El movimiento Anonymous en España, o chutarse Braveheart en vena

Una de las imágenes representativas del movimiento Anonymous

Sí, ya lo sé. Muchos con ganas de revolución darían un mes de su suscripción a Megaupload si en este país tuviésemos un dictador al que amargar la vejez. Una excusa razonable para salir a las calles provocando a la policía para que nos mida el lomo con la porra, teniendo así la coartada perfecta para hablar de un estado tomado por las fuerzas de seguridad. La arcadia feliz que se sueña delante de la pantalla del ordenador tiene forma de país oscuro y gris, con las calles infestadas de agentes de paisano que identifican y detienen indiscriminadamente a los sospechosos de no comulgar con el discurso único del régimen totalitario. Bajo la máscara del mostacho crece la ilusión de una lucha por las libertades contra el partido único, y el ego de los anónimos aumenta exponencialmente con cada noticia que se publica en los periódicos sobre sus andanzas, o cuando un gurú de la Red avala su cruzada.

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En sus comunicados hablan de que el “principio inherente al movimiento Anonymous es luchar por los derechos humanos, la libertad de expresión y la transparencia. En las calles, nuestra lucha toma forma de manifestación pacifica. En las redes, hacemos lo propio”. Pero la verdad, la testaruda e irrebatible realidad, es que sus acciones en Internet no son más que violencia telemática. La última, tumbar la web de la Policía Nacional española después de que esta detuviese hace unos días a algunos miembros del movimiento, no puede calificarse de pacífica. Incluso si la fuerza policial estuviese al servicio de una dictadura, se estaría respondiendo a la violencia con violencia. Así de claro. También es mucho más sencillo y ligero para la conciencia no pensar en las consecuencias que tiene la iniciativa. Esperemos que durante el tiempo que la página web del Cuerpo Nacional de Policía estuvo caída ningún ciudadano tuviese la urgencia de buscar una comisaría cercana para acudir por necesidad. Parece que el juego tiene menos gracia si lo vemos desde esa perspectiva.

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El cine tiene la capacidad de enardecer nuestras convicciones. Seguramente si uno visiona Braveheart varias veces al día el espíritu rebelde y justiciero suba muchos enteros en la vida personal del sujeto sometido a semejante tortura cinematográfica. Igual le pasaba a otro cuando escuchaba a Wagner, y le entraban unas ganas horribles de invadir Polonia. Siento mucho que en España tengamos una democracia, con sus muchos defectos y virtudes, que nos permite expresar por diferentes cauces y con total libertad de expresión lo indignados que estamos con la misma y la necesidad de cambios profundos para mejorarla. Mientras en la película V de Vendetta sólo había un canal de televisión que lanzaba el mensaje oficial y su pirateo era la única fórmula para dirigirse al pueblo, no parece que en España falten medios de comunicación que sirvan de altavoz a las reclamaciones que desde hace semanas se hacen en las plazas de medio país. Puede que muchos hubiesen querido nacer en el Chile de Salvador Allende y luchar contra el alzamiento de Pinochet, o haber vivido la primavera árabe en primera persona y no a través de las informaciones que publicaba la prensa y redes sociales. Ya. A mí, personalmente, me sigue emocionando mucho más el discurso de las alamedas del que fuera Presidente chileno que cualquiera de los dos que reproduzco en este artículo. Los guiones de ficción producidos por las multinacionales del séptimo arte sustituyen a la memoria de los pueblos, incluso con el concurso de los supuestos defensores de las esencias.

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Todos tenemos un pequeño libertador dentro que clama por salir a las primeras de cambio. Para darle rienda suelta no es necesario inventarse una sociedad utópica a nuestra medida, y justificar de esa manera actos delictivos que atentan contra la misma libertad de expresión que se dice defender. Que no son pacíficos, por mucho que parezcan heroícos a los ojos de nuestos colegas de foro. Hace muchos años, cuando desde otros países se veía la injusticia totalitaria avanzar contra los defensores de la libertad y la democracia, la solución era diferente. Ocurrió en la Guerra Civil española. Jóvenes de todas las nacionalidades y condiciones llegaron a España para defender con su vida si era necesario los ideales que hoy los anónimos proclaman desde la comodidad de su habitación. Nadie dijo que en Inglaterra no había democracia para quedarse en casa y no bajar hasta Madrid para defender la capital de los fascistas. En Libia, Siria o Yemen todavía muere gente peleando por la libertad. No insultemos su lucha gritando a los cuatro vientos que tumbar la web del INEM es un acto de heroismo internacionalista.

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