El final triste de la Ley Sinde

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Álex de la Iglesia responde a los medios. / Alberto Ortega - Academia del Cine

Lo que mal empieza tiene grandes probabilidades de terminar de la misma manera. La frase hecha se convierte en realidad, como sabio es el refranero español en la mayoría de ocasiones. Ni proverbios chinos ni gaitas. En castellano se escriben las verdades el barquero  que siguen definiendo a la perfección las situaciones que nos depara tanto nuestra vida cotidiana como las andanzas de la política patria.

Alex de la Iglesia deja la presidencia de la Academia del Cine, y lo hace en medio de la tormenta desatada por el acuerdo entre PSOE, PP y CIU para aprobar los puntos más polémicos de la Ley de Economía Sostenible, conocidos popularmente como Ley Sinde, en honor a la ministra que recibió el encargo de poner coto a las masivas descargas de material protegido. Cine y música, para ser más exactos, que en nuestro país es consumido en ingentes cantidades sin pagar un euro, gracias a las ya famosas páginas como seriesyonkis.com.

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De la Iglesia movió ficha con bastante más criterio que el Ministerio de Cultura. Citó a algunos internautas - que los medios calificaron como representantes de todos y los interesados afirmaron hacerlo sólo en su propio nombre - para intentar acercar posturas sobre un asunto enquistado, manoseado y enredado hasta el límite de fractura. Mientras eran vilipendiados artistas y periodistas que osaban no apoyar sin reservas la revolución de salón organizada para proteger a los que se forran con las descargas de material que no les pertenece, el todavía presidente de la Academia logró lo que parecía imposible: que desde la Red muchos entendiesen que lo que está pasando requiere una solución que deje de perjudicar a los creadores, y también asumir que el modelo de negocio de la industria musical y cinematográfica lleva obsoleto mucho tiempo, y ha tenido gran parte de la culpa en la eclosión de webs-negocio para hacernos gratis con los últimos estrenos. Se avanzaba. Incluso el propio PSOE y Alex de la Iglesia asumían un decálogo publicado en cuartopoder, calificado como “10 bases para el diálogo” en el perfil de Twitter de los socialistas. En esas estábamos, cuando se anunció el acuerdo para sacar adelante la ley, con más matices sobre el texto inicial, pero con la misma ineficacia que lo impregnaba desde el principio.

La Ley Sinde no será eficaz por una sencilla razón: en su redacción se siente el desconocimiento del funcionamiento de Internet. Desde la criminalización de la verdadera base de la Red, los enlaces, hasta la obviedad que supone el hecho de que los servidores que albergan las páginas perseguidas no se encuentran en España, sino en países a los que la lesgislación de nuestro país no podrá llegar para meterles mano. Una ley que proteja la propiedad intelectual, teniendo en cuenta los avances tecnológicos, es necesaria y justa. Ya no se trata de hablar del “todo gratis”. Hablamos del “todo vale”, y eso es intolerable. Lo que aprobará el Parlamento no solucionará el problema. Alex de la Iglesia había trazado un camino, gracias a su participación en redes sociales como Twitter y  la predisposición a escuchar, que podría haber llevado a una redacción más lógica de la ley. No ha sido así. Esa vía de diálogo ha sido cercenada por el pacto político y la actitud de otros que le tenían ganas al director de cine. La estrategia de pasillo, que es como funciona la política en nuestro país. Cierto es que nuestros verdaderos representantes, insustituibles por otros, son los que se sientan en Congreso y Senado. A ellos les corresponde la labor de legislar, pero todos esperábamos que la participación de los ciudadanos se hiciese notar. Eso que llaman Open Government, la entrada de los españolitos de a pie en la toma de decisiones a través de las nuevas tecnologías, tendrá que esperar. Del análisis de los errores cometidos por todos durante este largo año deberán sacarse importantes conclusiones, para que la próxima vez no tengamos este semblante triste, tras un final que muchos esperábamos nada parecido al happy end,  y que a nadie deja contento.

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