigue, con los que han matado a su amiga. Como Joan Fontaine en Rebecca: destrozado por la muerte de su ama, disimulando su necesidad de protagonismo. En última fila, en el centro de la foto. Escondido para ser más visto.

El consejero de Sanidad, Enrique Ruiz-Escudero, adopta una ubicación menos retorcida: se esconde para pasar desapercibido, para que nadie repare en su existencia. En última fila, en una esquina y de entre las esquinas escoge la que hay detrás de Engracia Hidalgo, que eclipsaría a la mismísima Cifuentes si resucitara para un último selfie. Desde su escondite disimula su existencia. Recordaremos de estos tristes años a su antecesor, el lenguaraz tertuliano que recomendó hacerse abanicos dobla-dobla-dobla ante su fracaso. Desde su escondite no hace ruido, no abre la boca. Ni siquiera enseña a los niños a hacerse abanicos: mejor un golpe de calor que un mal titular.

Delante de él, la única nota de color. El estupefaciente gesto de Engracia Hidalgo acompaña el único traje colorido y rebaja el protagonismo de una estupenda y precisa melena que ayuda a esconder a su compañero sanitario. La amplia sonrisa se compensa con una preocupante mirada perdida. Algún periodista despistado la ubicó como presidenciable. Pero esa sonrisa con mirada perdida recoge su trayectoria como Consejera de Economía, que nos ha traído con exultante alegría datos económicos desastrosos. La sonrisa de oreja a oreja con la mirada de la deuda perdida, la desigualdad entre esa sonrisa y la mirada perdida de la Comunidad más desigual de España. Es la única que comparte primera fila con Garrido, la única que tendría que cambiarse antes de asistir al sepelio de Cristina Cifuentes, quizás no se acaba de creer que la agonía haya terminado en muerte. Ella no es muy de creerse la realidad observable, pero nunca una foto lo había reflejado con tal exactitud.

La mirada de Engracia Hidalgo se pierde en diagonal, atravesando al consejero de Políticas Sociales, Carlos Izquierdo. Es quizás quien menos se esconde: saca pecho, mira de frente, qué pasa. Es el consejero que fue reprobado también con los votos de Ciudadanos y su altivez parece querer decir “a ver ahora si me reprobáis, amigos”. Mientras los demás están preocupados por su futuro, Carlos Izquierdo sólo depende de que Ciudadanos apoye exactamente lo contrario de lo que dice exigir. No tiene ninguna duda. Carlos Izquierdo sabe que su futuro es firme.

Cinco hombres flanqueados por las dos únicas mujeres, ellas a los márgenes salvo por un hombre aún más al margen, el ex vicerrector de la Universidad Rey Juan Carlos y supuesto consejero de Educación con Cifuentes: Rafael van Grieken. Tenemos la certeza de que Cifuentes no lo conoció en las aulas de la Universidad que nominalmente compartieron. Fue quien más hizo por simular que ella había pisado esas aulas siendo quien mejor sabía que era mentira. No está escondido sino mirando desde fuera, como un Velázquez si no fuera porque su gesto no es observante sino amenazante. El gesto de quien sabe que es al primero que intentarán borrar de las fotos pero que ha aprovechado este mes para saber también mucho de quienes quieren mantenerse en la Puerta del Sol o llegar en breve cargados de másters de su Universidad Rey Juan Carlos, de Georgetown o de Harvard. Madrid es muy pequeña y su Universidad más. La seriedad de su gesto no es de cabreo. Está esperando: quien le mueva saldrá en la foto, que lo sepa.

La más indescifrable de la foto de grupo es Rosalía Gonzalo, consejera inédita de infraestructuras y transportes, que tuvo que bajarse de la confortable Mesa de la Asamblea cuando el PP necesitó sacar de las fotos al consejero que “mangoneaba los contratos de la púnica” y blindarlo judicialmente en el Senado. No tuerce el gesto cuando esconde el amianto, ni en la huelga nuestra de cada día que sucede bajo su competencia, no tuerce el gesto cuando obstaculiza todo intento de modernizar la movilidad de los madrileños. Cómo va a torcer el gesto cuando su partido deja una cabeza de caballo a su presidenta. Impasible el ademán pero muy presente en su afán.

Ángel Garrido es el único contento con la triste atonía de la foto. Era el objetivo: cuando Rajoy la vea estará convencido de que nada tiene que temer ante un panorama tan pobre, ni de ahí puede salir futuro alguno ni hay energía en ese grupo para gobernar la Comunidad ni mucho menos el partido ni intentar nada que no sea sobrevivir. Es sólo la foto de la agonía, la foto que necesitaba Garrido. Mariano puede estar tranquilo.