COP25

Clima y farsa (III): Solo un ecosocialismo

  • "Ecosocialismo implica la justicia para la naturaleza y para los humanos, así como el equilibrio en sus interrelaciones"

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Contra lo que los hechos demuestran, y a despecho de lo que muchos quieren entresacar como dato positivo de una conferencia frustrante, la “conciencia ambiental” general no va en aumento. Una cosa es tener más información y afligirse, incluso, ante los desastres ambientales (que las televisiones nos ofrecen exultantes de haber dado con un filón inagotable) y muy otra el modular la conducta personal en sintonía con el vigoroso comportamiento que esa conciencia exige y, sobre todo, el intervenir socialmente; y de esto último hay bien poco, siendo lo de los “Viernes por el clima” un activismo que todavía hay que identificar adecuadamente y, sobre todo, comprobar cuál es su durabilidad.

En España es el movimiento ecologista prístino, el que nació con la lucha antinuclear, altamente politizado, antifranquista y anticapitalista, el que muestra el camino, pese a su discreción y a la hostilidad que hacia él dirigen todos los estamentos (casi los mismos que se “vuelcan” en la pantomima de la COP25, gobiernos y empresas, singularmente). Un ecologismo que, desde su inicio como movimiento social reivindicativo (o, mejor, en el caso de España, cuando superó y trascendió el trauma absorbente de la lucha antinuclear) presenta un programa de inteligencia y acción sobre los problemas ambientales del mundo en que vivimos, estableciendo la culpabilidad clara y razonadamente en el proceso de desarrollo socioeconómico, que ha menospreciado y agredido, sistemáticamente, a la naturaleza y la vida. Un ecologismo que se ha mantenido, en lo esencial, a distancia del juego de partidos políticos que pretendían incardinarse en esa filosofía.

De las formaciones políticas que se han reclamado del ecologismo, los Verdes españoles han demostrado ser una experiencia incapaz, autodestructiva, sin personalidad propia y con nefastos destellos de oportunismo (como aquel senador “verde” que lo fue por obra y gracia de su negociación con Izquierda Unida de Andalucía, o ese otro diputado “verde”, llegado a tal en virtud de un acuerdo con el PSOE, en cuyas listas hubo de figurar; y de los que nunca más se supo). Sin ideología consistente, siguen mostrando su incompetencia histórica esparciendo por aquí y allá algún concejal que otro, décadas después de aparecer en el panorama político español.

En el entorno de Izquierda Unida se llegó a hablar de ecosocialismo, sin duda como opción, más o menos seria, de reconversión política ante las perspectivas de decadencia; pero al unir su suerte a Podemos (formación que todavía no ha mostrado convicciones ecológicas) y adaptarse a un papel subsidiario, la oportunidad se esfumó.

O el caso más actual de Equo, cuya esperada ecología política ni siquiera ha sido reivindicada por sus militantes y cuyo fundador, Juantxo López de Uralde, ha conseguido cierta notoriedad (aunque muy, muy atenuada, ya que más parece un secuestrado que el líder de una formación de garra y futuro) por haberse unido a Podemos, con tan poca capacidad cohesiva que, con la crisis producida por Más Madrid, el tal líder se ha quedado sin partido, por fuga masiva de sus miembros, y él mismo ha permanecido en el limbo con tal de mantener el escaño.

Pudo, sin embargo, haber sido de otro modo, ya que la “escuela de ecología política” a la española la fundó el Centro de Estudios Socioecológicos en 1978, bebiendo de las fuentes francesas (Michel Bosquet, Écologie et politique, 1975; René Dumont: Seule une écologie politique…, 1977), sin prosperar debido sobre todo a la fagocitosis que ejerció el PSOE sobre muchos de sus miembros (cuando el PCE salía de la clandestinidad con un desarrollismo tan subido e impropio que mereció el rechazo inequívoco de las primeras organizaciones ecologistas). Y más recientemente, a principios de esta década, florecían ciertas esperanzas de una ecología política a escala europea en torno al líder francés de La France insoumise, Jean-Luc Mélenchon (quítesele el acento francés, si se quiere, que sus abuelos son murcianos), un tipo capaz y con tirón, pero del que nunca pudo asegurarse si estaba convencido o no.

Es un profundo descreimiento, con menosprecio, el de la inmensa mayoría de la clase política (de derecha e izquierda y en todo el mundo) hacia el medio ambiente, basado no sólo en la ignorancia y la falta de interés en documentarse y sensibilizarse (ya que no admite su preeminencia) sino en la tirria y el aborrecimiento que le dispensan, ya que es considerado un estorbo, un asunto molesto sin productividad electoral o política. Porque el problema de la incapacidad política generalizada es ése: que las actuaciones leal y profundamente ambientales ponen patas arriba al sistema entero, y para eso no están nuestros políticos, que se mueven por la urgencia y el interés electoral, las obligaciones programáticas de poco calado y menos seriedad, y los “resultados” atractivos en políticas públicas, sin atender al duro elemento corrector que es el ambiental.

De ahí que las formaciones políticas verdes, o ecologistas, no obtengan audiencia ni cauce, y por ello el ecologismo se ha configurado como un movimiento social que, siendo necesariamente de izquierdas, suple y supera los deberes de la política funcional. Desde este punto de vista, es superfluo pretender que haya partidos ecologistas, y cuando el grupo Verde del Parlamento Europeo pretende representar a la discreta, aunque colorista, constelación de partidos nacionales de esta índole, no quiere reconocer que el corsé comunitario, feroz e intransigentemente liberal, no permite forzar al gobierno europeo (la Comisión) a realizar las políticas ambientales necesarias; que éstas no son ni el mercadeo de emisiones ni la promoción del coche eléctrico ni la delimitación de espacios protegidos, programas todos ellos destinados a incrementar la actividad económica y los negocios, como impone el código genético de la UE, como producto del poder económico europeo e internacional.

Se trata, pues, de ecosocialismo, si es que ha de definirse una filosofía política que entienda y asuma el problema global ambiental como acción básica y prioritaria. Un ecosocialismo que no es el marxista, ya que considera necesario negar esa clave histórica del desarrollo incesante (salvífico, progresivo) de las fuerzas productivas, por nefasta ambientalmente y, en consecuencia, también socialmente; porque la realidad de un mundo limitado, el marxismo clásico no la ha encajado nunca. El socialismo centralista ha sido igual de antiecológico que el capitalismo, y el socialdemócrata no ofrece nada de interés, dado su condicionante básico liberal.

El ecosocialismo implica la justicia para la naturaleza y para los humanos, así como el equilibrio en sus interrelaciones, y la equidad social como base de la acción política; es decir, la austeridad en el consumo personal y social (con reducción generalizada de la producción) y la atención prioritaria a las necesidades y la dignidad humanas. En ese sentido, el “Estado de bienestar”, que es resultado de la desigualdad planetaria injustamente establecida por los países occidentales, que han subyugado al mundo entero en lo político y lo ecológico, no cabe en el discurso ni las promesas o las expectativas de futuro; y debe reconvertirse, según el ecosocialismo, para adquirir el modesto, pero más justo, carácter de “Estado de moderación”.

La serie completa

Clima y farsa (I): El espectáculo debe continuar

Clima y farsa (II): La iniciativa, para los que contaminan

Clima y farsa (III): Solo un ecosocialismo

1 Comment
  1. Julio Loras Zaera says

    Un poco de rigor, Pedro: justicia para la gente es un valor primordial; justicia para la naturaleza es un sinsentido. Y si estudiaras los rudimentos de la Ecologia (me refiero a la ciencia, no almovimiento sociopolítico), comprenderías que los equilibrios en la biosfera no existen; o mejor dicho, solo existen en la muerte. Valdría más que hablases de prudencia y moderación.

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