Los gigantes de internet reinventan el colonialismo

Cuando una multinacional petrolera, maderera o minera construye una carretera en alguna selva amazónica o algún lugar perdido de África, todo el mundo tiene claro que le mueve el interés económico. ¿Porqué cuando Facebook anuncia un tan ambicioso como vago plan para llevar internet a los más pobres del planeta lo llaman filantropía? Y no es sólo la red social. Google, Microsoft y en menor medida Apple abanderan un colonialismo de nuevo cuño, el tecnológico, con el que quieren atrapar en sus redes a los desconectados del tercer mundo.

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Está en la naturaleza de toda empresa maximizar sus beneficios y, para eso, llegar cada vez a más mercados. Los países del primer mundo son sociedades hiperconectadas donde las grandes empresas de internet apenas pueden crecer más y sus ciudadanos ya tienen su ordenador, su móvil avanzado y su cuenta en Facebook o Google. Si éstas quieren seguir creciendo necesitan llegar allí donde ahora apenas están. Pero para que la red social llegue a África o Asia, donde apenas un 3% de la población tiene una cuenta, antes tiene que hacerlo internet.

Es en esa clave donde hay que entender el lanzamiento de Internet.org. La iniciativa, comandada por Facebook, tiene el loable objetivo de conseguir que 5.000 millones de personas tengan la posibilidad técnica y económica de conectarse a internet. En el empeño, la red social se ha rodeado de otros gigantes tecnológicos como Ericsson, MediaTek, Nokia, Opera, Qualcomm y Samsung. Para conseguirlo en cinco a diez años, la idea de Internet.org es reducir el coste de la conectividad móvil en los países menos desarrollados a la centésima parte de lo que cuesta hoy. También quieren avanzar en tecnologías que hagan un uso más eficiente de los datos y desarrollar nuevos modelos de negocio.

Como declaración de intenciones no está mal pero se queda en eso. En la web de Internet.org no se dan muchos más detalles. Aunque en un post de Mark Zuckerberg, el creador de Facebook, se esbozan las grandes líneas, uno echa en falta datos concretos. También hay que destacar la ausencia en la iniciativa no sólo de otras grandes tecnológicas (que tienen sus propios planes) sino de ONG dedicadas al desarrollo tecnológico, científicos que den respuesta a los retos a superar, operadoras locales o la Unión Internacional de las Telecomunicaciones donde éstas están representadas.

Pero más que la ausencia de detalles, lo que llama la atención es la pátina de filantropía que recubre una iniciativa que huele a colonialismo tecnológico. Y no es la primera vez que Facebook lo hace. En 2010 lanzó su iniciativa Facebook Zero, donde tras una serie de acuerdos con 50 operadoras de 45 países, se propusieron el objetivo de llevar internet a 1.000 millones de personas. Pero se quedó en ofrecer una versión reducida de Facebook para móviles sin planes de datos, donde el coste de descarga de los kilobytes de cada actualización del muro era cero. La iniciativa no consiguió llegar a esos 1.000 millones, pero para muchos nuevos usuarios Facebook se ha convertido en sinónimo de internet.

Google también sabe mezclar filantropía con negocio. Desde finales del año pasado, el buscador está extendiendo su Free Zone por el sureste asiático. Empezando por Filipinas y acabando por India, Google ha llegado a acuerdos con operadoras de telefonía móvil para que sus clientes puedan usar el buscador, su red social Google+ y descargar su correo de Gmail sin consumir datos, es decir gratis. Eso sí, para eso hay que tener una cuenta en Google. Como con Facebook Zero, el Free Zone crea lo que los ingleses llaman un jardín vallado.

Pero Google también quiere que todos tengan acceso a internet. En marzo pasado inició una prueba en Ciudad del Cabo (Sudáfrica) para dotar de banda ancha inalámbrica a una decena de escuelas. Usando lo que llaman white spaces (espacios blancos), parte del espectro radioeléctrico asignado pero no usado por las emisoras de televisión, y estaciones base alimentadas por  placas solares, están consiguiendo dar cobertura con un alcance de 10 kilómetros. La idea es extender el modelo al resto del país y del continente. Y para un mayor alcance tiene su casi futurista Proyecto Loon, una planeada red de globos que viajarán a gran altura dando conectividad en especial a zonas rurales alejadas y sin infraestructura de comunicaciones, como son y están buena parte de los territorios del tercer mundo.

La crítica más dura al Proyecto Loon la ha hecho el segundo hombre más rico y el principal filántropo del planeta, el fundador de Microsoft, Bill Gates. “Cuando te estés muriendo de malaria, supongo que mirarás al cielo y verás ese globo y no tengo muy claro como podrá ayudarte”, dijo en una entrevista a Bloomberg. “Por supuesto que soy un gran convencido de la revolución digital. Y conectar centros sanitarios de atención primaria, conectar escuelas, está bien. Pero no para los países realmente pobres, a menos que me digas que vamos a hacer algo concreto contra la malaria”, añadía. Puede que Gates pase por alto el papel que puede jugar la tecnología en mejorar esas condiciones, pero no le falta algo de razón al hombre que es capaz de gastarse 1.800 millones de dólares de su fortuna personal para erradicar de una vez por todas la polio del planeta.

Lo que ocurre es que Microsoft juega a lo mismo que Google. Desde comienzos de año, está realizando pruebas con los white spaces en Kenia, Tanzania y Sudáfrica. Como en el caso de Google, ensayan banda ancha inalámbrica usando espectro liberado por la televisión. Los ensayos forman parte de la 4Afrika Initiative que, para 2016, quiere que 10 millones de africanos, en especial jóvenes, tengan un dispositivo conectado. Como hacen Facebook y Google, en Microsoft también barren para casa: los ordenadores, tabletas y smartphones funcionan con Windows.

Quizá el mas honesto aquí sea Apple. Su negocio fundamental son los dispositivos y debe ser complicado ser filántropo con los iPhone. Pero también ellos miran a los países menos desarrollados. En la última presentación de resultados de la compañía, su presidente Tim Cook, destacó la importancia de los mercados emergentes para Apple. El problema es que sólo las élites y los muy fans pueden permitirse pagar casi 700 euros por un teléfono móvil. Por eso, en países como China o India se venden tan bien las versiones anteriores del iPhone. En el último año, casi la mitad de los iPhone vendidos eran de las versiones 4 y 4S, no del flamante 5. Quizá también por eso, Apple podría lanzar un iPhone low cost en septiembre.

En sus diversas variantes, todo se reduce a un colonialismo tecnológico. Si de verdad las tecnológicas creen en lo que dicen, deberían crear una gran alianza para, con su dinero y su tecnología, llevar internet y los dispositivos conectados a los países menos desarrollados. Como se apunta en la carta de Mark Zuckerberg, el acceso a internet sí debería ser un derecho fundamental. Pero tener una cuenta en Facebook, usar Google o comprarse un iPhone, aunque sea de plástico, no.