De ‘dudes’ y ‘bitches’

'Snooki', en una foto de archivo / Jeff Lewis (Wikimedia)

Estamos en ese mes del año en el que oficialmente las mujeres son celebradas, reconocidas y admiradas. Toca destacarlas, hablar de sus victorias sociales de los últimos tiempos y del largo camino que aún les queda por recorrer para lograr la verdadera igualdad que se merecen. "El momento de las mujeres es ahora", dice la expresidenta chilena Michelle Bachelet desde su nuevo puesto en Naciones Unidas, y que comparte portadas estos días con mujeres de renombre y otras anónimas.

Y yo, sin quererlo, no dejo de pensar en Snooki.

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Y estoy seguro que muchos se estarán preguntando "¿quién es Snooki?".

Nicole 'Snooki' Polizzi es una joven diminuta, si bien su impacto entre la población femenina de Estados Unidos es indudablemente mayor que el de Bachelet. Ambas nacieron en Chile.  Y ahí terminan las comparaciones. Cuando sólo tenía seis meses, la señorita Polizzi fue adoptada por una familia italoamericana del Estado de Nueva York. Y con 21, sin comérselo ni bebérselo -bueno, bebérselo sí... por las cantidades de alcohol que ingiere... "Parezco una maldita alcohólica," reconoce ella misma a la revista Rolling Stone-  se convirtió en estrella de la tele-realidad estadounidense gracias a la serie 'Jersey Shore' de la cadena juvenil MTV. El concepto es tan simple como conocido: una especie de 'Gran Hermano' temático protagonizado por ocho jóvenes pseudo-italoamericanos en una casa de la costa de Nueva Jersey, lugar donde sobran la gomina, las cadenas de oro y los bronceados anaranjados de rayos UVA.

La pequeña Snooki y los abdominales del joven que se hace llamar The Situation son los puntos álgidos de la serie. Como ocurre en muchas partes del mundo últimamente, vende la glorificación televisiva del macarra y el hortera. Y estos chicos no decepcionan. Sus índices de audiencia baten récords cada semana.

Todo quedaría en basura inofensiva si no fuera porque la tele-realidad (que de real no tiene nada) corre el riesgo de ser creíble y aplicable a la vida cotidiana. Las cuatro habitantes de la casa son hijas de su época, modelo de mujer de hoy, independiente, liberada social y sexualmente, de falda corta y generosísimo -y en ocasiones caro- escote. Ellos, por su parte, son rudos, musculosos, machos de toda la vida.

En la jerga habitual utilizada por jóvenes y no tan jóvenes de hoy ellos son "dudes" (tíos); ellas, "bitches" (perras). Y ahí comienza el problema.

Las bitches, como Snooki, apuran la noche de bar en bar hasta rozar -o traspasar- el coma etílico en busca de un macho que las complazca. Ellos, los tíos, se ocupan de buscar cuidadosamente a sus presas a la vez que esquivan las 'granadas' (chicas gordas o feas que podrían fastidiarte la noche si se ponen pesadas). Mientras fluye el alcohol, las chicas se adaptan fácilmente al modus operandi masculino, buscando satisfacción sexual momentánea que dura lo que dura un bar. Es a la mañana siguiente, tras la resaca, cuando muestran su lado más débil, olvidadas y despreciadas, obligadas a seguir unos imposibles cánones que las oprimen y que las perpetúan como perennes secundarias de sexo masculino (el maltrato psicológico sufrido por una de las habitantes de la casa es explotado por los guionistas y productores que miran para otro lado).

Snooki y sus amigas no están solas. La tele americana está llena de realities poblados por mujeres vestidas de Gucci y Louis Vuitton que se llaman 'perras' entre ellas, tanto cariñosamente como cuando pelean a lo bestia.

Ninguna victoria arduamente conquistada parece haber logrado borrar de la sociedad actual la dinámica más primitiva entre los sexos. De hecho, las mujeres han sido engañadas. El mundo no se ha adaptado a ellas, sino que ellas han sido adaptadas a un mundo que continúa siendo fundamentalmente masculino. Están altamente cualificadas, pero a la vez deben ser atractivas; su rendimiento laboral es admirable; pero no deben olvidar las tareas del hogar (por mucha ayuda masculina que obtengan).

Como sutilmente describe mi querida Irene Zoe Alameda en su último cortometraje Uniformadas, las niñas de hoy reciben un bombardeo continuo de mensajes contradictorios. Lamentablemente pocas quieren parecerse a Bachelet. Prefieren ser Snooki y formar parte de su vertiginosa existencia de diversión continua. O Kim Kardashian, dueña de un imperio mediático de tele-realidad cuyo primer explosivo capítulo fue una cinta pornográfica, protagonizada por ella y su novio de entonces. Como ya ocurriera con Paris Hilton, la Kardashian era una niña bien desconocida hasta que pudimos comprobar vía video casero cómo complace a los machos en el dormitorio. Hoy la chica vale millones.

Seguro que las dos diosas de Charlie Sheen -así las llama el maltratador de mujeres que tiene a todo Estados Unidos hipnotizado con su comportamiento destructivo- ya están a punto también de pasar por caja. Estrellas del porno, conviven con el actor que lleva meses interpretando el papel de vividor en un culebrón que en el pasado se hubiera limitado a los tabloides sensacionalistas y que hoy se expande como petróleo viscoso por todo el campo mediático.

Y termino aquí, porque me estoy dando cuenta de que yo quería escribir sobre la aún persistente desigualdad salarial entre hombres y mujeres. Pero veo que algunas no tienen de qué quejarse. Los que aún mandan las mantienen bien pagadas.