El acuerdo llega tarde y mal

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Los mercados acogieron con fuertes caídas el acuerdo de deuda y recorte del déficit finalmente aprobado este martes por el Senado de Estados Unidos y convertido en ley con la firma del presidente Barack Obama. El índice Dow Jones terminó la jornada bursátil con una bajada de 2,19%, octavo día consecutivo de descensos.

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Los expertos llevaban semanas anunciando una catástrofe económica y financiera si Washington no llegaba a un acuerdo para elevar el tope de la deuda de Estados Unidos. El país se declararía en suspensión de pagos, las agencias de calificación bajarían la nota del crédito y los mercados se desplomarían. Después de un brutal tira y afloja con desenlace de último minuto que ha dejado el proyecto político de Obama herido de muerte y al líder de facto de la oposición, John Boehner, presidente de la Cámara de Representantes, proclamando ante los medios: "he conseguido el 98% de lo que quería, estoy bastante feliz", la situación económica no parece mejorar ni un ápice.

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"Nuestra economía", decía Obama, "no necesitaba que Washington viniera con una crisis fabricada que empeorara las cosas. Estaba en nuestras manos. Es muy probable que la incertidumbre alrededor de la ampliación del tope de la deuda -para empresas y consumidores- haya sido desestabilizadora, y un impedimento más para la recuperación total que necesitamos. Y era algo que podíamos haber evitado completamente".

Vencedora sale de este lance el ala más conservadora del Partido Republicano que le ha sacado todo el partido a su estrategia de chantaje suicida frenta a la que Obama y los suyos no han sabido reaccionar. El Partido del Té y sus simpatizantes les han logrado arrancar unos recortes de dos billones de dólares en diez años y han impuesto mecanismos que limitan su capacidad de acción para inyectar estímulo adicional a una renqueante economía (y se han permitido el lujo de votar en contra del plan, molestos porque no iba lo suficientemente lejos).

Y ahí está el problema: tras los datos de empleo y crecimiento de los últimos días (sobre todo una inesperada bajada del gasto del consumidor del 0,2% en junio), los expertos estiman que podríamos estar cerca de una nueva recaída económica. Un recorte del gasto público en este momento es como arrebatarle los antibióticos a un enfermo moribundo. La destrucción de empleo, dicen, está garantizada.

"Yo espero que ahora que un puñado de gente", dijo el congresista demócrata de Harlem Charles Rangel, "ha avergonzado públicamente a nuestro presidente y a toda nuestra nación frente a la comunidad internacional, quizá se den cuenta, gente republicana y del Partido del Té, que ellos también se quedan sin trabajo y sin dignidad".

A la vuelta de vacaciones de agosto, Obama afrontará el comienzo de la temporada electoral con un debate político dominado por los sectores más conservadores, contaminado por la aversión al déficit, por la negativa rotunda al aumento de cualquier tipo de impuestos y partidario de reducir el tamaño del gobierno y el gasto público.

A diferencia de lo ocurrido últimamente en Europa, los indignados de Estados Unidos no piden mayor control del gobierno en la actividad económica y financiera. Todo lo contrario. Pretenden asfixiarlo y delimitar su influencia.

Queda demostrado que quizá llegan demasiado tarde.

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