Enero regresa a Tahrir

Miles de personas acudieron ayer a la Plaza Tahrir de El Cairio para exigir a los militares que dejen el poder. / K. Elfiqi (Efe)

De un lado, miles de jóvenes exigiendo libertad; del otro, unas fuerzas armadas con órdenes de desalojarlos por todos los medios para evitar que se hagan fuertes. Diez meses después, los gases lacrimógenos, las balas de caucho y los perdigones han regresado a la cairota plaza Tahrir como en los peores días de enero, cuando la población protagonizó el segundo alzamiento popular de la región para expulsar al dictador y exigir una democracia que les permitiese tomar el rumbo de su destino. Como entonces, se han instalado hospitales de campaña en la ya mítica plaza y los muertos comienzan a contarse por docenas: 33 en tres días. Más de 1.500 heridos, decenas de detenidos. Sólo cambia el nombre del autócrata a abatir: donde antes se leía Hosni Mubarak ahora se escribe mariscal Mohamed Hussein Tantawi, jefe de la Junta Militar que rige Egipto desde la salida de Mubarak.

Lo cierto es que el régimen egipcio parece haber sufrido un simple cambio cosmético. Donde antes se veía la eterna sonrisa del faraón ahora se ve el eterno uniforme militar de Tantawi. Las sospechas de que el Ejército dio un golpe de Estado encubierto cuando logró, con su presión, la salida del rais se confirmaban después de que se conocieran las maniobras de la Junta Militar para perpetuarse en el poder: por un lado, trata de imponer a la comisión encargada de redactar la nueva Carta Magna unos principios supranacionales -las Fuerzas Armadas quedarían consideradas como garantes del Estado y la Constitución- que confirmaría el control del poder civil y le asignaría un presupuesto propio y secreto, además de proporcionarle veto sobre las decisiones de los políticos civiles; por otro continúa con las torturas que le costaron a Mubarak su cargo, con detenciones irregulares y cortes marciales contra civiles: unas 12.400 desde febrero.

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Un manifestante herido es trasladado durante un enfrentamiento con las fuerzas de seguridad en El Cairo. / Khaled Elfiqi (Efe)

El sábado, miles de manifestantes -entre ellos heridos de la revolución de la primavera y sus familiares- se dieron cita en Tahrir y acamparon para exigir que el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas ceda el poder a un Gobierno civil, diez meses después de que lo tomase «temporalmente» y sólo dos semanas antes de las elecciones legislativas que se celebrarán el próximo 28. La reacción de la Junta Militar, la misma que se negó a obedecer las órdenes del régimen de Mubarak de disparar contra las protestas sociales, fue la violencia.

Eso ha enfurecido a los egipcios. «Abajo los militares». «Marchaos, dejadnos vivir, dejadnos respirar». «Iros vosotros, nosotros nos quedamos». Y marchas que se han extendido desde el sábado a las principales ciudades egipcias. Los lemas en nada recuerdan a aquél coreado en enero y febrero: «El pueblo y el Ejército son sólo una mano». A medida que caían muertos y heridos en Tahrir, se agravaban las demandas y aumentaba el número de manifestantes, siguiendo el patrón de enero y de cada revolución árabe. Si el sábado eran unos miles, el domingo 50.000. Si antes se exigía saber en qué fecha se cedería el poder a los civiles, ahora se insta a la Junta Militar a entregar el poder sin más esperas y finalizar este pseudorégimen donde el Gobierno transitorio civil parece actuar como secretario de los uniformados.

«No deberíamos haber dejado las calles. Entregamos el poder a los militares en bandeja de plata», se lamentaba un joven de 33 años, Ahmed Imam, en declaraciones a AP. «Los revolucionarios se fueron a casa demasiado pronto». «Si me hubiera marchado de Egipto antes de la revolución del 24 de enero y hubiese vuelto hoy, no sabría que hubo una revolución salvo por la ausencia de la Seguridad y por el deterioro económico», estimaba por su parte el candidato presidencial y premio Nobel de la Paz egipcio Mohamed ElBaradei en un programa de la televisión egipcia.

Manifestantes huyen para protegerse de los gases lacrimógenos lanzados por la policía, ayer, en El Cairo. / Elfiqi (Efe)

Al menos la caída de la máscara prodemócrata de la Junta Militar ha vuelto a unir a los egipcios, que acudieron a Tahrir independientemente de su ideología, como ocurrió en enero: salafistas y hermanos musulmanes mano a mano con jóvenes laicos y seguidores de variadas tendencias políticas. Las condenas hacia la represión militar también han sido oídas desde todos los campos. Las consignas repetidas desde el sábado, cuando comenzaron las protestas, revelan el temor de la sociedad egipcia a que el Ejército les secuestre una revolución que costó 685 muertos y 5.000 heridos, según la investigación realizada por el Consejo de Derechos Humanos egipcio.

La actitud reacia a entregar el poder a manos civiles fue el primer signo de que algo iba mal; el turbio papel del Ejército en la represión de una manifestación de cristianos coptos que costó el 9 de octubre 27 muertos -imágenes grabadas con teléfonos móviles mostraban carros de combate arrollando a manifestantes- confirmó, junto con las torturas y las cortes marciales contra civiles, lo que al principio pocos querían admitir. El Ejército que se opuso a la represora Policía egipcia para dar la victoria a la revolución está hecho del mismo material que la Policía. Desde 1952, cuando un golpe militar acabó con la monarquía egipcia, por la Presidencia egipcia sólo han pasado uniformados. Y el Consejo Supremo parece no querer romper con esa tradición.

Ahora el temor es que se aplacen las elecciones del próximo lunes, aunque de poco servirán para parar a los militares, dado que el poder ejecutivo seguirá en manos de la Junta Militar hasta los comicios presidenciales, que no se celebrarán hasta finales del próximo año en el mejor de los casos. Existe también temor de que haya un golpe de Estado en toda regla que acabe con las ilusiones de los egipcios y de buena parte del mundo árabe, un robo a mano armada de una de las revoluciones más simbólicas de la región. Para hoy ha sido convocada una marcha del millón donde dejar claro que no se trata de la causa de unos pocos. El Gobierno en pleno presentó anoche su dimisión, como exigían los jóvenes.