Cuando el trabajo mata y a nadie le importa

  • Según la OIT, en España fallecerían anualmente alrededor de 14.000 hombres y más de 2.000 mujeres por enfermedades debidas al trabajo
  • En las políticas actuales de prevención de riesgos laborales hay mucha seguridad y poca salud
  • A las enfermedades profesionales tradicionales se suma una verdadera epidemia de trastornos osteomusculares y mentales de origen laboral

Carmen Mancheño es secretaria de Salud Laboral de CCOO de Madrid

La afirmación de Jeffrey Pfeffer, uno de los más influyentes analistas actuales de la gestión del capital humano en las empresas, de que «el trabajo está matando a la gente y a nadie le importa» no es metafórica. El trabajo determina el sustento diario, grado de influencia social y nivel de vida de las personas, pero no sólo. Las condiciones en las que se realiza impactan sobre la salud y son, en pleno siglo XXI, causa directa de muchísimas enfermedades y muertes.

La mayor visibilidad de los accidentes laborales distrae de investigar más sobre otros daños a la salud como son las enfermedades derivadas del trabajo, incluso cuando sabemos que éstas provocan más dolor y muerte que los accidentes. La gran paradoja es que en las políticas actuales de prevención de riesgos laborales hay mucha seguridad y poca salud. Las enfermedades profesionales, invisibles, no figuran en los registros, pero merman silenciosamente la salud de trabajadores y trabajadoras.

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En algunos círculos del entorno empresarial se desprecia irresponsablemente esta vital cuestión. Escuchamos expresiones del tipo mientras se está matando gente, no me vengas con lo del riesgo psíquico”, con las que pretenden postergar sine die la prevención eficaz a todo lo que no sean accidentes de trabajo. Una tozudez desaprensiva que contiene, además, un planteamiento claramente ventajista para la empresa. Esto es, saben que los accidentes no se pueden esconder, pero que es fácil silenciar otro tipo de patologías laborales para no responder por ellas. Quieren ocultar lo que, por otra parte, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) ya ha concretado: las enfermedades laborales provocan cada año la muerte a más de dos millones de personas, seis veces más que los accidentes de trabajo.

España: 16.000 muertes al año

Desde cáncer hasta enfermedades mentales pasando por afecciones respiratorias, trastornos cardiovasculares y musculoesqueléticos y alteraciones dermatológicas, entre otras,  tienen su origen en el trabajo o pueden verse agravadas por él. Según la OIT, en España fallecerían anualmente alrededor de 14.000 hombres y más de 2.000 mujeres por enfermedades debidas a exposiciones en el trabajo. La mayoría sería por cáncer (9.400), trastornos cardiovasculares (3.600) y afecciones respiratorias (1.700), superando la mortalidad de la EPOC (enfermedad pulmonar obstructiva crónica), demencia, diabetes, cánceres de colon o de mama, hipertensión arterial o accidentes de tráfico. Sin embargo, oficialmente, en 2018 se declararon en nuestro país 28 cánceres laborales. Es escandaloso.

Además su naturaleza está cambiando. A las enfermedades profesionales tradicionales se suma una verdadera epidemia de trastornos osteomusculares y mentales de origen laboral como consecuencia del deterioro de las condiciones de empleo y de trabajo y de los vertiginosos cambios sociales y tecnológicos. Precariedad y recortes, agravados por el aumento de la desigualdad, recrudecen los peligros para la salud y traen otros nuevos. A los riesgos clásicos se añaden los del mercado de trabajo actual y de la organización del mismo. Flexibilidad y desregulación de horarios, precariedad, externalización y subcontratación, intensificación de ritmos y cargas de trabajo y un penoso etcétera que nos lleva progresivamente a un empeoramiento significativo de la salud en el trabajo.

El coste de la invisibilidad

El hecho de que los profesionales sanitarios no identifiquen las enfermedades laborales –ni la Seguridad Social las reconozca como tales– tiene implicaciones en el ámbito preventivo, social y también en el personal. Si no se reconocen, no son visibles y no se ponen de manifiesto los factores de riesgo que las han generado, tampoco se adoptan las medidas preventivas necesarias en la empresa; no se hacen políticas preventivas a nivel colectivo, y a nivel individual, el trabajador o trabajadora enferma no recibe ni las prestaciones adecuadas ni compensación alguna por el daño sufrido. Y al ser tratadas como enfermedades comunes, el coste lo asumen los sistemas públicos de salud cuando deberían hacerlo las Mutuas Colaboradoras.

Por estar sometidas a condiciones y posiciones sociales y económicas peores y expuestas a riesgos distintos, las mujeres sufren en mayor medida la precariedad laboral, agravada por la sobrecarga del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado. Los efectos sobre la salud en los empleos feminizados aparecen a largo plazo y quedan totalmente invisibilizados. Son doblemente víctimas: porque la prevención se olvida de los riesgos a los que están mayoritariamente expuestas y porque se encuentran con mayores obstáculos a la hora del reconocimiento de sus enfermedades. 

Hemos avanzado mucho en el reconocimiento a colectivos vulnerables y víctimas de inequidades como el terrorismo o la violencia de género. Debemos reivindicar y batallar por el reconocimiento de las víctimas del trabajo. Todas ellas y sus familias, con los cánceres laborales a la cabeza, se enfrentan a la desdicha de la pérdida de su salud, a veces de su vida, ante la indolencia y pasividad de nuestra sociedad.