Juego limpio y coherencia política

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Jesús Rogero es sociólogo, profesor en la Universidad Autónoma de Madrid

La llegada a la Presidencia de la Comunidad de Madrid de Isabel Díaz Ayuso ha venido acompañada de múltiples relevos en puestos de responsabilidad política. Como es normal, estos cambios han suscitado diferentes comentarios tanto en los partidos de la oposición como en la opinión pública, pero creo que conviene reflexionar sobre algunas de estas reacciones.

El gobierno de la Comunidad de Madrid es, con toda probabilidad, el más neoliberal y conservador de España. La región es líder nacional en desigualdad económica y geográfica; tiene el mayor grado de privatización sanitaria y el segundo menor gasto sanitario por persona; posee la menor inversión por estudiante, la mayor segregación escolar socioeconómica, las mayores ratios docente-estudiante y la mayor tasa de repetición por vulnerabilidad económica; sus Servicios Sociales son los menos desarrollados de todo el país; y tiene los mayores niveles de contaminación atmosférica de dióxido de nitrógeno y ozono.

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Lejos de planificar políticas que combatan esta realidad, las medidas previstas por el nuevo ejecutivo profundizan en la injusticia y en la desigualdad: entre otras, se prevé bajar aún más los impuestos a las rentas más altas, acelerar la privatización de los servicios públicos y seguir permitiendo el deterioro del entorno natural. Es evidente que a este gobierno le preocupan poco los derechos sociales, la igualdad de oportunidades, la cohesión social y el medio ambiente. Le importa mucho más preservar los privilegios de los poderosos y tapar sus casos de corrupción. En definitiva, el modelo de sociedad que defienden PP, Ciudadanos y Vox en Madrid es -y ha sido- clasista, inhumano e injusto.

Por eso, volviendo al tema inicial, me resulta incomprensible que el secretario de Estado de Educación, nombrado por el PSOE, desee a través de Twitter al Director General saliente de Ayudas y Becas al Estudio de la Comunidad de Madrid lo mejor en su nueva etapa, “sea la que sea”, y le felicite por su profesionalidad, cuando esa profesionalidad ha implicado manipular datos y apuntalar políticas inaceptables, como el avance en la privatización educativa o la aplicación de recortes que han deteriorado gravemente la educación madrileña; y cuando un nuevo cargo político para esa persona significaría seguir perjudicando a la ciudadanía. Comparto con el secretario de Estado la alabanza por el buen talante y los mejores deseos en lo personal, pero me parece un error desearle lo mismo en la política y hacerlo públicamente, pues se está ensalzando la eficiencia en la ejecución de medidas que deberían haber sido denunciadas por quien felicita.

Y también me resulta incomprensible que muchos se congratulen, a través de las redes sociales, de que personas valiosas que provienen de entidades defensoras de los derechos de colectivos vulnerables se incorporen al nuevo gobierno de la Comunidad de Madrid. Es el caso de la exdirectora de Sensibilización y Políticas de Infancia de Save the Children, del exdirector de Plena Inclusión Madrid o de la exdirectora General de Provivienda. La primera ha sido nombrada directora general de Infancia, Familias y Natalidad; el segundo, viceconsejero de Políticas Sociales; y la tercera, directora general de Servicios Sociales e Innovación Social.

La alegría por estos nombramientos es preocupante porque soslaya que detentar un cargo no es independiente de la ideología del gobierno al que se sirve; que participar en este ejecutivo implica, se quiera o no, usar la reputación personal para blanquear políticas tremendamente dañinas; y que la capacidad técnica de una persona en un área específica no basta para construir una sociedad más justa para todos y, especialmente, para los más desfavorecidos. A mi juicio, aceptar estos puestos es una decisión cuestionable, a pesar de las buenas intenciones, y lo plausible sería que estas personas contribuyeran a fortalecer la oposición política y social que tanto necesita Madrid.

Las relaciones en política, incluidas aquellas con quienes piensan diferente, deben estar guiadas por un trato respetuoso y cordial, pero no debemos confundir el respeto con el halago desideologizado. Podría parecer entonces que cualquier acción política es aceptable si se hace con “talante” o que formar parte de una estructura de poder no implica alinearse con su ideología y legitimar su acción global. Juguemos limpio y respetemos al rival, pero no renunciemos a nuestros planteamientos políticos.

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