¿De quién son mis genes?

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Cartel de la campaña de ACLU contra las patentes de genes humanos. / aclu.org

Hoy se puede decidir el destino de la moderna biotecnología y el de la salud de muchas mujeres. Un tribunal de EEUU tendrá que ver si se pueden patentar genes humanos relacionados con el cáncer. Los jueces tendrán que escuchar los argumentos de varias organizaciones de derechos civiles y asociaciones médicas que rechazan que la vida se pueda patentar. En el otro lado, los de quienes sostienen que sin patentes la investigación médica no podrá avanzar.

Hace ya más de una década la empresa Myriad Genetics patentó dos genes, el BRCA1 el BRCA2. La presencia de mutaciones en ambos se había relacionado con varios tipos de cáncer hereditarios de mama y ovarios. Las mujeres que portan estos genes mutados tienen entre un 36% y un 85% de riesgo de desarrollar la enfermedad. Tras conseguir las patentes de la Oficina de Patentes de EEUU (USPTO), Myriad desarrolló un test genético que comercializa a 2.350 euros la pieza.

En 2009, La Unión Americana por las Libertades Civiles (ACLU) y la fundación PubPat (una ONG contraria al actual sistema de patentes), en representación de varias asociaciones médicas, de investigación y de mujeres, demandaron a Myriad Genetics y a la USPTO. En marzo del año pasado, un juez  de distrito de Nueva York anuló las patentes alegando que los productos de la naturaleza no se pueden patentar. La empresa recurrió ante una Corte de Apelaciones de Washington (una especie de segunda instancia en el sistema legal de EEUU).

El juicio, que se inicia hoy, ha levantado gran expectación en EEUU. Los demandantes sostienen una negativa general: los genes no pueden ser patentados. Pero también argumentos concretos. Para la ACLU y los colectivos que representa, las patentes de Myriad están frenando la investigación contra el cáncer. Ningún otro laboratorio puede investigar sobre el BRCA1 y el BRCA2 sin pagar a Myriad. Otro de los argumentos que alegan es que se está perjudicando a la salud de las mujeres estadounidenses. La empresa tiene un monopolio de facto sobre los test. Aunque la seguridad social de 34 estados de EEUU corre con los gastos (o piensan hacerlo) del BRACAnalysis, hay otros 16 que no lo subvencionan. Y el precio lo pone Myriad.

En su defensa, la empresa alega que las secuencias genéticas aisladas del cuerpo sí se pueden patentar. También argumenta que fueron ellos los que consiguieron aislar ambos genes. Sin sus años de investigación e inversión, no habría hoy test para que las mujeres puedan conocer si tienen riesgo de padecer un cáncer de mama años antes de que lo hayan desarrollado. "Se han salvado incontables vidas gracias a nuestros esfuerzos..." dijeron en un comunicado publicado tras la primera sentencia. Para esta compañía, sin la protección de las patentes, no existirían estos test.

Pero a los demandantes les ha salido un aliado inesperado. El Solicitor General, una especie de abogado principal del Estado que interviene en casos que ve el Tribunal Supremo, alegará en el juicio que, para el Gobierno de EEUU, "la estructura química de los genes humanos nativos es un producto de la naturaleza, y no deja de ser un producto de la naturaleza cuando esa estructura es aislada de su entorno natural, como lo son las fibras de algodón que han sido separadas de semillas de algodón o el carbón que se ha extraído  de la tierra", argumenta en sus alegaciones. Según dicen en Bloomberg, es la primera vez que esta figura jurídica, que depende del Departamento de Justicia, acude a una segunda instancia.

Decida lo que decida la Corte de Apelaciones, el tema va camino de acabar en el Tribunal Supremo. Se juega mucho aquí. Para buena parte de la comunidad científica, las patentes de genes (humanos o no) son la base de la biotecnología y todas sus promesas. Muchas empresas han invertido grandes cantidades de dinero en este nuevo negocio. Pero el resto de la comunidad científica alega justo lo contrario. También está el lado ético de la cuestión. Hay 35.000 patentes relacionadas con los genes ante la USPTO y, se calcula, que un tercio del ser humano ya está en manos de empresas y laboratorios de investigación.

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