Los 10 peores tipos de orador político

La evolución de las técnicas de telegenia, oratoria, formación para líderes y otros estudios para transmitir a los políticos la mejor forma de hacer llegar su mensaje a los ciudadanos se notan poco en el panorama patrio de lo público. Los vicios adquiridos o el hecho de que casi nunca pase nada con independencia de lo que se diga o cómo se diga, hacen que cada vez que vemos a alguien por televisión hablar pronunciando todas las sílabas de forma correcta y con algo de fondo en el discurso, no toquemos el mando a distancia, sobrecogidos por la sorpresa. Con algo de humor, que para eso estamos en verano, aquí les dejo los que considero diez peores tipos de orador político. Modelos de comportamiento ante la prensa o el soberano que se repiten sin remedio, para desgracia de periodistas y pueblo en general. Los nombres propios de políticos españoles que puedan adjudicarse a cada apartado es una labor que les dejo a ustedes, acogiéndome al punto cuarto de este pseudotratado de comunicación política, y a su buen criterio.

1º Me creo Obama

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En este tipo de oradores encuadramos a los que, sin serlo, se creen bendecidos con el mismo don para la oratoria de Barack Obama (y eso que no es para tanto), o el propio John F. Kennedy. Su tono de voz y pose ante la cámara es regio, de solemnidad, aunque lo que estén anunciando sea un paquete de medidas para la ganadería (con todo el respeto). No les importa. Para el orador “Obama”, cualquier momento es bueno para mostrar su potencial mediático, y probablemente así lograr el favor de los próceres del partido. Desde el punto de vista del público que asiste a su disertación, la inmensa mayoría piensa que tras hablar de vacas presentará su dimisión, o algo por el estilo, debido a que su tono parece el del presidente americano antes de anunciar que se habían cargado a Bin Laden. La inmensa mayoría de los periodistas, contiene la risa.

ticketea

2º Gila

“Alguien ha ‘matao’ a alguien” Con esta frase para la historia, Gila trataba de desenmascarar al asesino utilizando la táctica del desgaste psicológico. El orador político tipo Gila se deshace en metáforas y circunloquios, con tal de no decir en román paladino lo que todo el mundo sabe. Con esta táctica trata de arruinar la paciencia tanto de los votantes como de los periodistas, en un vano intento por pegar la patada para adelante al problema que le acosa. El problema es que este no es un balón, sino un boomerang, y volverá con más fuerza y envenenado a la sala de prensa. Eso por no destacar los cortes que se verán y escucharán en radio – quince segundos de dolor -, que dejarán atónito incluso al ciudadano más centrado en lo político.

3º Groucho Marx

“La parte contratante de la primera parte…”. Otra frase mítica del cine, que sirve perfectamente para definir al orador Marx. Groucho, en este caso, y no Karl. A este experto en el arte de marear la perdiz se le suele reclamar cuando el frente se desarrolla en el terreno legal. Plantado ante los periodistas, sacará a relucir un inmenso repertorio de términos jurídicos para intentar llegar a una conclusión: la cárcel es un premio a la gestión y el trabajo en lo público, y no algo reprobable. Todo el mundo es feliz por ir a declarar delante del togado. Y además, la culpa de todo la tiene un juez, y Madrid V-Soto del Real es un campo de golf.

4º La quinta enmienda

No responderé a nada, por tanto, mejor no me hagan preguntas. Es el más sencillo de todos. Llegar, leer, salir. Pese a las protestas de los profesionales de la información, el modelo se extiende.

5º Estoy superfeliz, estoy superfeliz

En el modelo creado por Belén Esteban se trata de poner cara de orgasmos aunque la que esté cayendo sea una lluvia torrencial de críticas nunca vista. Si el orador Obama se pone la piel de estadista en cada comparecencia, el orador superfeliz muestra su jolgorio como evidente síntoma de nula preocupación ante la adversidad. El problema es que, en las casas, la expresión del soberano es algo así como: ¿De qué cojones se ríe? Da igual. Todo son océanos de paz, felicidad y sol. Un mensaje de amor, como los de la canción. El mal no existe y no nos afecta. Somos felices y vamos a disfrutarlo. Cantemos juntos, alegremos esas caras.

6ª Festival del humor

No hay nada peor que un político que se cree gracioso. Sobre todo por una cuestión: si tiene un mínimo de poder, no habrá un subordinado, asesor o amigo que le diga la verdad: no tienes gracia, camarada. Esto provocará que en cada aparición pública se vaya más arriba, provocando el bochorno entre el público. No habrá problema porque no hay necesidad de risas enlatadas, ya que las primeras filas, pobladas de los más fieles, se romperán las manos aplaudiendo cualquier cosa que salga de la boca del que ocupa el atril, y las carcajadas impostadas se escucharán incluso fuera del recinto.

7º El estadista ibérico

Con pausas prolongadas, gafas en mano y miradas reflexivas, el estadista habla para la historia, no para los comunes mortales que sudan la gota gorda en la plaza de toros que acoge el mitin. Tras dos horas de anécdotas sobre sus cenas con presidentes de otros países y brindis al sol sobre el albero, el estadista recordará a su público. Será algo efímero, porque, como Fidel Castro, él muestra su fuerza en el vigor físico que le permite dar duración a su discurso. Mientras, los técnicos de sonido se esfuerzan en aumentar la potencia de los micrófonos, ya que conforme avanza en su derroche ideológico, el estadista va poco a poco perdiendo fuelle y hablando para si mismo. Al fin y al cabo, al principio también era lo que hacía.

8º Voy ‘sobrao’

Este tipo de orador se lo sabe todo. No necesita prepararse los temas ni es carne de argumentario. Crecido en los mítines, un lugar agradecido donde los haya para la demagogia y el grito fácil, cuando el ‘sobrao’ llega a una rueda de prensa comienzan los problemas. Las preguntas serán todas capciosas, los periodistas estarán vendidos al enemigo y nadie comprenderá su genio porque en el fondo todos le tienen envidia. No solo por inteligente. También por guapo. No hay cargo grande para nuestro protagonista, ni reto que se le resista.

9º Me pierde la soberbia

¿Cómo se atreve? Parece decir con la mirada (y a veces lo hace con la lengua) el político elevado a la categoría de deidad, indignado con la pregunta que él considera impertinente. Tras ofrecer su opinión en rueda de prensa, al orador soberbio le sorprenderá incluso la mera existencia de alguna pregunta, ya que considera que su intervención ha aclarado sin dejar lugar a la duda todos los puntos importantes del día. El gesto, captado sin piedad por las cámaras de televisión, será ofrecido por todos los informativos y programas relacionados con la política, mientras el votante, desde su casa, busca en esa mirada agresiva al político que votó en su día, cautivado por una humildad ahora en retirada.

10º El imitador 

Es lo más parecido a un loro. Se fija en los gestos, latiguillos y poses para imitarlas en sus presencias públicas. Estos deberían encuadrarse más en la categoría de actores que en la de políticos, ya que sus intervenciones son meras lecturas de un guión bien estudiado. La mayoría ensaya frente al espejo. El mayor daño en este ámbito lo han hecho las escuelas de formación de cuadros jóvenes que tienen los grandes partidos, cuyas promociones han pasado rápidamente a engrosar las filas del modelo imitador.

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