A los franceses no les gusta Alberto Contador, están cansados de Rafa Nadal, y la culpa es de Miguel Indurain

Alberto Contador / www.albertocontador.com

Tiene que ser muy complicado ser francés y aficionado a determinados deportes. Tener en propiedad y sacar pecho de tu Roland Garros y el Tour de Francia, orgullo nacional y producto de marca reconocida a nivel mundial, estimula muy dentro esa actitud  patriótica que siempre han practicado nuestros vecinos del norte desde que sacaron la guillotina a la plaza para cambiar de régimen político. Cómo iban a esperar que los pobrecitos del sur – África comenzaba en los Pirineos – comenzasen a ganar sus torneos estrella sin pausa y con abrumadora superioridad, sin que nadie les hiciese sombra.

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La cosa viene de hace unos años, y tiene un detonante. La humillación nacional a manos del enemigo siempre considerado inferior y atrasado. Se corría el Tour del año 1992, y Miguel Indurain comenzó su etapa contrarreloj seis minutos más tarde que la estrella francesa, el eterno guerrero irreverente Laurent Fignon. Seis minutos, la pausa para fumar un cigarro en el trabajo. Un mundo entre dos grandes del ciclismo. La crono perfecta. La mejor de todos los tiempos. Indurain terminaría doblando a Fignon y ganando la ronda gala, pero algo se partió en los corazones de los franceses. Besaba el barro su última gran estrella en decadencia. Le arrastraba a los infiernos del final de su carrera un español, un “extraterrestre“, como le bautizaron, que pasaría a la historia de este deporte. No contentos con esa escena terrible de la flecha con los colores del Banesto levantando los dorsales a la rubia estrella francesa, tendrían que soportar los cinco años de dominio total y absoluto de Indurain. No había mayor ofensa para los vecinos que recorrer el aeropuerto Charles de Gaulle al grito de “¡Indurain, Indurain, Indurain!“, y negaré haberlo hecho, incluso bajo tortura. Les teníamos ganas.

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Moyá, Bruguera, Santana, Gimeno, Sánchez Vicario, Costa, Ferrero y Nadal. Nombre a cualquiera de ellos y sus evoluciones sobre la tierra batida de París, y el aficionado francés se estremecerá recordando un palmarés en el que no hay un compatriota suyo desde hace décadas. Si observamos el individual masculino de los últimos veinte años, las banderas españolas pueblan las finales sin que otro país pueda hacer sombra a los tenistas españoles. Supongo que por eso aplauden a Roger Federer en la pista central cuando se enfrenta a Rafa Nadal. Quizás la victoria de un suizo sea lo más parecido la gloria francesa. Menudo consuelo.

Ahora también tenemos un mundial de fútbol; y de baloncesto; y de balonmano… Y nos miramos a los ojos en los grandes deportes. Por eso abuchearon a Alberto Contador hace un par de días en la presentación del Tour; porque denigrando al mejor ciclista del momento, cuya honorabilidad deportiva ha sido puesta en duda por un más que dudoso caso de dopaje, expían el ridículo de su selección de balompié en Sudáfrica. Por ejemplo. O la ausencia de un ciclista gabacho que sea capaz de ganar la ronda gala . Rezan para que Jo-Wilfried Tsonga sea el tenista que les devuelva su torneo más importante, pero le falta temple y fibra de ganador. Se ponen cuidados paliativos al orgullo patrio, arrojando una sombra de duda sobre las victorias del gran campeón español. No es trigo limpio, comentarán, así gana cualquiera. Ya no se acuerdan de Richard Virenque, otro gran ídolo ciclista francés, sancionado por dopaje. Ni con esas ganó un Tour. El último compatriora suyo que lo hizo fue Bernard Hinault en… 1985. Ha llovido tanto desde entonces, que cuando vieron a Contador en la presentación de los equipos que correran su Tour de Francia, los aficionados, el orgullo nacional herido, no pudieron contener la bilis. Aquí está otra vez, y viene de ganar el Giro. Encima. Siempre tuvieron la esperanza de que en los despachos se impidiese a Contador arrasar en las curvas de Alpe d’Huez. Nunca abandonaron la idea de que fuese un luxemburgués el que ganase este Tour. Como en el tenis, en las últimas décadas sería lo más parecido a que lo ganase un francés. Siempre les quedará el consuelo de ver la cara de Michel Platini cada vez que tiene que entregar la copa de campeón a un equipo español de fútbol. Qué mal lo pasa el hombre.

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