La rebelión de los hombres antorcha

El huido presidente tunecino, Ben Alí, durante su visita a Mohamed Bouazizi, que falleció el pasado 5 de enero. / Efe

¿Cuánta desesperación es necesaria para que un hombre se prenda fuego a sí mismo? ¿O quizás cuánta voluntad de cambio?

Tras la rebelión civil que ha logrado derribar 23 años de régimen en Túnez, inspirada por la muerte de un joven ingeniero venido a vendedor ambulante que se inmoló para protestar por la falta de libertad y de oportunidades, el fenómeno de los hombres antorcha se multiplica en el mundo árabe. Esta semana un joven desempleado, Ahmed Hashem el-Sayed, de 25 años, se prendió fuego en el tejado de su casa, situada en la localidad egipcia de Alejandría, escenario de múltiples manifestaciones reprimidas por las fuerzas de Seguridad. No sólo seguía el ejemplo del tunecino Mohamed Bouazizi: un día antes, en El Cairo, un abogado se había incendiado frente a la oficina del primer ministro; otro hombre había hecho lo mismo la víspera frente a la sede del Parlamento. Ambos sobrevivieron aunque sufrieron graves quemaduras en sus cuerpos y rostros. Tenían 40 y 50 años respectivamente, lo que revela que la frustración no sólo afecta a los jóvenes.

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En Mauritania otro hombre se prendía fuego frente al palacio presidencial; en Argelia, ya se han intentado inmolar seis varones y una mujer, en Egipto, en total seis hombres han recurrido a esta forma de protesta en episodios que evidencian un hartazgo inaplazable ante las injusticias de sus regímenes y una ansiosa necesidad de cambios. Y la cifra habrá aumentado probablemente cuando lean estas líneas.

Mucho se especula estos días sobre la extensión de la oleada revolucionaria tunecina al resto del territorio MENA, que incluye Oriente Próximo y el Norte de Africa y que padece males comunes y de parecida duración: regímenes impuestos tras la retirada de británicos y franceses a principios del siglo XX que se burlan de los Derechos Humanos con la connivencia de Occidente, dictadores y monarcas autocráticos se han convertido en cómodos socios de la Unión Europea y Estados Unidos, alimentados por el silencio del primer mundo hacia las protestas ciudadanas reprimidas por fuerzas de seguridad que sólo aseguran la permanencia de sus gobernantes.

Y eso que no se pueden escudar en que los radicales islamistas están tras las protestas, como solían hacer para justificar sus excesos, porque todas ellas están siendo convocadas por sindicatos y grupos de izquierda, como ha ocurrido en Túnez. Desde Egipto a Jordania pasando por todo el Magreb, Siria, Arabia Saudí, Bahrein, Kuwait, los Emiratos Arabes Unidos, Yemen, Sudán... El descontento es tan generalizado como el desempleo, los altos precios, la ausencia de seguros sociales o la represión policial.

El capital humano para el cambio existe: Internet y la televisión por satélite llevan la revolución vecina a casa de los jóvenes descontentos, ya de por sí propensos a exigir reformas ante las escasas perspectivas de futuro que les esperan. Las redes sociales y la telefonía móvil facilitan -aunque los regímenes se esfuercen por impedirlo- la organización de las protestas, y el éxito de la revolución tunecina lleva a pensar que el esfuerzo, e incluso los muertos, merecen la pena: que sólo se logrará derribar a los regímenes mediante el derramamiento de sangre.

Pero, ¿qué vendrá después? Si la revolución tunecina no ha sido bendecida ni aplaudida por los líderes occidentales es porque, en realidad, tienen pánico al cambio indeseado, así como temen que la democracia se extienda acabando con  los dictadores regionales que protegen sus intereses en la región. El mismo motivo por el cual nadie denuncia -salvo con la boca pequeña, sin poner en peligro las ayudas e inversiones económicas de las que sólo se benefician sus dirigentes- la ausencia de libertades del territorio MENA.

Por eso hay que temer que no haya contagio a otros países, porque nadie desea un cambio de régimen para ellos. Es lo que tiene la democracia: cuando se les da oportunidad los ciudadanos votan libremente y dan desagradables sorpresas a Occidente eligiendo a sus enemigos, como ocurrió en Argelia en los años 90, en los territorios palestinos en 2005 o en el Líbano, donde Hizbulá y sus socios son imprescindibles para formar gobierno.

Muchos tendrían que morir en Egipto, Jordania, Mauritania o Argelia para ver alumbrar un cambio de régimen que se arriesga, además, a ser sometido a sanciones internacionales. Como afirmaba el corresponsal de Al Quds al Arabi en España, El Houssine Majdoubi, en un artículo publicado en El País, “al apoyar regímenes corruptos y dictatoriales Occidente se ha convertido en un obstáculo para la democratización del mundo árabe y sobre todo del Magreb”. El primer mundo es el cómplice necesario de los tiranos.

http://www.almasryalyoum.com/en/multimedia/video/second-suicide-attempt-outside-council-ministers