Tahrir sigue alzada contra Mubarak

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"El pueblo reclama el fin del régimen", se lee en una de las pancartas colocadas por los manifestantes esta madrugada en la plaza Tahrir de El Cairo. / Hannibal Hanschke (Efe)

Doce días dura ya la protesta egipcia, pero los ánimos siguen altos. La mejor demostración de la determinación del milenario pueblo para derrocar la dictadura de Hosni Mubarak es la nueva fisonomía de la Plaza Tahrir, Liberación, de El Cairo, epicentro cultural y social y ahora también nucleo de una protesta decidida a persistir hasta lograr sus objetivos. Las imágenes de Al Yazira mostraban esta mañana una plaza convertida ya en centro cívico, con tiendas de campaña donde miles de personas pernoctan de forma permanente, desafiando un toque de queda que nadie respeta. En el centro, sigue activo el hospital de campaña instalado los primeros días para atender a las víctimas primero de la represión policial oficial y luego de la extraoficial, emprendida por agentes de civil y delincuentes a sueldo del régimen en lo que los analistas egipcios consideran un mensaje sin ambages de Mubarak: “O yo, o el caos”.

El rais lo llegó a admitir en la entrevista concedida a Christiane Amanpour -”Estoy harto de ser presidente, pero temo que si me voy surja el caos”-, pero lo cierto es que la amenaza de los vándalos pro Mubarak -muy minoritarios, en comparación con los centenares de miles que exigen democracia en las calles- no ha atemorizado a nadie. Más bien, las escenas de enfrentamientos callejeros parecieron animar a los egipcios a volver a tomar ayer las calles en su Día de la Salida. Al menos 100.000 egipcios, según fuentes independientes -Al Yazira elevó esa cifra, y equiparó la afluencia a la histórica marcha del millón del martes- lograron superar los obstáculos en forma de puestos de control -sólo una entrada daba acceso a la plaza, el resto fueron bloqueadas por motivos de seguridad- y unir sus voces en Tahrir.

Una enorme pancarta colgada en la plaza detallaba ayer las exigencias de los manifestantes, por si el régimen aún no ha oído el grito unánime que sale de las calles: en primer lugar la salida del presidente, después los cambios políticos y constitucionales que lleven al país a la democracia. Sobre los manifestantes pende un monigote colgado de un tendido eléctrico: representa al presidente egipcio, 82 años, 30 ejerciendo de autócrata y 62 ejerciendo algún cargo público. No es una advertencia física, sino una constatación figurada: el rais es ya un cadáver político. Para constatarlo no había más que observar la pléyade que acudió ayer a Tahrir para manifestar su apoyo a la gente que ha resistido durante semana y media: no sólo destacados actores, escritores, intelectuales o cantantes y líderes de la oposición, sino también políticos tan dudosos como Amr Moussa, secretario general de la Liga Arabe, que no dudó en apoyar a Mubarak durante toda su carrera, o el responsable de la Universidad de Al Azhar, escuela de pensamiento considerada el Vaticano de los árabes suníes de todo el mundo, Mohammed Rafat al Tahtawi, quien dimitió de su cargo -la institución está muy politizada, instrumentalizada por el régimen- para unirse a los alzados. Pocos quedan ya del lado del faraón.

Tanto los líderes religiosos como los Hermanos Musulmanes -pura comparsa en una marcha surgida de la juventud y del descontento de todos los estratos sociales independientemente de religión, edad o condición, como demuestra la nutrida presencia de cristianos en las protestas- insisten en que esta revolución es laica y que no pretenden instaurar un sistema religioso. Tampoco lo tendrían fácil: los que han fomentado estas protestas no han sido los integristas -pese a tener la fuerza necesaria, carecían de voluntad o del valor- sino foros de Internet animados por grupos laicos.

Mohamad ElBaradei, siendo un líder de escasísimo apoyo social dado que es un advenedizo en la política egipcia -llegó al país en febrero de 2010 tras dos décadas trabajando en Occidente- sí goza del respeto de los líderes opositores egipcios para encabezar la transición: es un hombre independiente e íntegro y muy respetado entre los árabes y occidentales. Seguramente, salvo en la Casa Blanca, la única que boicoteó su reelección al frente de la Organización Internacional para la Energía Atómica en 2005: ante su fracaso a la hora de convencer a otros miembros de que también le boicotearan, cambio de opinión y ElBaradei fue reelegido por unanimidad. De ahí que el Premio Nobel de la Paz 2005 ya esté trabajando junto con los responsables de los partidos opositores en la redacción de una nueva Constitución, según informaba ayer Al Yazira.

Eso no impide que, en Occidente, el desconocimiento de la realidad egipcia y regional lleve a comparar la primavera árabe con la revolución jomeinista para profundo malestar de los egipcios, que constatan así la distancia que les separa de Estados Unidos y Europa. A ellos les da igual: no buscan el beneplácito de Occidente sino decidir su propio destino sin interferencias. Buscan el final del régimen y no en una prolongación del mismo con otras caras, seguramente el temor más extendido.

El nuevo vicepresidente, Omar Suleiman, es tan responsable de la maquinaria represiva como el propio Mubarak. Y la máquina sigue activa: hoy se ha reportado la detención de varios miembros de los Hermanos Musulmanes que gestionaban la página web de la hermandad y en Twitter se están dando noticias de blogueros detenidos por las fuerzas de Seguridad. Además, el servicio en lengua árabe de Al Yazira ha informado de la detención de dos periodistas del diario independiente Al Ahram.

Anoche, un buen amigo iraquí me recordaba con sarcasmo cómo el rais aconsejó ardientemente a su entonces homólogo Sadam Hussein que dimitiese del cargo en 2003, ante la amenaza de intervención angloestadounidense que iba a llevar a la muerte de miles de civiles. En Egipto, ya han muerto más de 300 personas y ha habido 5.000 heridos, según estimaciones de la ONU. “Cómo le cuesta aplicarse su propio consejo”, ironizaba.

Y no será porque no esté oyéndolo desde todos los ámbitos. Los manifestantes de Tahrir le pusieron música anoche, como muestra este vídeo colgado en YouTube. La canción dice lo siguiente: “Consigamos que Mubarak escuche nuestras voces. Todos a una pedimos sólo una cosa: vete, vete, vete... Abajo, abajo Hosni Mubarak. El pueblo quiere derrocar el régimen. Se va a ir, nosotros no nos vamos. El se va, nosotros no nos vamos a ir. Todos a una pedimos una sola cosa: vete, vete, vete...”

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Doce días dura ya la protesta egipcia, pero los ánimos siguen altos. La mejor demostración de la determinación del milenario pueblo para derrocar la dictadura de Hosni Mubarak es la nueva fisonomía de la Plaza Tahrir, Liberación, de El Cairo, epicentro cultural y social y ahora también nucleo de una protesta decidida a persistir hasta lograr sus objetivos. Las imágenes de Al Yazira mostraban esta mañana una plaza convertida ya en centro cívico, con tiendas de campaña donde miles de personas pernoctan de forma permanente, desafiando un toque de queda que nadie respeta. En el centro, sigue activo el hospital de campaña instalado los primeros días para atender a las víctimas primero de la represión policial oficial y luego de la extraoficial, emprendida por agentes de civil y delincuentes a sueldo del régimen en lo que los analistas egipcios consideran un mensaje sin ambages de Mubarak: “O yo, o el caos”.

El rais lo llegó a admitir en la entrevista concedida a Christiane Amanpour -”Estoy harto de ser presidente, pero temo que si me voy surja el caos”- pero lo cierto es que la amenaza de los vándalos -muy minoritarios, en comparación con los centenares de miles que exigen democracia en las calles- no ha atemorizado a nadie. Más bien, las escenas de enfrentamientos callejeros parecieron animar a los egipcios a volver a tomar ayer las calles en su Día de la Salida. Una enorme pancarta colgada en la Plaza detallaba ayer las exigencias de los manifestantes, por si el régimen aún no ha oído el grito unánime que sale de las calles: en primer lugar la salida del presidente, después los cambios políticos y constitucionales que lleven al país a la democracia.

Sobre los manifestantes pende un monigote colgado de un tendido eléctrico: representa al presidente egipcio, 82 años, 30 ejerciendo de autócrata y 62 ejerciendo algún cargo público. No es una advertencia física, sino una constatación figurada: el rais es ya un cadáver político. Para constatarlo no había más que observar la pléyade que acudió ayer a Tahrir para manifestar su apoyo a la gente que ha resistido durante semana y media: no sólo actores, escritores, intelectuales o cantantes y líderes de la oposición, sino también políticos tan dudosos como Amr Moussa, secretario general de la Liga Arabe, que no dudó en apoyar a Mubarak durante toda su carrera, o el responsable de la Universidad de Al Azhar, escuela de pensamiento considerada el Vaticano de los árabes suníes de todo el mundo, Mohammed Rafat al Tahtawi, quien dimitió de su cargo -la institución está muy politizada, instrumentalizada por el régimen- para unirse a los alzados. Pocos quedan ya del lado del faraón.

Tanto los líderes religiosos como los Hermanos Musulmanes -pura comparsa en una marcha surgida de la juventud y del descontento de todos los estratos sociales independientemente de religión, edad o condición, como demuestra la nutrida presencia de cristianos en las protestas- insisten en que esta revolución es laica y que no pretenden instaurar un sistema religioso. Tampoco lo tendrían fácil: los que han fomentado estas protestas no han sido los integristas -pese a tener la fuerza necesaria, carecían de voluntad o del valor- sino foros de Internet animados por grupos laicos.

Mohamad ElBaradei, siendo un líder de escasísimo apoyo social dado que es un advenedizo en la política egipcia -llegó al país en febrero de 2010 tras dos décadas trabajando en Occidente- sí goza del respeto de los líderes opositores egipcios para encabezar la transición: es un hombre independiente e íntegro y muy respetado entre los árabes y occidentales. De ahí que el Premio Nobel de la Paz 2005 ya esté trabajando junto con los responsables de los partidos opositores en la redacción de una nueva Constitución, según informaba ayer Al Yazira.

Eso no impide que, en Occidente, el desconocimiento de la realidad egipcia y regional lleve a comparar la primavera árabe con la revolución jomeinista para profundo malestar de los egipcios, que constatan así la distancia que les separa de Estados Unidos y Europa. A ellos les da igual: sólo quieren que esta revuelta termine en el final del régimen y no en una prolongación del mismo con otras caras, seguramente el temor más extendido. El nuevo vicepresidente, Omar Suleiman, es tan responsable de la maquinaria represiva como el propio Mubarak. Y la máquina sigue activa: hoy se ha reportado la detención de varios miembros de los Hermanos Musulmanes que gestionaban la página web de la hermandad y en Twitter se están dando noticias de blogueros detenidos por las fuerzas de Seguridad. Además, el servicio en lengua árabe de Al Yazira ha reportado la detención de dos periodistas del diario independiente Al Ahram.

Anoche, un buen amigo iraquí me recordaba con sarcasmo cómo el rais aconsejó ardientemente a su entonces homólogo Sadam Hussein que dimitiese del cargo ante la amenaza de intervención angloestadounidense, que iba a llevar a la muerte de miles de civiles. En Egipto, ya han muerto más de 300 personas y ha habido 5.000 heridos, según estimaciones de la ONU. “Cómo le cuesta aplicarse su propio consejo”, ironizaba.

Y no será porque no esté oyéndolo desde todos los ámbitos. Los manifestantes de Tahrir le pusieron música anoche, como muestra este vídeo colgado en YouTube. La canción dice lo siguiente: “Consigamos que Mubarak escuche nuestras voces. Todos a una pedimos sólo una cosa: vete, vete, vete... Abajo, abajo Hosni Mubarak. El pueblo quiere derrocar el régimen. Se va a ir, nosotros no nos vamos. El se va, nosotros no nos vamos a ir. Todos a una pedimos una sola cosa: vete, vete, vete...”

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2 Comments
  1. Mikail says

    Hace unos días era pesimista ante la posibilidad de que los sucesos de Egipto pudieran desembocar en una verdadera Revolución que fuera capaz de hacer caer a este régimen, principal agente de la política americano-sionista en la zona. Aunque sin más conocimiento de la realidad que la que transmiten los diferentes medios de difusión, desde un principio se han echado en falta dos componentes que según la teoría son imprescindibles para que una revuelta pueda llegar a ser Revolución; una organización canalizadora de esa energía popular y capaz de dirigirla al objetivo revolucionario, y una ideología que verdaderamente sea revolucionaria en sí.
    Pese a quien pese, las respuestas que el mundo árabe necesita no podrán ajustarse a patrones occidentales, como ya se demostró cuando en el S. XX se intentaron experiencias socialistas o nacionalistas y todas ellas terminaron en regímenes autárticos más o menos criminales, más interesadas sus élites en amasar grandes fortunas y servir amablemente a las potencias occidentales que les garantizaban el seguir gozando de ese poder, que en las necesidades y anhelos de sus poblaciones. Pese a quien pese las soluciones que deba encontrar el mundo árabe tendrán que ser autóctonas, y pese a quien pese, y eso parece pesarle mucho a los occidentales, el componente islámico de esa respuesta deberá ser fundamental.
    Sin embargo, ese desconocimiento occidental de la realidad de todo lo que sucede más allá de sus fronteras y que parte de la presuntuosa suposición de que nada, cultural, político, religioso o de cualquiera otra faceta de la vida humana, puede ser real, creíble y bueno, más que lo que ese mismo occidente genera, les hace ver fantasmas en todo lo que no conocen y al tiempo les impide valorar la realidad de las cosas con un mínimo de rigor.
    El miedo al “islamismo” (término por otra parte occidental y que no existe en el Islam) es una bandera profusamente agitada por todos los interesados -de dentro y de fuera- en que nada cambie en el mundo árabe, bien por intereses geopolíticos, bien por meros intereses económicos. Pero la realidad es que difícilmente el “islamismo” en esos países puede, hoy por hoy, encabezar un movimiento revolucionario por una sencilla razón, la tradición islámica de esos países que es sunni, nunca ha sido revolucionaria, sino más bien durante siglos ha sido colaboradora de todo poder instaurado e incapaz de oponerse o tan siquiera criticar decisiones no ya sobre grandes temas políticos, sino que es incapaz de hacerlo incluso sobre cuestiones que tienen que ver con lo meramente religioso, como podemos ver por ejemplo en Marruecos, donde el rey al tiempo que se autoerige en cabeza del Islam en sus dominios, no tiene pudor en mantener las mezquitas cerradas excepto en determinados momentos del día mientras los bares permanecen abiertos sin problema, ni de ser el propietario de la mayor productora de bebidas alcoholicas del país o de los casinos de Marruecos (alcohol y juego ambos prohibidos por el Islam), sin que ninguno de las decenas de ulamas cortesanos que periódicamente acuden a determinados actos a rendirle pleitesía sea capaz de decir ni una sola palabra en contra de ello.
    La tradición sunni nunca ha sido revolucionaria, y aunque hubiera organizaciones -que esta por ver que las haya- que internamente fueran capaces de dar ese paso, las poblaciones distan mucho de tener asumido el hecho revolucionario islámico, ni los sacrificios que ello conllevaría.
    Esa configuración del sunnismo como “iglesia oficial” apegada al poder, hace que no tenga una estructura propia, al margen de esos poderes, que les permita hacer frente a los mismos. Estructura, además que debe ser reconocida y respetada por la población como ocurre en el mundo shi’a.
    Si las organizaciones islámicas de Egipto no son capaces de poder encabezar un proceso realmente revolucionario, menos aún ninguna otra organización.
    Pensaba hace unos días que desgraciadamente todo esto terminaría con mucho maquillaje, el necesario que permitiera aparentar unos cambios que en el fondo no serían tales, pero que pudieran contentar a quienes se manifiestan en las calles de Egipto. Con el paso de los días creo que ni tan siquiera va a hacer falta mucho maquillaje, que el régimen y sus tutores americano-sionistas saben perfectamente de la verdadera debilidad de esa llamada “oposición” y saben que el tiempo juega a su favor y lo están utilizando.
    Mientras, “la oposición” está absolutamente estancada con un mensaje confuso y una dirección inexistente, y sin saber que hacer más allá de las tan voluntariosas como ineficaces concentraciones en la plaza de Tahrir. Este fin de semana ya han sellado su derrota real, aceptando negociar con el hombre más poderoso de un régimen con el que habían dicho que no negociarían, y sin que ninguna de sus exigencias previas se hubiera satisfecho. Me gustaría equivocarme, pero esto ha sido el principio del fin de la Revolución que nunca existió.

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