La encrucijada del carlismo

Con la muerte por cáncer la semana pasada de Carlos Hugo de Borbón Parma, el carlismo, uno de los movimientos más antiguos de Europa y, sin lugar a dudas, el más viejo de España, queda en una dramática situación sin precedentes en su larga historia. Carlos Hugo, ayudado sobre todo por su hermana María Teresa, ha sido el último gran líder de este partido legitimista, y también el responsable de una de las evoluciones ideológicas más sorprendentes que se conocen.

El primogénito de los Borbón Parma se puso al frente del carlismo con la llamada Proclama de Montejurra el 5 de mayo de 1957. Entonces, los carlistas, divididos entre juanistas, antifranquistas y colaboracionistas, se debatían en una de sus numerosas crisis internas. Con 27 años y recién acabados sus estudios de Ciencias Económicas en la Universidad de Oxford, asumió la tarea de aglutinar un movimiento que todavía, a mediados de los 50, lograba convocar a decenas de miles de personas en esa montaña próxima a la localidad navarra de Estella.

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Fotografía coloreada recogiendo la presentación de Carlos Hugo en Montejurra el año 1957. FOTO: Revista Montejurra

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Durante cinco meses, se había preparado, viviendo de forma clandestina en el domicilio de un sindicalista bilbaíno, para su presentación como nuevo abanderado del carlismo. Ese 5 de mayo, ante miles de correligionarios, propugnó la actualización del tradicionalismo, la libertad y autonomía de las instituciones municipales y regionales, y una profunda transformación de las estructuras económicas.

A partir de ese momento, con el apoyo de los sectores más jóvenes, la denominada Comunión Tradicionalista experimentó un resurgimiento político que le llevaría a asumir posiciones democráticas y federalistas. Su expulsión de España por orden expresa de Franco en diciembre de 1968, que puso fin a sus pretensiones al trono de España, los graves incidentes ocurridos en Estella al año siguiente y el cierre de la revista Montejurra en 1971 no serían más que la antesala para entrar, de la mano de Santiago Carrillo, en la Junta Democrática cuando el franquismo daba sus últimos coletazos.

Pese al gran esfuerzo realizado, el carlismo no resistió la embestida de las nuevas fuerzas políticas durante la transición democrática y prácticamente quedó fuera de juego. El mismo Carlos Hugo decidió retirarse de escena tras el fracaso electoral de 1979 en Navarra, donde el carlismo siempre había sido hegemónico. Separado de Irene de Orange y Nassau, hermana de la actual reina de Holanda, se refugió en la Universidad de Harvard, al mismo tiempo que colaboraba en calidad de asesor con el Departamento norteamericano del Tesoro.

Manifestación carlista contra Franco que dio pie a los graves incidentes de Estella el año 1969. FOTO: Archivo Auñamendi

En este tiempo, dejó claro que no protendía disputar a Juan Carlos la Corona de España, pero también reafirmó los derechos que corresponden a los Borbón Parma en un acto celebrado el 5 de octubre de 2003 en la localidad vasco-francesa de Arbonne, donde designó a sus hijos Carlos Javier y Jaime herederos legítimos de la dinastía proscrita.

Prácticamente no volvió a pisar tierra navarra. Por eso, cuando regresó el 22 de marzo con motivo de inaugurarse el Museo del Carlismo en Estella, aprovechó para mantener un breve encuentro con sus seguidores. Ya en tratamiento por un cáncer de próstata avanzado, aquel encuentro tenía un gran significado. Todos los presentes eran conscientes de que estaban ante una despedida anticipada. Allí volvió a reiterar soluciones cargadas de utopía para recuperar el protagonismo de los pueblos en los sistemas políticos, para que el funcionamiento de las sociedades intermedias prevalecieran sobre las estructuras de los Estados. Fue una de sus últimas intervenciones políticas en las que se le ha visto calado con la boina roja que simboliza este movimiento.

Ahora, tras su entierro en el panteón de los Parma en Italia, los carlistas afrontan una encrucijada que muchos aseguran supondrá la definitiva desaparición de un partido cuya extraordinaria longevidad sigue atrayendo a los historiadores extranjeros. María Teresa, también profesora universitaria e inseparable compañera de Carlos Hugo en ese viaje hacia posiciones próximas al socialismo, no está de acuerdo y asegura que en sus casi dos siglos de historia ya se le ha dado por muerto en otras ocasiones. Igualmente resulta una incógnita saber si los herederos, Carlos Javier y Jaime, sabrán recoger el testigo y ponerse al frente del movimiento, tal y como su padre hizo en la cumbre de Montejurra hacer 53 años.

Carlos Hugo, con boina roja, en su última intervención política en Pamplona el pasado mes de marzo. FOTO: Manuel Martorell

Pero la verdad es que resulta difícil encontrarle acomodo en el actual panorama político, incluso en aquellas zonas cuya historia contemporánea es imposible comprender sin tener en cuenta al movimiento legitimista.

Su concepción preconstitucional de la organización territorial en base a los antiguos fueros quedó ligeramente recogida en la parte transitoria de la Carta Magna de 1978. Para los carlistas, esos fueros, esos derechos históricos de los viejos reinos, prevalecen sobre cualquier constitución. Prefieren utilizar el concepto de “Las Españas”, tan usado en la época de los Austrias, que, según ellos, podría servir de referencia y justificación histórica a un sistema federal que recondujera las actuales aspiraciones nacionales del País Vasco y Cataluña sin poner en peligro la unidad de España.

No es ninguna casualidad que Durán i Lleida, en su más dura intervención parlamentaria tras la multitudinaria manifestación de Barcelona contra la resolución estatuaria del Tribunal Constitucional, sacara a relucir palabras semejantes, recordando que el centralismo borbónico que puso fin a aquella concepción territorial y la pérdida de los fueros catalanes en 1714 fueron el origen remoto de un sentimiento nacionalista que ha provocado las más grave crisis institucional de la democracia.