Investir el relato

  • Este contexto de elecciones en el horizonte corrompe cualquier negociación    
  • Los  partidos no están negociando una investidura, están negociando un relato
 

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Imaginemos una pareja en conflicto, en la encrucijada de separarse, continuar su relación o incluso intensificarla. Lo peculiar de nuestro caso es que lo que cada uno decida será fundamental para la opinión que tengan de él en su entorno común: amigos, compañeros de trabajo, familia, vecinos... 

Es decir, tras la decisión, cada uno podrá perder o ganar el apoyo de todo su entorno, de manera que no solo se están jugando una relación de pareja, se juegan quedarse sin ese apoyo de amigos, vecinos, compañeros o, al contrario, ganárselo y que sea el otro el que pierda la simpatía de todo nuestro común entorno social. Y, según pasan los días, ambos van observando cómo está evolucionando ese apoyo. Quiero decir que cada uno ya puede ir sabiendo si, en caso de ruptura tendrá más apoyos de su entorno o, por el contrario, los perderá. ¿Qué supone eso? Pues que si percibe que con la ruptura logra más acercamiento y defensa de sus amigos, vecinos, etc. quizá no le preocupe tanto mantener la relación. Y que si, por el contrario, cree que separándose de su pareja, su entorno le abandonará y se quedará totalmente solo, probablemente tendrá más interés en continuar la relación. 

La vinculación de un entorno que te apoyará o te abandonará según tu decisión también tiene otras consecuencias. Por ejemplo que, durante todo el desarrollo del conflicto/diálogo con tu pareja, estarás pensando en cómo eres percibido por ese entorno común al que necesitamos ganarnos. Incluso se puede estar más atento a esa opinión que se pueda generar que a la propia negociación con la pareja. O dicho con el vocabulario de moda, se estará más atento al relato que se transmite de cómo se desarrolla el diálogo o ruptura de la pareja que al propio diálogo. 

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Si observamos, la interferencia de que todo se desarrolle en función de lograr la adhesión del entorno, provoca que sea ese el verdadero objetivo de nuestros actos, en lugar del que parecía lógico: definir y establecer un tipo de relación entre las dos partes en liza. 

En mi opinión, es esa perversión la que se produce en las negociaciones para la investidura del presidente del Gobierno. El fantasma, cada vez más tangible, de unas nuevas elecciones, provoca que lo importante no sea lo que cada parte ofrece o rechaza, sino cómo va a sentar eso a la ciudadanía. Una ciudadanía que dentro de unos meses quitará o dará el voto a las partes en conflicto. Del igual modo, las perspectivas -ciertas o imaginadas- de apoyo o rechazo en unas nuevas elecciones que tenga cada uno le condicionará para que ponga más o menos interés, acepte o no concesiones o incremente mucho o poco sus exigencias. 

El problema es que este contexto de elecciones en el horizonte corrompe cualquier negociación. Los  partidos no están negociando una investidura, están negociando un relato, todo lo que cuentan públicamente, las propuestas que anuncian, las concesiones que ofrecen y hasta las críticas al otro tienen como objetivo vender el relato a los electores. No están negociando un voto en una sesión de investidura están haciendo campaña electoral. No es verdad que todos pierdan con unas nuevas elecciones, algunos pensarán que pueden ganar y otros que pueden perder, de modo que en la actual negociación no está sobre la mesa el poder de los votos que cada uno tiene, sino también el de los votos que podrían lograr en unas nuevas elecciones y la estrategia de cómo conseguirlos. 

Pero tampoco le echemos la culpa a los políticos, son las reglas del juego. Si aquí todo se premia o se castiga con votos, toda la inversión política se hará para conseguirlos. Si la institucionalidad y sus regulaciones no son capaces resolver un gobierno tras haber votado y necesita volver a las urnas, los partidos siempre estarán de campaña, no construyendo nada. Hay, por tanto, que cambiar las leyes y su funcionamiento. 

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